La brevedad de los días

La brevedad de los días IV

Julio 19, 2019. Creo que no ha habido autor del que supiera tan poco durante tanto tiempo, y que lo hubiera ignorado tan olímpicamente, también durante tanto tiempo, y que me haya removido las entrañas de una manera tan poderosa y definitiva como lo ha hecho Saint-Exupéry, Antoine de Saint-Exupéry.

Creo que es fácil saber las razones de mi indiferencia: víctima de lo que llamaremos la negra leyenda de El principito, no tuve nunca el menor interés por leer aquél libro “infantil” que ni siquiera tengo en mi biblioteca, en sintonía quizá, pienso yo, con ese desdén compartido por Trotsky y Malraux para quienes hablar de su infancia carecía de interés alguno para ellos mismos o para quien fuera. En el caso de Malraux, según dice Jean Lacouture, lo que ‘verdaderamente le importó no fue tanto saber dónde sino cuándo cobró consciencia plena de sí mismo y del mundo’, cosa que es obvio pensar imposible alcanzar en nuestros primeros años.

Un buen día, sin embargo, fui a cruzarme con un pequeño libro de Saint-Ex, Vuelo nocturno -con prólogo de André Gide-, en la librería Antigua Madero de mi querido amigo don Enrique Fuentes. Una edición barata, modesta y casi que insignificante del libro, que es además, por si fuera poco, muy breve, pero que adquirí confiado, al final, por ser la de don Enrique la librería en donde lo encontré. Ahora no olvido ese momento, porque fue entonces que se me reveló Saint-Exupéry, nomás puse mis ojos sobre esas páginas, como un autor eterno, al que volveré siempre, una y otra vez, hasta el final.

Es un autor eterno, sutil y sobre todo breve -excepción hecha de Ciudadela-, a lo Jünger, vamos a decir, en el sentido de que no es la prosa torrencial de un Thomas Mann o de un Torrente Ballester -como el de La saga/fuga de J.B.– o del Lezama de Paradiso o el Broch de La muerte de Virgilio. Son los suyos libros breves, pero que tienen una carga poética y una densidad sapiencial de rango bíblico y sobrecogedor, de alguien que da la impresión de escribir en función de la experiencia acumulada por largos años de una vida llena de cumbres y de abismos, con la característica sorprendente de que este hombre murió apenas con 44 años de edad, cuestión que implica que buena parte de su obra la escribió durante sus treinta. ¿Cómo era posible -me preguntaba yo- que este hombre escribiera con tanta severidad, con tanta melancolía apasionada y con tan agudo sentido del deber y la aventura, como si se tratara de alguien que está de vuelta prácticamente de todo y en el último tramo de su vida, a punto de la despedida final y definitiva, pero que redactaba todo aquéllo con tan poca edad?

Porque voló. Ha sido posible porque voló. Porque fue el primero, o más bien de los primeros, que voló -o volaron- y que vivió tiempos de heroísmo político, que son los tiempos de la guerra. Entonces mezcló la aviación con el heroísmo implícito en el acto de asumir una tarea, y por tanto una responsabilidad y un deber, configurando poéticamente una nueva forma de la aventura, haciendo para con los aires lo que Cervantes hizo para con la tierra -poniendo al Quijote a surcarla sobre el lomo de Rocinante-, y Melville para con el mar -poniendo a Ahab a surcarlo sobre el Pequod-.

Todos los héroes de Saint-Exupéry son pilotos aéreos en el cumplimiento de una tarea, pero que experimentaron una nueva forma, también, de soledad, más absoluta si se puede decir así, posibilitada por la técnica de la aviación dentro de la cual estaba también implícita una nueva forma de asumir conscientemente el riesgo de la muerte. Acaso haya sido algo como esto aquéllo por lo cual ha dicho Rafael Narbona que “pocos son los hombres que experimentan la fortuna de morir como han soñado. Es el caso de Saint-Exupéry”.

Horacio Vázquez Rial (Prefacio a Ciudadela), recoge con hermoso dramatismo la bella reconstrucción que Blas Matamoro y André Maurois hacen -según el relato de éste tal como lo recupera aquél- de aquélla mañana fatídica del 31 de julio de 1944, cuando Saint-Ex despegara de la base de Bastia, en Córcega, para realizar un vuelo de reconocimiento fotográfico sobre la Francia ocupada por el ejército nazi durante la Segunda Guerra Mundial, para ya no volver más nunca y extinguir así toda la esperanza de sus compañeros, diciéndonos entonces -Matamoro y Maurois- esto: “Sus camaradas de escuadrilla, reunidos en el comedor, miraban sus relojes. No tenía más que una hora de gasolina. A las 11.30 no quedaba ninguna esperanza. Todos permanecieron largo rato silenciosos. Después, el jefe dijo a un aviador: ‘Proseguirá usted la misión del comandante De Saint-Exupéry’. Aquello terminaba como una novela de Saint-Exupéry y se la imaginaba perfectamente; escaso de gasolina y también de esperanza, subiendo, como uno de sus héroes, hacia algún campo celeste, totalmente balizado de estrellas”.

Y es que sus novelas, concluye Vázquez Rial, “terminan siempre como terminan las historias de los hombres cuando viven su vida con los ojos abiertos”, y en esto puede estar encerrada la clave de su singularidad como uno de los más grandes y apasionados narradores de la historia de la literatura universal, y al que volveré siempre, siempre y hasta el final.

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