La brevedad de los días

La brevedad de los días V

Julio 28, 2019. Son ciertamente interminables, y muchas veces fortuitas e inesperadas, las vías por las que se llega a los autores fundamentales. Tal es el caso para mí, entre muchos otros, de Malaparte, Curzio Malaparte. Ayer comentaba con una amiga sobre la dificultad que supondría tener que definir los criterios para “inducir” o “promover” la lectura en general. ¿Cómo puedes saber con precisión cuando estás frente a un libro de envergadura superior, y cuándo frente a uno completamente prescindible, por no decir despreciable?

Hablamos, desde luego, de libros de literatura, en donde interfiere el criterio estético en los términos de algo así como una estética sintáctica o de la producción (la escritura) y una estética de la recepción literaria (la lectura), que se disponen conjugadamente en lo que podríamos llamar la fenomenología de la elegancia: creo que fue Bolaño al que escuché decir -y creo que dio en el blanco- que para él la poesía y la literatura eran una forma de la elegancia, o con más precisión, que eran su elegancia. Jünger dice que los grandes libros son solitarios; que crecen hasta lo incomparable más allá de las literaturas, y que para disfrutarlos bien -los grandes lectores acaso estén destinados a terminar, nos dice, con una docena de libros como ración de reserva- tenemos que atravesar el camino de la literatura, ‘tenemos que habernos liberado de ella’.

La dialéctica de la estética de la producción y de la recepción es entonces aquí fundamental. Porque si se trata de libros de otra índole, como el ensayo histórico, científico o filosófico, desaparece el criterio estético para los efectos de la comprensión de la tesis del ensayo en cuestión: ¿a quién puede importarle, salvo que se trate de un cursi y ridículo poeta o de un esteta diletante, la belleza o falta de belleza de un libro de Darwin, de Laplace, de Maxwell o de Newton? Sería absurda la preocupación, tan absurda como lo sería el preguntarse por el color de una curva de indiferencia luego de realizar el cálculo microeconómico procedente.

Otra cosa es que un ensayo de Marx, de Schumpeter, de Adam Smith o de Gustavo Bueno, además de su potencia teórica inmanente, puedan ser también piezas de una sintaxis igualmente poderosa y hasta bella, como ocurre con esos textos tan perfectos y tan bellamente redactados y emocionantes -cual si se tratara de la pluma de un José Revueltas- de ese libro de Schumpeter sobre Diez grandes economistas: de Marx a Keynes, o con los Ensayos materialistas de Gustavo Bueno, que es un apasionante deleite en los términos puramente formales de su lectura, además de ser una obra de envergadura filosófica universal del rango de la Fenomenología del espíritu o de El Capital.

El hecho es lo fortuito, entonces, de mi contacto con Malaparte. Ocurre que, hace ya muchos años, pongo en práctica una ceremonia personal cuando visito librerías de viejo. Lo primero que hago al llegar es dirigirme a la sección de literatura, en la letra M, porque el paso uno es verificar siempre qué es lo que hay de André Malraux que yo no tenga, cosa que para las librerías de viejo de la ciudad de México es ya casi imposible que suceda, porque creo tenerlo todo. De todas formas repito la ceremonia de manera ya casi religiosa. Una vez verificada la sección M de literatura, me paso a la de Ensayo literario,  y de ahí a la de Marxismo en Economía y luego Historia Universal y Filosofía, alternando casi siempre, al final, con la de Biografías e Historia del Arte. El orden casi siempre es el mismo. Literalmente como una ceremonia según tengo dicho.

Pero como no puede ser de otra manera, el destino configurado por el orden alfabético ha querido que al lado de Malraux aparezcan siempre, en cualquier librería de viejo de la ciudad de México, los libros de Malaparte: Kaputt, La piel, Picotazos, El Volga nace en Europa. Es obvio que terminaría por identificarlo con precisión en mi radar literario. Pero como las ediciones son casi siempre tan descuidadas, viejas y de tan mala calidad (ha sido hasta hace poco que Galaxia Gutemberg ha reeditado, en formidable diseño editorial, Kaputt, además de las reediciones que Tusquets ha tenido también el tino de elaborar, como es el caso su Diario parisino y varios títulos más), desestimé siempre la opción de comprarme alguno de ellos, a pesar de que los revisaba y los revisaba al estar ya totalmente familiarizado con ese nombre tan extraño y tan italiano: Malaparte.  Entonces apareció Milan Kundera.

En efecto. Fue sólo hasta que leí un texto ciertamente bueno, Un encuentro, de Milan Kundera, cuando tuvo lugar el alumbramiento definitivo. El libro reúne ensayos  literarios breves, pulcros y muy cercanos a la perfección, con los que Kundera ofrece algunas claves mediante las que nos explica lo que es el hecho literario -en términos, podríamos pensar, tanto de la producción como de la recepción-, y el mapa de las grandes obras de la literatura universal, siendo Diderot, para él, la figura cardinal de la novela moderna. Al final, o casi al final del libro, inserta un ensayo sobre lo que quiso llamar archinovela, para caracterizar la poética de Malaparte. El ensayo es penetrante y nítido en lo que busca transmitir. Curzio Malaparte es para Kundera una figura titánica de la literatura universal del siglo XX, añadiendo -si mal no recuerdo- que Kaputt puede o debería ser considerada de hecho -y ni más ni menos que- como la novela del siglo XX.

Fue suficiente. No creo exagerar si digo que al leer ese ensayo me dirigí al instante -o nomás pude- a la liberaría de viejo más cercana (creo que fue una de las de Miguel Ángel de Quevedo) y me compré Kaputt y La piel sin importarme la edición que fuera, que para los efectos era ya lo de menos porque Kundera había hecho una incisión que tocó la médula. Y tenía razón, desde luego. Malaparte es un gigante, un gigante poderoso que nos mira desafiante desde la primera mitad del siglo XX, que lo comprendió hasta la náusea.

Curiosamente, la ceremonia en cuestión se mantiene intacta. Es la ceremonia particular de mi elegancia. Cada que visito una librería de viejo, me dirijo a la letra M de literatura. El paso uno es revisar qué hay de André Malraux que yo no tenga, cosa que es imposible que suceda porque creo tenerlo todo. El paso dos es revisar qué hay de Curzio Malaparte que yo no tenga, cosa que hoy puedo decir ya, también, que es imposible, porque creo tenerlo todo.

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