Libros

Los cien modernos de Connolly

Para mi amigo Emmanuel Iraem.

Sobre Cien libros clave del movimiento moderno. 1880-1950, de Cyril Connolly, FCE, México, 1993.

I

Es un libro pequeño y breve pero condensado. Un manual sui generis, digamos. Y suponemos una pesquisa copiosa. El punto de vista es denso: por eso es resumido y sintético. También es muy solvente.  Dice sólo lo que se debe decir, con abreviatura dialéctica. Los que están están porque sí y punto. Hay rigor pero no enredos teóricos de escuela alguna.

Y la cuestión es ésta: las fechas que acotan el campo de referencia son las que hemos solido apuntar al querer indicar la época que refracta como ninguna otra nuestro tiempo: 1880-1950. Es el período en el que tiene lugar un grupo de transformaciones políticas, económicas, tecnológicas, militares e ideológicas de alta densidad e implicación, definidoras de razón de Estado y de razón histórica. De la guerra franco-prusiana y la llegada de Porfirio Díaz para rematar la consolidación del Estado mexicano moderno a la creación de la China moderna por Mao Tse Tung, pasando por las dos guerras mundiales, la revolución mexicana, la guerra civil española o la organización del Círculo de Viena; o la creación, por transformación del imperio otomano, de la Turquía moderna por Ataturk, y de la Unión Soviética por transformación leninista del imperio ruso de los Romanov.

Y el procedente colapso –descrito con dramatismo por Stefan Zweig en sus memorias- del idílico mundo del liberalismo burgués, que ignoró el problema del odio nacional o de clase y de entre cuyas ruinas emergerían por anamorfosis las grandes alternativas ideológicas del siglo XX en tanto que derivaciones necesarias de las contradicciones producidas en la capa basal de las sociedades políticas, en función de la dialéctica del capitalismo industrial en su dinámica de expansión imperialista: el nacionalismo y sus modulaciones populistas, fascistas o comunistas.

Lo que quedaría latente pero situado en un segundo plano de operacionalización geopolítica –por eso fue tan importante lo que hizo Ataturk con Turquía-, sería el islam político, cuya instantánea reacción a la modernización (occidentalización) turca cristaliza con el nacimiento, en Egipto, de los Hermanos Musulmanes en 1928. Sólo la España católica era capaz de entenderlo. Y esto explica tanto a José Antonio Primo de Rivera como a Franco, las claves de la cual explicación rebasan la dicotomía de izquierda contra derecha. Su desplazamiento al primer plano -el del islam político- vendría con la caída de la Unión Soviética. Y con la de las Torres Gemelas de Nueva York, haciendo colapsar correspondientemente el idílico mundo del fundamentalismo democrático-elitista y globalista occidental al que se había creído haber arribado en el último tramo del siglo XX. El desplazamiento en cuestión ilumina la relevancia de que el Papa actual hable español, así como la dialéctica geopolítico-ideológica abierta entre la Open Society de Soros y su poderoso antagonista: el nacionalismo populista de Donald Trump y Steve Bannon.

Son años marcados (los de 1880-1950) por tres conceptos fundamentales: la guerra, la revolución y la técnica como troqueles de la acción política. Por eso Schmitt tituló y definió su obra clásica sobre el particular del modo en que lo hizo: El concepto de lo político, con su magistral e imprescindible continuación: La teoría del partisano. Y por eso es que, quienes vivieron esos años, y los protagonizaron o padecieron o interpretaron, supieron muy bien lo que significa no estar jugando con la política o con la vida, determinadas ambas por la historia. Acaso haya sido Jünger, que prácticamente nació y murió con el siglo XX, de los que mejor lo entendieron.

Y son los años, más o menos, que recorre la vida de Vasconcelos o la de Alfonso Reyes. O la de Lenin, o Hitler, o Joyce o Musil, o Diego Rivera, o Lukács o Keynes o Schumpeter, o Winston Churchill o Herman Broch. O la de Trotsky o la de Antonio Gramsci.

Son los que están detrás de los que nacen con el siglo XX: como Leopoldo Marechal, infinitamente más grande y soberbio y poderoso que Borges, su sobredimensionado e inflado contemporáneo, o Malraux o Malaparte o Saint Exupéry. O Hemingway, o Efrén Hernández. O también Revueltas y Ramírez y Ramírez, nacidos en 1914 y 1915.

II

Es el movimiento literario moderno dispuesto como módulo de la historia, que Cyril Connolly define, desde un punto de vista sociológico, como revuelta contra la burguesía en Francia, los victorianos en Inglaterra y contra el puritanismo y el materialismo sociológico de los Estados Unidos. El libro se llama simplemente Cien libros clave del movimiento moderno. 1880-1950. Como un manual según se tiene dicho. Su lista se limita únicamente a la literatura francesa, inglesa y norteamericana, atenido al criterio de que sólo en su redacción original puede ser posible tener un juicio adecuado y certero del material analizado.

El movimiento literario moderno resume para Connolly una doble herencia histórica: la lucidez, ironía y escepticismo ilustrados entroncados con el apasionamiento subjetivista y el sentido de la experimentación técnica de los románticos, dispuestos como bastidor desde el cual se tomaría nota interpretativa del hecho de estar viviendo en una época trágica.

‘La generación crucial, la generación que reconcilió estos opuestos –nos dice Connolly-, fue la de Baudelaire, Flaubert y Dostoievski (nacidos en 1821), la de Whitman, Melville y Ruskin (nacidos en 1819), la de Edmond de Goncourt y Mathew Arnold (1822), a quienes se pueden agregar Renan (1823), Turguénev (1818) y Courbet (1819) para completar el cuadro. Sentimos que todos estos artistas tienen algo que alcanza nuestra época, aun cuando muchos de ellos pertenezcan al pasado: todos son difíciles de clasificar, de analizar, de insertar en categorías, debido a la dualidad de su propia naturaleza, que resulta del legado de una inteligencia crítica y una sensibilidad exploradora’ (Cien libros clave, p.7)

En México, la correspondencia generacional se ajustaría más o menos a la vida de Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893), impulsor fundamental -con el antecedente de la generación de la Academia de Letrán- de las letras nacionales, al haberse dado cuenta de que en el proyecto de Reforma tenía que figurar la literatura como parte de la experiencia nacional (esta y no otra es la clave que permite sopesar con justicia el lugar que ocupa su revista El Renacimiento).

William Carlos Williams (1883-1963) es el último autor de esta lista de Connolly, y el primero Henry James (1843-1916). De la era heroica (1880-1900) como primer bloque en donde la preponderancia es de las letras francesas –Flaubert, Huysmans, Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, Maupassant y los Gouncourt–, se mueve luego Connolly década tras década con sorprendente soberanía en un listado que incluye a Conrad, Moore, Forster, Gide, Proust, Yeats o Apollinaire, al igual que a Hardy, Joyce, Madox Ford, Pound, Eliot o Wyndham Lewis, así como D.H. Lawrence, Huxley, Mansfield, Cummings, Fitzgerald, Woolf o Wallace Stevens, y Graves o Hemingway o Cocteau, o Malraux, Koestler y Saint-Exupéry. Y también Graham Greene, Isherwood, Orwell  y Auden.

En cada caso lo que se nos ofrece es una breve nota a modo de apoyatura que codifica una impresión particular propiciadora, que busca dirigir y condicionar el ánimo del lector hacia alguna de las obras –porque no todas son merecedoras del elogio procedente, ni de figurar en la lista en cuestión–, a través de las que fueron configurados los esquemas de interpretación ficcional de la experiencia histórica moderna –preferimos hablar en estos términos en vez de hacerlo en los de la “formación de una sensibilidad”–.

En The Longest Journey de E.M. Forster, por ejemplo, Connolly cree encontrar mayor valor literario que en Howard’s End, y en En busca del tiempo perdido de Proust, ‘algo que sucede una vez cada cien años’, encuentra una mezcla perfecta de la filosofía bergsoniana del tiempo, que le da profundidad, y de la estética de Ruskin, que le da textura. En La condición humana, esa novela que ‘marcó el paso de muchos libros sobre la valentía y fortaleza de los héroes izquierdistas bajo coacción’, Malraux combina su nueva filosofía de la acción con un profundo conocimiento del Oriente, culminando con inolvidables escenas de heroísmo en la China de la liquidación de los comunistas por Chiang Kai-shek, mientras que Joyce, en Portrait of the Artist as a Young Man, hace que Stephen Dedalus nos describa su viaje espiritual ‘a través de la educación jesuita y el Dublín pequeñoburgués para forjar por medio de “el silencio, el exilio y el ingenio” la “increada conciencia de su raza”’.

Conforme vamos leyendo cada vez más libros, nos dice Connolly en La tumba sin sosiego, nos va quedando también cada vez más claro que la verdadera función de un escritor es la de producir una obra maestra, quedando cualquier otra tarea relegada a la más absoluta insignificancia. El nervio que guía esta lista de obras modernas, nos parece, está atenazado por esta divisa categórica y fulminante de explorador atormentado, que en cien notas breves nos ha querido decir con urgencia: ‘debes poner tus ojos sobre esto, para así tener una mejor o más amplia o más refinada o penetrante comprensión de un tajo de la historia’. La lectura, para mí, ha sido provechosa, y propiciadora, en efecto, por todas las claves que se encierran en el libro, de lo que aquí acabo de escribir como boceto de contextualización y como esquema de trabajo de lectura, comentario e interpretación.

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