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La extraña felicidad

Sobre El último santuario. Una novela de campaña. Norberto Fuentes. Siglo XXI, México, 1992.

Ismael Carvallo Robledo

Contribuyendo de este modo a que en el futuro, y en la paz, los hijos puedan enterrar a sus padres, y en la guerra los padres puedan también enterrar a sus hijos, si ellos tuvieron que morir en el combate. (Gustavo Bueno. La Historia Universal como perspectiva)

Cuando me escribas, dime cómo se es valiente. ¡Fuera horroroso morirme en la ignorancia! (Salomón de la Selva)

La visión de aquéllos cubanos hace que se recobre un sentimiento. La vieja experiencia. Aunque no pueda localizar con exactitud sus razones, uno es feliz. La extraña felicidad de regresar al combate. (Norberto Fuentes. El último santuario)

I

Situémonos un instante en la perspectiva aristotélica de análisis, gravitando concretamente en torno de la Ética a Nicómaco donde define Aristóteles a la valentía (sexta parte del Libro Tercero: De la fortaleza y la templanza) como la ausencia de temor ante la muerte bella, que es la muerte en batalla. ‘Valiente no es’, nos dice entonces, ‘el que sabe afrontar la muerte en cualesquiera circunstancias, por ejemplo en el mar o en la enfermedad. ¿En cuáles, pues? Sin duda, en las más bellas, como las que se dan en la guerra, pues aquí son más grandes y nobles los peligros, como lo confirman los honores que otorgan a los valientes en la batalla los gobiernos de las ciudades libres y las monarquías. Por lo tanto valiente en sentido sumo será llamado el hombre que no teme a la muerte noble ni a los peligros que la atraen, los cuales se presentan sobre todo en la guerra’.

El punto de vista es óptimo, nos parece, para poner bajo su luz a El último santuario de Norberto Fuentes (La Habana, 1943), a fin de iluminar sus atributos fundamentales desde un ángulo adecuado, propicio para que se destaque ante nosotros el alcance épico que anima la sintaxis orgullosa de esta narración que se despliega soberbia, recordándonos un poco a Celine y otro tanto a Hemingway o a Jack London, o al Saint-Exupéry que nos dice que el deber y no otra cosa, es decir, el deber como responsabilidad moral atributiva derivada de una misión o de una tarea asignada y asumida, es lo único que puede anclar al hombre en el mundo entendido como conjunto nocturnal de circunstancias sin sentido; sintaxis orgullosa entonces, pero cifrada en un heroísmo clásico de exclusiva manufactura cubana implícito como variable independiente para meternos, en el final mismísimo del siglo veinte, en el epicentro dramático del teatro de operaciones de lo que es dable tener quizá –Norberto Fuentes mismo así lo afirma- como el último episodio de la Guerra Fría: la Guerra de Angola.

Para un mexicano, este texto vital y vigoroso ofrecido como una suerte de novela de la valentía en el sentido dicho, puede solamente ser parangonado por cuanto a su contenido político, su motor apasionado y su propósito literario, a lo acometido en su momento por un Azuela o un Martín Luis Guzmán, o quizá mejor por el Rafael F. Muñoz de Que me maten de una vez o de Vámonos con Pancho Villa, con la diferencia histórica de que, mientras que los mexicanos en comento retrataron la tragedia bélica de una guerra nacional, lo que hace Fuentes es hacerlo por cuanto a lo ocurrido en un encuadre geopolítico de más lejanas configuraciones: como si se tratara de ‘un Emiliano Zapata abastecido por el Pacto de Varsovia’ (Norberto Fuentes, El último santuario. Una novela de campaña, p. 27). En todo caso, lo que está detrás de lo narrado como bastidor político es la revolución como figura fundamental a través de la que se troquela y filtra, y precipita, la historia. O de otra forma: lo que está detrás no es otra cosa que la guerra como la forma más definitiva del acontecer de lo político.

Catalogada lo mismo como reportaje o como novela, y manufacturada como función metodológica del periodismo y la literatura de ficción en tanto que polos dentro de cuyo arco habría de madurarse la narrativa de este autor de la Autobiografía de Fidel Castro en la que -por cierto- tanto se parece a Jünger por la tesitura distanciada y amarga al tiempo que apasionada desde la que la escribe, es El último santuario la novela de campaña cuya trama encuentra la tensión de su hilvanado merced al designio que se activa ‘cuando las leyes que rigen la épica llamaron de nuevo a la batalla’, según apunta Pablo Armando Fernández en el procedente elogio sinóptico de contraportada que acertadamente se dispone cual acorde de obertura preambular, a efectos de situar en su justo pathos al ánimo del lector que está a punto de poner sus ojos sobre este libro.

Roja es la tierra, comienza Fuentes a decirnos en la descripción inicial del campo de batalla angoleño al que se va acercando y que columbra desde las alturas en aproximación, delimitado con necesitada retórica al modo de un Herman Broch explicando sentencioso la entrada de la escuadra imperial de Augusto en aquél puerto de Brindis, en medio de la tranquila ondulación del Adriático con la que se abre con incomparable potencia, cadencia y hermosura La muerte de Virgilio; una necesidad retórica, la de El último santuario, determinada por virtud de ser el encuentro consciente con la muerte –posible, inminente, quizá segura- lo que se destila en el reportaje que noveladamente está por entregársenos como relato historiográfico sobre la aventura de un grupo de hombres dislocados como tropa de combate en implantación moral de sacrificio político, asumido de frente y hasta el final y que por tanto exige, necesariamente, el reportaje novelado, una forma grave y singular de solemnidad poética:

Roja es la tierra y agreste y polvorienta y con escasos y ralos arbustos y diezmados islotes de hierba y está sombreada por el casimbo que es un techo de nubes bajas y de lento desplazamiento procedente del Polo Sur, y un terreno en reverberación pese al posible efecto atenuante del casimbo se arremolina y desplaza a velocidad de frenaje más allá del reborde asfaltado de la pista cuando uno descubre una batería de cañones antiaéreos que se perfila en el horizonte cercano del aeropuerto y uno sabe de memoria que la procedencia es soviética y que son de 100 milímetros con seguimiento electrónico, y una barriada de cabañas de bloques de barro se vislumbra a través de la cerca galvanizada que delimita el aeropuerto a escasos metros de donde el Illushin-62 concluye la maniobra de aterrizaje, y uno obtiene una visión en abanico de los cañones y de la cerca y de las cabañas porque la nave de Aeroflot gira en eje para buscar el taxiway. Los cubanos aparecen entonces. (p. 17)

II

Inicio de la década de los ochenta del siglo XX y la Unión Soviética a punto de caer. Operación Olivo era la nomenclatura que encerraba la clave estratégica de la operación. Se trataba de hallarse ‘de nuevo sobre el rastro de unos alzados’. Era el deber enderezado como consigna moral que nos recuerda la tesis tan dramática como certera de Carl Schmitt (y no por otra cosa tituló uno de sus textos más soberbios y apasionados como Teoría del partisano), según la cual la única figura del enemigo que importa para la historia es la del enemigo político, es decir, la del enemigo del Estado.

La tropa destacada ahora en Angola, movida por la certeza de que representaban al internacionalismo cubano en el último recodo del fin del mundo -optando al hacerlo por la ‘Bandeara de la Gloria Combativa’-, era la misma que, atrás hace veinte años, en plena fase defensiva a la vez interna y externa, o más bien interna porque externa, de la revolución, fue organizada según la codificación de LCB: la Lucha Contra Bandidos en el Escambray. La divisa del partisano estaba puesta otra vez a funcionar: ‘que fuera una situación perdida y que pudiera costarle la cabeza desde la hora prevista para el desayuno hasta la de conciliar el sueño, calculado… Pero ya había nomenclatura y uno la reconocía.’ (pp. 22 y 23).

Ya había nomenclatura. La tarea del corresponsal Norberto Fuentes, por lo pronto, consistía en observar. Observar y captar con la mayor precisión posible la tesitura épica de los acontecimientos; una tesitura de difícil detección al estar disuelta entre medio de lo cotidiano (Gramsci hablaba de la mezcla necesaria de la pequeña política con la gran política), pero de la que era menester guardar registro para la reconstrucción retrospectiva -he aquí una de las bellas funciones de la gran literatura (Tolstoi, Stendhal, Hemingway, Malraux, Martín Luis Guzmán, Grossman)- del cifrado armónico de ese eco de las arias (Chiaramonte) que a todos los movía en una misma dirección pero dentro de un despliegue sinfónico y abrumador cuyo sentido global era imposible comprender a cabalidad, porque eso sólo se hace a posteriori, desde la Historia como tragedia:

Sin duda la batalla de Waterloo, contemplada a distancia en toda su magnitud, como en un cuadro de David o Gros, es de una realidad innegable, pero Stendhal nos permite sentir que, a pesar de su grandeza, es totalmente insignificante.

Pero eso no hace menos ilusorias las ilusiones de Fabrizio. El lector escucha la voz de la verdad en las cautivadoras “arias” del alma del protagonista. Porque el significado de la experiencia de Fabrizio se expresa en esas “arias”, no en los incidentes del grandioso acontecimiento, ni en su supuesto sentido absoluto, que no puede experimentar ningún individuo porque todos, desde Napoleón hasta el último soldado, son parte de ese acontecimiento que los abruma.

Para Stendhal, el fondo de la verdad y del significado está en el encuentro y choque del alma individual con un acontecimiento, una confrontación que siempre adopta una forma más o menos absurda. (Nicola Chiaramonte, La paradoja de la historia. Cinco lecturas sobre el progreso: de Stendhal a Pasternak, ‘Fabrizio en Waterloo’, Acantilado, Barcelona, p. 16).

Y llevar a vías de efecto esa encomienda, la de consignar el registro épico de aquello dentro de cuya marcha está uno mismo envuelto y arrastrado, encerraba esa extraña certeza configurada como nostalgia anticipada: ‘y uno se daba cuenta de que tenía el mérito que le correspondía por algo de lo que nadie más allí se percataba y era por la nostalgia anticipada de saber que esa historia ya se estaba acabando y que sólo quedaría la incertidumbre de otra historia improbable que quizá apareciera en el futuro.’ (El último santuario, p. 32).

Entre los escenarios del sistema montañoso del Escambray en Cuba y las tierras áridas y desoladoras de algún lugar de África que están todas sin cultivar por estar todos en guerra, Norberto Fuentes nos ofrece, cual magistral pintor de batallas, una perspectiva de interpretación de la segunda mitad del siglo XX para verlo desde las coordenadas de la campaña cubana en la Guerra de Angola (1975-2002), una lucha partisana que, aun con toda su complejidad, viene a mostrársenos mediante los recursos de la literatura como dispositivo de configuración fundamental de la política entendida como trama de la historia –y que como tal destruye a los individuos al desbordarlos-, con encuadres narrativos decantados con una dureza estoica de quien sabe transmitirnos el significado rotundo y solemne de lo que es estar en una ciudad tomada por la Revolución, y en donde el liderazgo de una operación, en este caso el liderazgo del general de división Raúl Menéndez Tomasevich, Jefe de la Misión Militar Cubana en Angola, tiene como horizonte directo de sentido la muerte de otros hombres, conectando así, al modo tucidideo, a la política y la historia con la guerra:

Claro, a veces uno tiene que lanzar una operación y sabe que van a morir hombres. Calcula, pueden morir tantos. Pero uno no puede hacer otra cosa. Y lanza la operación. Aunque en la mayoría de los casos trato de realizarla con todas las salidas previstas, pero la vida me enseña que eso es prácticamente imposible. Del conocimiento de esto se desprende casi toda mi forma de operar. Y aprendí en la lucha contra bandidos. LCB fue una gran escuela. Diferente a la guerrilla, porque estaba en el poder, y los hombres y las responsabilidades eran mayores. En la LCB era del carajo. Y había que pensar como guerrillero y como contraguerrillero…

En LCB aprendí a analizar los errores para mis adentros y a no expresarlos, para no desprestigiarme. La gente confiaba en mí. Centenares, miles de ojos observando mis decisiones. Mis caídas y mis triunfos. De mi ánimo y de mi inteligencia dependía la moral de miles de hombres en una circunstancia política que entonces se iniciaba. (p. 69)

Es el mismo tono y la misma escala y el mismo aliento épico que se destila en la totalidad de su obra, incluido el lamento dantesco que mantiene la tensión de su duro y a la vez bello relato autobiográfico, Dulces guerreros cubanos, y que se concentra magistralmente en su monumental Autobiografía de Fidel Castro (dos tomos de aproximadamente mil páginas cada uno), y que acaso podamos decir que está anudado por esa amarga pero apasionante y emocionante e irresistible certeza; por esa nostálgica y extrañamente feliz y peligrosa verdad política de resonancias griegas, que se concentra en la consigna de “Patria o Muerte, Venceremos” y según la cual a la Historia, con mayúscula, solamente se puede entra a través de la tragedia:

No me estoy burlando ni soy un fariseo ni tampoco procuro soga para mi propio cuello cuando digo que ellos lograron sus éxitos frente a los yanquis sin escándalos y sin hambre –habla de los corrompidos presidentes cubanos anteriores a la Revolución, I.C.-. Se trata de dos concepciones diametralmente opuestas del poder. Tú no puedes ingresar en la Historia (con mayúscula) desde un país donde los slogans políticos sólo apelaban a la posibilidad de hacerse ricos y en un orden perfectamente lógico y comprensible, primero los presidentes, luego los ministros, senadores y generales, más tarde los otros funcionarios públicos y al final el pueblo, de ahí que “Tiburón se baña pero salpica”, de don José Miguel Gómez, el presidente cubano entre 1909 y 1913, y el “Hay dulce para todos” de Grau se hallen en la antípoda absoluta y visceralmente contraria de nuestro “Patria o Muerte Venceremos”. Tú no puedes pasearte por el olimpo de César, Napoleón y Stalin acompañado de semejantes consignas como las del tiburón o las del dulce. Tú sólo puedes entrar en la Historia a través de la tragedia y eso es lo que he hecho con mi pueblo, con mis seguidores. Crearles una tragedia y hacerlos partícipes de ella. Si algún día los más codiciados sueños de la contrarrevolución y los americanos se hacen realidad y logran una restauración, es decir, el día que los 10 millones de fogueados combatientes que hoy constituyen el pueblo cubano sean devueltos a ese oscuro lugar de origen en el que son unas puticas y unos meseros y unos jugadores de gallos y unos voceadores de frutos menores o de billetes de lotería o unos esbirros del tirano de turno, ese día comprenderán. (Norberto Fuentes, Autobiografía de Fidel Castro. I. El paraíso de los otros, Destino, Barcelona, pp. 216-217).

Estamos entonces ante una gran novela. Y es grande porque, en tiempos de mediocridad, moderación, tratados de libre comercio sin pasión y guerras de declaraciones en twitter y cuanta red social se pueda imaginar, hay alguien que -codeándose con Hemingway o Malraux- nos quiere hablar una vez más del heroísmo en una guerra como troquel del hombre y como canon de la vida política, por más que sea un heroísmo configurado entre medio de abrumadores absurdos, y que es solo comprensible en retrospectiva y gracias, precisamente, a que ese alguien tuvo a bien guardar registro de todo aquello, movido quizá por una angustia compartida por sus compañeros, sabedores de que era importante “contarles a todos lo que fuimos”, pues muy seguramente estaban ante algo que era muy difícil que pudiera volverse a repetir, o porque lo más seguro es que no volvieran más y era entonces menester justificar aquél esfuerzo; o porque también quisieran dejar un mensaje y una lección, o porque no sabían vivir de otra manera más que en el cumplimiento de una misión, o porque Fidel había estado por esos lares en 1977 para medir el aceite, y comprobar que la UNITA era un ejército de campesinos pobres: ‘entonces comienza uno a entender la delicada certeza y las sutilezas políticas de la tarea asignada en junio de 1981 al general de división Menéndez Tomassevich’ (p.190); o tal vez porque, pese a todo, entre medio del caos, el nervio y la incapacidad de comprender la globalidad de lo que ahí ocurría, la única certeza que tenían era la de que

roja es la tierra. Roja y agreste, y polvorienta y con escasos y ralos arbustos y diezmados islotes de hierba. Y está sombreada por el casimbo que es un techo de nubes bajas y de lento desplazamiento procedente del Polo Sur, y un terreno en reverberación pese al posible efecto atenuante del casimbo se arremolina y desplaza a velocidad de frenaje más allá del reborde asfaltado de la pista cuando uno descubre una batería de cañones antiaéreos que se perfila en el horizonte cercano del aeropuerto y uno sabe de memoria que la procedencia es soviética y que son de 100 milímetros con seguimiento electrónico, y una barriada de cabañas de bloques de barro se vislumbra a través de la cerca galvanizada que delimita el aeropuerto a escasos metros de donde el Illushin-62 concluye la maniobra de aterrizaje, y uno obtiene una visión en abanico de los cañones y de la cerca y de las cabañas porque la nave de Aeroflot gira en eje para buscar el taxiway. Los cubanos aparecen entonces. Tienen trajes de campaña camuflados con pantalones bombachos cerrados a la altura de las botas y amplios bolsillos laterales y llevan terciados los AKM y vigilan desde compactos montículos de tierra, y uno los observa mientras la nave inicia el aproche a los edificios del área militar.

Y uno los observa. Norberto Fuentes los observa.

Mayo. 2019. Ciudad de México.

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