@IsmaelCarvallo

Se ofrecen en La clandestina virtud materiales procedentes de fuentes y publicaciones diversas, con el fin de organizar en una misma plataforma las coordenadas que utilizamos para interpretar la realidad de nuestro presente.

Intereses: filosofía y materialismo filosófico, historia, política, economía, estudios clásicos, literatura, arte, jazz. Más detalles aquí.


Sobre Ismael Carvallo Robledo.

Nació en Munich Alemania en diciembre de 1974, aunque es mexicano de padre y madre. Estudió ingeniería industrial en México, economía política internacional en Inglaterra e historia y filosofía en España. Forma parte de la Escuela de Filosofía de Oviedo, y dirige la revista electrónica de filosofía materialista El Catoblepas, editada desde España y en la que colabora mensualmente desde hace más de diez años. Su vida se organiza literal y metafóricamente alrededor de su biblioteca de la ciudad de México, que considera su único tesoro. Se tiene por autodenominado miembro vitalicio del Ateneo de Madrid, ese bello lugar que jamás olvidará y donde vivió sus años más importantes de estudio y formación. Es Director de la Facultad de Filosofía de León (Guanajuato, México).

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[Biblioteca del Ateneo de Madrid]

La figura que más ha influido en su vida es José Vasconcelos, del que le habló y habla desde siempre su abuelo materno y que admira y defiende por sobre todas las cosas. Para él no ha habido mexicano más grande que Vasconcelos.

Filosóficamente, su maestro es Gustavo Bueno, que considera el filósofo más importante del siglo XX y que sólo se puede medir con Hegel, Marx y Santo Tomás. Haber conocido su obra es la aventura intelectual más importante de su vida y de la que ya no hay vuelta atrás. Carlos Marx es para él la mente más poderosa que produjo el siglo XIX. Hasta que lo leyó puede decirse que comenzó entonces, verdaderamente, su proceso de maduración política e intelectual en sentido estricto.

De André Malraux le queda la marca de la pasión por las grandes ideas y el correspondiente repudio de la pequeñez, por la política como trama de la historia y por el arte (la lectura de Las voces del silencio supuso para él un acontecimiento dramático y apasionado), así como la convicción de que no siempre en la vida se tiene la suerte de combatir. Cuando leyó Los días terrenales de José Revueltas en el Ateneo de Madrid, se activó en su mente un proceso de transformación intelectual que lo cambió para siempre.

Cada que puede, visita el Museo Nacional de Arte. Entre sus pintores predilectos se destacan de manera preponderante el mexicano Ángel Zárraga y el ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, además de ser muy alta la estima que le tiene tanto al arte novohispano como a las vanguardias de principios del siglo XX, en particular la rusa y el estridentismo mexicano, que prefiere mucho más que al muralismo nacionalista. En todo caso, nada del arte le es ajeno, pues en él encuentra lo más cercano a la perfección y el equilibrio, y porque en su tratamiento de la belleza nos aproxima, aunque sea tentativa y problemáticamente, a una cierta promesa de dicha, como decía Stendhal. Por eso es necesario.

Su otra gran pasión es el piano y el jazz, que entiende como una forma de estar y de plantarse en el mundo, que es lo que para la historia del arte del siglo XX se resume poderosamente en la figura soberbia y refulgente de Miles Davis. Su maestro fue Enrique Nery, cuya muerte significó mucho para él. Hay una sola cosa con la que sueña despierto: tocar con un trío como el que tuvo Bill Evans, que no deja de escuchar un solo instante, día y noche, y que ha moldeado por entero sus coordenadas musicales y su manera de entender la música, el arte, la vida y el estilo. La otra gran figura para él es Astor Piazzolla, cuya obra adora con locura. Considera que el mayor orgullo nacional es la Biblioteca Vasconcelos de Balderas de la ciudad de México.

Si se le preguntara en qué época y lugar le hubiera gustado haber vivido, su respuesta sería: en la Viena de entreguerras, formando parte del grupo de discusión de Antonio Gramsci.


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El frontispicio de La clandestina virtud es el mismo que el de la Biblioteca Butler, de la Universidad de Columbia de Nueva York.