¿El matrimonio gay es de izquierda o de derecha?

Ismael Carvallo Robledo

poligamia

[Disuelto el formato monógamo-heterosexual, todo será posible.]

No voy a decir que lo sabía, sino que lo tenía calculado con un muy alto grado de probabilidad. Acaba de ocurrir y, al hacerlo, corrobora por vía positiva la hipótesis. El Gobierno Federal, por voz del Jefe del Ejecutivo, ha enviado al Congreso de la Unión la iniciativa de reforma de ley del artículo cuarto de la Constitución para legalizar el matrimonio gay o igualitario en todo el país, sumándose con ello a una tendencia general que con muy acusada insistencia se ha abierto camino en las sociedades occidentales.

La tendencia cobró densidad política y social, sobre todo, luego de que, tras la caída de la Unión Soviética, se vio el mundo envuelto en un proceso de reorganización ideológica, y en donde la idea fuerza de los Derechos Humanos se situó, desplazando a cualquier otra, como la carta de navegación única del Género Humano, según es vista por sus promotores.

Hace unas semanas que vengo hablando aquí del individualismo capitalista y de su correlato legitimador: la ideología de la felicidad. Pues bien, la respuesta a la pregunta titular de este artículo es que ni lo uno ni lo otro. El matrimonio gay no es ni de izquierda ni de derecha -que es una dicotomía que quedó desbordada en el proceso de reorganización ideológica a la que he hecho alusión, y de la que también he escrito en este espacio-. La ideología del matrimonio gay forma parte de esa tendencia previamente analizada: la intensificación del individualismo capitalista, que se afianza a través de la extensión de los derechos humanos a cuanto renglón y recoveco de la vida social pueda haber como vía segura y firme para alcanzar la felicidad. El hecho de que el Gobierno Federal mexicano, encabezado por un grupo dominante que, mimetizando al PSOE español, en la práctica y en la ideología ha reconstruido al Estado nacionalista y a su partido en una dirección neoliberal; el hecho de que este gobierno, digo, haya abrazado semejante iniciativa nos lo está confirmando en nuestra cara. Y si lo hizo, a ver si me explico, es porque en el fondo no había problema ideológico alguno con hacerlo, porque es parte de la agenda global: despojar al individuo de cualquier obligación para transformarlo en consumidor satisfecho -o en elector racional- que sólo sabe pedir derechos (sociales, morales, de consumo, de “identidad”, de lo que sea).

Curiosa y sintomáticamente no he tenido noticia todavía de celebración alguna del anuncio. Y esto es así, supongo yo, porque quienes enarbolan esa bandera pensarán que se trata de una bandera de izquierda o progresista, y que están, por tanto, contra el PRI: encarnación, a su ojos, ¿no es cierto?, de la derecha neoliberal. Pues les informo que no. O más bien sí, esperen: sí, sí es progresista. Pero es que el progresismo no es otra cosa que el individualismo capitalista burgués y neoliberal aderezado con la contracultura del 68 hecha “política pública” y la ideología de los derechos humanos. Es decir, la socialdemocracia. ¿Cuál fue, en el siglo XX, el enemigo histórico de los socialdemócratas? ¿El capitalismo? Falso. Eran los comunistas. Eliminado ese enemigo, es el turno de los nacionalistas (como lo son quienes, de alguna manera, nos identificamos con la tendencia histórica del cardenismo revolucionario).

Ahora bien, ¿qué es lo que está haciendo la socialdemocracia de hoy en tanto que brazo progresista del individualismo capitalista burgués y neoliberal? Barrenar el esqueleto moral del edificio histórico del Estado occidental moderno mediante el expediente de dinamitar su núcleo antropológico: la familia. Como en el terreno de la economía política la batalla está perdida (nadie se atreve a hablar ni de Marx, ni de Lenin, o de Stalin o de Mao, y ni siquiera de Keynes), lo que ha hecho la socialdemocracia es trasladar su beligerancia al terreno de las formas culturales, y aferrarse al único enemigo que le queda: la Iglesia católica, para construir en torno suyo el mito de la derecha. Y en su ignorancia supina -nadie cita tampoco a Engels-, mezclada con una insoportable insolencia juvenil –su único argumento es “¿y qué tiene?”-, le atribuye, a la Iglesia, todo el peso de la tradición en cuanto a lo que a la defensa de la familia monógama y heterosexual respecta, ignorando que es también desde la antropología desde donde la defensa del matrimonio homosexual hace volar por los aires el pivote fundamental de ese núcleo antropológico, que es la existencia de ambos sexos, hombre y mujer, en el matrimonio, independientemente de que se trate de un matrimonio monógamo, poliándrico o poligámico. Otra cosa es la defensa de la monogamia, constitutiva de occidente y de relevancia trascendental.

Pero la confusión y la corrupción ideológica es tal, que lo único que se hace es perturbar esa estabilidad antropológica mediante el forzamiento, por vía del derecho, de sus mecanismos de configuración, que llevan siglos de colado histórico. ¿Cuál es el cálculo siguiente? Muy fácil: la legalización de la poliandria y la poligamia, así como la previa formalización del derecho a que los animales formen parte de la familia. Porque una vez disuelto el formato monógamo y heterosexual, todo será posible. ¿Y qué tiene?, será su argumento de peso. Cualquiera que haya leído a Engels sabrá que eso es algo como volver a la Edad de Piedra. ¿Pero quién, señores, ha leído a Engels?

Viernes 20 de mayo, 2016. Diario Presente. Villahermosa, Tabasco.

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