La brevedad de los días

La brevedad de los días III

Julio 13, 2019. A Max Aub lo he leído siempre, por lo menos son ya casi quince años. Como suele pasarme no recuerdo ya muy bien cómo llegué a él. Pero es de los que están, sin duda, en el centro de mi universo literario, junto con otro español fundamental, que es Gonzalo Torrente Ballester. Ahora recuerdo que fue quizás a través de Malraux como conocí a Aub, pues fueron amigos y le ayudó en la adaptación al español y en la filmación de Sierra de Teruel, inspirada en La esperanza del primero.

Debo añadir que quizás haya sido también la fascinación que produjeron en mí algunas ediciones de algunas de sus novelas, encontradas en librerías de viejo, lo que me fue acercando a él cada vez más, que es lo que me ocurre de manera inmediata y en automático con todo lo que pasó por las manos de Carlos Barral y sus fantásticos proyectos editoriales -la Seix Barral originaria y legendaria, y Barral editores-, cuyas obras-objeto son para mí verdaderos tesoros artísticos y editoriales. Recuerdo también que la pesquisa de Jusep Torres Campalans me llevó años de rastreo, hasta que por fin apareció. También busqué como loco Hablo como hombre, editado por esa magnífica y entrañable casa de orfebrería editorial que fue Joaquín Mortiz, en la sui generis colección de ‘Obras incompletas’ de Max Aub, y que solamente pude conseguir en una librería de viejo de Madrid, a la que fui nomás llegué en un viaje de hace ya varios, muchos años. El precio, debo confesar, fue excesivo, y es mejor no revelarlo.

Aub significa muchas cosas para mí. Entre ellas está la de ser una rara evocación de algo que no conozco ni pude conocer pero que me atrajo siempre de forma misteriosa, si se me permite ponerlo así. Es la evocación de los exiliados españoles viviendo en el México de los sesenta del siglo pasado. No es la atmósfera cardenista de los 40, con esas fotos clásicas que ya todos conocemos: los desembarcos de republicanos, los niños de Morelia. No. Es la década de los 60 lo que siempre pienso para imaginarme ahí a Max Aub, además de que -y esto es algo en virtud de lo cual yo pienso que se trata más bien de un misterio- me lo imagino siempre en un ambiente de la colonia del Valle de la ciudad de México. No me pregunten por qué, pero así es como siempre me lo imagino. Vida y obra de Luis Álvarez Petreña es una de las novelas más bellas y melancólicas que he leído: por su tono, su bella orquestación sintáctica, la desolación apasionada que destila, la inocuidad de una vida -la de Luis Álvarez Petreña- que al parecer no tuvo sentido ni sirvió para nada, pero que amó a Laura (su Beatriz) ‘como nadie en este mundo pudo haberlo hecho’,  y que pareciera que lo estás viendo de frente gracias a la plasmación poética, tan lograda y bella, de Max Aub.

Ahora estoy con un libro cuya edición me parece la verdad bastante mala, sobre todo por el tamaño, que es incómodo a más no poder; igual de incómoda que la edición última de El hombre sin atributos de Musil, editado por la Seix Barral ya contemporánea. Son demasiado grandes las dos en cuanto a dimensiones; y si añadimos la extensión -la de Musil son dos tomos de no sé si quinientas páginas cada uno- terminamos entonces con un verdadero desacierto editorial. Estoy hablando de Luis Buñuel, novela (Editorial Cuadernos del Vigía, Granada, 2013).

Ahora bien. El interés del libro para mí está sobre todo en Aub, más que en Buñuel, cuya obra fílmica me parece extraordinaria (podría decir incluso que es de mis directores predilectos: me vi yo creo que toda su obra en la Filmoteca del centro cultural Conde Duque de Madrid, hace ya también muchos años), pero en él encuentro siempre algo así como una suerte de ligereza o de ironía burguesa que me deja con un mal sabor de boca. Puede que sea la mía, también, una impresión a la ligera, pero eso es lo que ocurre. Supongo, qué duda cabe, que Aub lo conoció y comprendió mejor que yo.

La primera parte del libro es la transcripción de conversaciones entre uno y otro. No hay nada de espectacular en ello (vuelvo a lo mismo en cuanto a la impresión que me producen las respuestas de Buñuel). Acaso sea de algún interés el recuento de ciertos episodios históricos de España, de México o del mundo, pero nada más. El valor está en todo caso, ya digo, en las introducciones o caracterizaciones epocales de Aub, en donde se destila su genio literario, histórico y de síntesis: fue un verdadero maestro de la abreviatura dialéctica para resumir en pocas líneas los perfiles de una época o de una figura determinada.

La segunda parte, a donde todavía no llego pues no hay tiempo suficiente, nunca, para todo, por aquello de la brevedad de los días ¿ya me entienden?, es un compendio de textos de Aub sobre arte: una caracterización del ‘arte de nuestro tiempo’, precisamente. Aquí viene, lo sé muy bien, el verdadero genio de Aub. Pero debo ser paciente.

He aquí una muestra de su lúcida técnica para la abreviatura caracterizadora:

Creo comprender la vida de mi héroe, brillante en sus resultados. Buñuel es un hombre inteligente, atrabiliario, fiel a sus sentimientos, instintos e ideas, interesado, parcial como todos los hombres inteligentes. Vivió mi época, se me parece en algunas cosas, diferimos en muchas. Es una lástima que no escriba él un libro acerca de mí; dejaríamos un testimonio -sectario- acerca del siglo XX visto por los españoles que no vivieron en España más que la parte fundamental de su vida. 

Él, español, casado con una francesa que vino a ser mexicana; yo, francés, casado con una española que vino a ser mexicana. Tiene un hijo francés y otro norteamericano. Uno de ellos está casado con una norteamericana de origen judío; tengo tres hijas casadas con un inglés, un hispanocubano y un mexicano. 

Eso, para la vida. Posiblemente deberíamos morir los dos en México; sería lo justo. Para y por la obra, somos españoles: allí estudiamos el bachillerato y ambos nos hicimos hombres en la Península. Desde el ángulo de la cultura somos dependientes de la cultura española y francesa. Lo anglosajón nos afectó poco en el fondo, bastante en la forma. Siempre fui hombre de libros y no como Buñuel de casa y puños. Él fue del campo a la ciudad; yo al revés, por las vacaciones. Debía de tener siete u ocho años cuando descubrí el mar y las mareas en Berck-Plage, en invierno. Luis iba a veranear a San Sebastián. Era de familia rica y no pasaba de burgués. Su padre, viejo, vivía de sus rentas. El mío, joven, de su trabajo. Su padre ya no viajaba. El mío no paraba en casa. 

Nací a las doce del día 2 de junio de 1903, en París, según consta en el Ayuntamiento del Noveno Distrito. No tengo sino tres años menos que él; total: nada. Nos parecemos en muchas cosas, en tantas como nos diferenciamos. Nuestras vidas tienen muchos puntos de contacto, lo que no cuenta para los gustos. Al fin y al cabo se hizo en un país distinto que el de su nacimiento, como yo. Realizamos lo más de nuestra obra en el extranjero y, sin embargo, todos nos definen, creo que con razón, españoles. Debimos de empezar a escribir versos en los mismos años. Muchos de nuestros conocidos y amigos de juventud fueron comunes. Las escuelas de vanguardia me hirieron a mí antes que a él y las dejé. Y, sin embargo, recalamos los dos en Galdós. La diferencia mayor es la religiosa; si ateos ambos, él de la raíz católica y yo de la librepensadora. Cuenta eso más que la similitud del medio madrileño, parisino y mexicano. 

La educación religiosa de Buñuel fue resultado del catolicismo intransigente de su madre, que le adoró. La mía fue totalmente agnóstica y en mi formación no influyeron para nada mis padres, hasta donde esto puede ser en una familia burguesa.

Nuestra diferencia fundamental reside en lo político. A él le importa más la justicia que la verdad. No a mí. Si fue o no comunista es un problema que no me atañe, que no he resuelto ni me importa. Estuvo, sin duda, al servicio de los comunistas; comunistas fueron y son sus mejores amigos y como tales -como amigos- tan importantes para él como para mí. Fui y sigo siendo, desgraciadamente, socialista, es decir, mucho más liberal que él. Tanto monta: a ambos nos fue mal. 

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