La brevedad de los días

La brevedad de los días II

Julio 7, 2019. David Foster Wallace es una mezcla prodigiosa de Sterne, Melville y Joyce. Yo diría incluso que se trata de un Joyce americano de fin siglo (el XX, desde luego). Prosa abundante y soberana y llena de poesía, y que se despliega interminable con párrafos que son verdaderos triunfos sintácticos; es un puro goce formal literario mediante el que se actualiza su sustantividad poética -que es aquéllo en virtud de lo cual una obra de arte se define como tal, y no como otra cosa-, que me recuerda lo dicho por Burgess en ese texto tan hermoso que tituló Re Joyce sobre la fascinación tomista, es decir católica -hemos de suponer también que jesuita-, del autor del Ulises, en el sentido de que no había aspecto de la realidad, por ínfimo que sea, que no quisiera él trasladar a un registro de configuración poética para dotarlo de significación y belleza.

Algo muy similar a lo que pasa con Paradiso de Lezama, y en realidad con toda su poética, que sólo se entiende desde coordenadas de interpretación católica. Para Lezama, el ‘católico vive en lo sobrenatural y profundiza el concepto griego de la terateia (maravilla, portento), pues está imbuido del paulino intento de substantivizar la fe, de encontrar una substancia de lo invisible, de lo inaudible, de lo inasible, alcanzando, dentro de la poesía, un mundo de rotunda y vigente significación.’ (Cuanto miren los ojos creado sea, ICR).

No he podido conseguir aún La broma infinita de Foster Wallace, pero tengo ya El rey pálido. Y díganme si no es esta configuración poética de la realidad circundante –en el inicio de El rey pálido precisamente- una muestra perfecta de esa maravilla por lo invisible, lo inaudible o lo inasible, según lo que Foster Wallace nos dice al tenor de lo siguiente:

‘Más allá de las llanuras de franela y de las gráficas de asfalto y de los horizontes inclinados de óxido, y más allá del río de color marrón tabaco resguardado por los árboles llorones y salpicado por las monedas de luz de sol que traspasan sus copas para alcanzar la corriente, hasta el lugar que hay detrás del cortavientos, donde los campos sin cultivar bullen ruidosamente a fuego lento bajo el calor matinal: sorgo, quelite cenizo, lambedora, zarzaparrilla, juncia real, higuera del infierno, menta silvestre, diente de león, zacate, muscadinia, repollo espinoso, solidago, hiedra terrestre, abutilón, hierba mora, ambrosía, avena silvestre, algarroba, rusco, habichuelas asilvestradas y remetidas en sus vainas, todas como cabezas meciéndose suavemente bajo una brisa matinal que es como la suave mano de una madre en tu mejilla. Una flecha de estorninos disparada desde el techado del cortavientos. El centelleo de un rocío que jamás se mueve y que se pasa el día soltando vapor. Un girasol, cuatro más, uno de ellos encorvado, y una serie de caballos a lo lejos que están igual de rígidos y quietos que si fueran de juguete. Todos meciendo la cabeza. Los ruidos eléctricos de los insectos atareados. La luz del sol del color de la cerveza y un cielo pálido y volutas de cirros tan altos que no proyectan sombra. Insectos atareados todo el tiempo. Cuarzo y pedernal y esquisto y costras de contrita ferrosa en el granito. Una tierra muy antigua. Mira a tu alrededor. El horizonte tiembla, sin forma. Somos todos hermanos.

Entonces aparecen unos cuervos en las alturas, tres o cuatro, no una bandada, silenciosamente concentrados, rumbo al maíz de los pastos detrás de cuya alambrada un caballo le huele el trasero a otro mientras el caballo de delante levante amablemente la cola. La marca de tus zapatos grabada en el rocío. Brisa con olor a alfalfa. Abrojos en el calcetín. Raspaduras dentro de una alcantarilla. Alambre oxidado y unos postes escorados que son más símbolos de contención que cercado per se. “PROHIBIDO CAZAR”. El susurro de la carretera interestatal más allá del cortavientos. Los cuervos del pasto posados en ángulos oblicuos, levantando terrones para hacerse con los gusanos de debajo, y los gusanos han dejado incisiones con su forma en el estiércol levantado y cocido por el sol durante todo el día hasta endurecerse, incisiones permanentes, diminutas líneas vacías que forman hileras y volutas hundidas que no se cierran porque las cabezas nunca llegan a tocar las colas. Lean estas páginas.’

Perfecto.

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