La brevedad de los días

La brevedad de los días VII

Agosto 10, 2019. Lisandro Otero. Recuerdo que fue en una oficina del gobierno de la Ciudad de México. No diré cuál. Pero ahí perdí –literalmente me robaron– las memorias de Lisandro Otero, Llueve sobre mojado. Me levanté al baño mientras esperaba mi cita y al regresar el libro ya no estaba ahí. Las había conseguido –las memorias–  en una librería de Donceles, y al no haber logrado encontrar un segundo ejemplar luego de una búsqueda casi inmediata tras el hurto en cuestión, llegué por internet a una librería en Estados Unidos –no recuerdo de qué ciudad: creo que San Francisco– y lo encargué. En cosa de dos meses o así más o menos las tuve de vuelta.

Creo que ese fue mi primer contacto con Otero. Luego compré Árbol de la vida. Y ya desde hace mucho es de los que reviso siempre. Llueve sobre mojado es una magnífica crónica de la historia de Cuba sobre cuyo bastidor se va desplegando el trazo de la vida de un hombre de letras. Otero es otro más de los cubanos que me acerca a la certeza de que ese, el de Cuba, ha sido entre otras cosas muy grandes un pueblo de escritores. Por eso no dejo de comprar todo lo que se haya producido por ellos, bien sea antes o después de la Revolución. Curiosamente, el efecto que me producen las ediciones cubanas (Editorial Letras Cubanas, Unión de Escritores y Artistas de Cuba) es análogo al que me produce todo lo que pasó por las manos de Carlos Barral (y de lo que ya he hablado en otras ocasiones): Seix Barral, Barral Editores. Acabo de tomar al azar de mi biblioteca los Estudios literarios de Mirta Aguirre (Editorial Letras Cubanas, 1981), Wilfredo Lam de Antonio Núñez Jiménez (Editorial Letras Cubanas, 1982), Entrevistas. Alejo Carpentier (Editorial Letras Cubanas, 1985), Los niños se despiden de Pablo Armando Fernández (Ediciones Casa de las Américas, 1968), El romanticismo. De Rousseau a Víctor Hugo de Mirta Aguirre (Instituto Cubano del Libro, 1973), Cosecha de dos parcelas de Ricardo Repilado (Editorial Letras Cubanas, 1985), De Merlin a Carpentier de Salvador Bueno (Unión de Escritores y Artistas de Cuba, 1977) y, desde luego, Hemingway en Cuba de mi querido amigo Norberto Fuentes (Editorial Letras Cubanas, 1986).

Tengo frente a mí, lo estoy leyendo, Trazado, de Lisando Otero (Unión de Escritores y Artistas de Cuba, 1976). Es una recopilación de escritos varios –una varia invención, para decirlo gongorinamente– mediante la que se nos presentan algunas claves de la configuración de un tiempo según fue visto por el autor a través de ensayos, artículos, retratos periodísticos o notas de viaje, en un período que inicia antes de la Revolución del 59 (el texto ‘Visita al Giorgione’ está fechado en Venecia, en agosto de 1955) y que llega hasta la mitad de la década de los 70 del siglo pasado más o menos (‘Nombrar a Carpentier’ está fechado en La Habana, en febrero del 74).

El telar de la época que nos ofrece Otero es rico y variado: Marylin Monroe, Goya, Buffet, Hemingway, Malraux, México y su revolución, el imperialismo en el Che, Martí, Carpentier, el significado del 26 de julio.

El que dedica a Hemingway es muy bueno. Está fechado en julio y agosto de 1961, es decir, que fueron escritos tras la muerte de ese pintor de batallas extraordinario, que se metió un tiro en la cabeza un 2 de julio de 1961 en Ketchum, Idaho.

Para Otero, Hemingway tendría que ser visto, según titula ese par de textos reunidos en uno solo, como ‘El último romántico’, y cuya obra entera encuentra su sentido en función de dos cuestiones fundamentales. Por un lado hay un mensaje: “si me preguntaran cuál es el sentido último de la obra de Hemingway –nos dice Otero–: qué es lo que ha querido decir con sus siete novelas, sus tres libros de cuentos, sus dos obras de teatro y los libros sobre toros y cacería, contestaría que Hemingway ha tratado de decir que un hombre puede ser derrotado muchas veces, vencido, jamás”.

Por otro lado hay un código, que para Hemingway es revelado solamente a los elegidos. “Él decidió que debía conquistarlo penosamente. Esta presencia del código es palpable en todas sus obras. Francis Macomber tiene que morir para conquistarlo. Harry Morgan muere porque lo conocía demasiado. Ole Anderson se somete a él voluntariamente. Otros logran dominarlo sin morir, pero el aprendizaje siempre les cuesta la pérdida de una parte de sí mismos. El código, como ha observado Philip Young, es para Hemingway un instrumento que le permite plantear una interpretación del mundo sin caer directamente en el análisis. El código se refiere al honor y al valor.”

Hemingway nace también con el siglo XX, en 1899, al igual que Malraux (1901), Saint-Exupéry (1900) y Malaparte (1898), de los que ya he hablado aquí también, y que de alguna manera concentran –si se me permite ponerlo así– buena parte de las claves con las que se ordena mi vida. Todos vivieron de cerca la experiencia de la guerra, y por tanto de la muerte, razón por la cual pudieron calibrar muy bien el significado fundamental de lo que es haber pisado esta tierra, y buscar y luchar por ganarse un lugar entre los hombres.

El nacimiento del siglo XX corta en dos más o menos (si digo más o menos es en el sentido de que no lo corta necesariamente en partes simétricas) un ciclo –el que va de 1880 a 1959, año de la muerte de Vasconcelos– en donde se prefigura un paralelogramo de alta densidad histórica, y en cuyo campo quedaron dibujadas las líneas fundamentales que, aún hoy en día, tal como lo veo yo, siguen constituyendo una cuadratura compleja dentro de la que se seguirán debatiendo los destinos fundamentales del mundo, en función de colisiones que iluminaron ideas cardinales que fueron captadas con nitidez por alguno que otro genio al que siempre será valioso, por tanto, acudir para su comprensión: para Malraux era el destino; para Saint-Exupéry fue el deber; para Malaparte fue la cólera; y para Hemingway, ya lo vemos, el valor y el honor.

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