Individualismo y felicidad

Ismael Carvallo Robledo

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Continúo con el desglose del conjunto de tres procesos históricos en cuya convergencia, a juicio mío, se determina una tendencia general de largo alcance y activa en nuestro presente ideológico de una manera muy acusada: el fundamentalismo científico (del que hablé la semana pasada), el individualismo capitalista –conectado con la idea de felicidad- y la leyenda negra antiespañola. Se trata de analizar, recuerden, por qué razón ocurre que, cuando se discute sobre la Constitución de la ciudad de México, no se habla ni de historia ni de filosofía, así como tampoco se habla de que se trata, por densidad poblacional, de la capital de la hispanidad.

Desde luego que los procesos en litigio no son ni únicos ni exclusivos ni excluyentes; hay muchas más dinámicas ideológicas trabajando en nuestro mundo, pero yo me he querido detener particularmente en esas tres. Hablemos entonces del individualismo capitalista y de su conexión con la ideología de la felicidad (de la que por cierto hablé ya, aquí, también, hace meses).

Desde un punto de vista histórico de larga duración, la civilización occidental –que es en la que estamos y nos movemos y sobre la que, por tanto, voy a hablar- se ha configurado estructuralmente a lo largo de muchos siglos de decantación política, cultural, económica y religiosa. De manera muy esquemática, habría que decir que, en la Antigüedad Clásica, el mundo romano conjugó en su estructura al helenismo, al judaísmo y al cristianismo en una matriz histórica que, durante la Edad Media (el mundo medieval), se transformó en un sistema geopolítico de reinos cristianos y feudales enfrentados con el islam. El descubrimiento de América que en 1492 financiaron los Reyes Católicos propició la transformación de esos reinos en imperios universales de régimen absolutista, y estableció las bases del despegue del capitalismo.

En los siglos sucesivos, del XVI al XVIII, las casas reales europeas se disputaron el poder político y el control americano en una dialéctica cruzada, además, con los conflictos que desde dentro del cristianismo enfrentó a católicos y protestantes, con el islam mantenido a raya como enemigo histórico. El siglo XIX, con las revoluciones atlánticas (norteamericana, francesa, hispánicas), presenció la emergencia del patriotismo político (la nación política soberana) y del socialismo económico como reacción del movimiento obrero (organizado por Marx y compañía) desde el plano de desarrollo del capitalismo pilotado desde Inglaterra y que ya nadie detendría. Ese doble proceso revolucionario (patriotismo político y socialismo obrero) produjo en los albores del siglo XX los tres o cuatro grandes movimientos ideológicos de nuestro tiempo: el comunismo, el nacionalismo (que es algo así como un patriotismo con complejo de inferioridad, según John Lukács), el fascismo y el nazismo.

La Guerra Fría fue el enfrentamiento que, desde Estados Unidos, el capitalismo como sistema global de organización social (consumismo), económica (liberalismo) y política (democracia representativa) tuvo con el comunismo soviético y el nacionalismo. No fue sólo el primero, que es lo que se nos suele contar. Fueron los dos, como se pudo observar muy bien cuando, con la caída de la URSS, terminó la Guerra Fría: vencidos los llamados totalitarismos, el siguiente enemigo del capitalismo de las multinacionales y de los Steve Jobs (apunten este nombre) no es otro que los nacionalismos populistas (o así adjetivados).

Resumidamente, el capitalismo de hoy, como sistema económico-político y socio-cultural de hechura -particularmente- anglosajona, lo que busca es barrenar cualquier estructura –como la religiosa o moral, caso del catolicismo, o la político-ideológica, casos del patriotismo, el nacionalismo o el socialismo- de determinación del individuo que lo transforma bien sea en persona (perspectiva cristiana), en ciudadano o en patriota (o en camarada comunista), para aislarlo en su individualidad pura y dura y troquelarlo mediante la lógica de la elección individual libre, en un mercado pletórico en el que todo se transforma en mercancía: la religión, los políticos, la sexualidad, los hijos, los productos de multitud de tipos y géneros. El individuo deja de ser ciudadano o patriota con obligaciones (como el servicio militar) y se transforma en un niño de parvulario permanente, que sólo sabe pedir derechos: a abortar, a cambiar de sexo, a una pensión, a elegir cualquier religión, a prescindir de cualquier moral para guiar su vida, a casarse con quien -o quienes- quiera. El capitalismo, como lógica de funcionamiento social, lo ha invadido todo.

La legitimación ideológica, desde la que se le da sentido a este proceso de barrenado de las estructuras históricas (catolicismo, patriotismo, nacionalismo, socialismo) que durante siglos ha intentado moldear la vida occidental, se llama felicidad, la gran ideología de nuestro tiempo. Un individuo con derechos y sin obligaciones (morales, patrióticas, nacionales, históricas), que puede consumir lo que le dé la gana, es un individuo feliz. Otros dirán que con calidad de vida, es decir, un consumidor satisfecho.

No estoy diciendo que esto sea algo necesariamente malo, pero tampoco bueno. Tampoco estoy diciendo que se trate de una gran conspiración global, o que tengo la fórmula para resolverlo. Es solamente una dinámica social en marcha que yo observo y respecto de la que, por de pronto, en efecto, estoy tomando nota.

Viernes 6 de mayo, 2016. Diario Presente. Villahermosa, Tabasco.

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