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Oscar Wilde y Bernard Shaw nos ofrecen a cada paso uniones de cosas incompatibles entre sí, ya en forma de verdaderas sentencias; lo que ocurre es que, en estos casos, la incompatibilidad es, con frecuencia, realmente tal, es decir, no una contradicción, sino simplemente una antítesis o algo completamente dispar, con lo cual no se hace más que dar brillo a las ideas.

El maestro de la verdadera paradoja dialéctica en la literatura –una inesperada escuela preparatoria para los lectores de Hegel- es Chesterton, uno de los hombres más inteligentes que jamás hayan existido. Una verdadera paradoja dialéctica, y no sólo brillante, es la que se contiene, por ejemplo, en la siguiente frase: «Su gran agudeza envolvíale en una nube de sanas dudas acerca de este problema». O esta otra: «Los que escriben artículos editoriales marchan siempre a la zaga de su tiempo, pues siempre andan con prisa. Vense obligados a echar mano de sus opiniones pasadas de moda acerca de las cosas; todo lo que se hace de prisa se halla, positivamente, superado». O ésta: «Shaw, en cuanto amigo de la humanidad, es como Voltaire; el más frío y duro luchador, en torno a cuya afilada espada merodean como gusanos los miserables defensores de una viril brutalidad». O ésta: «Llamamos al siglo XII un siglo ascético y decimos que el nuestro está lleno de voluntad de vivir. Ahora bien, en la época del ascetismo el amor por la vida era tan manifiesto y tan enorme, que había que ponerle coto. En una época hedonística el goce cae siempre y se hace necesario estimularlo. Es curioso que haya que imponer las fiestas como si fuesen días de ayuno y espolear a las gentes para que acudan a los banquetes» (Chesterton, Bernard Shaw, pp. 101, 236, 75, 239 s.).

De los libros de Chesterton podrían sacarse cientos de estos argumentos a contrario (y, concretamente, de lo contrario contenido en la cosa misma); el método de este escritor es, desde luego, el de reducir a una igualdad lo contrapuesto, cancelando de este modo y superando un esquema establecido y satisfecho de sí mismo.

Ernst Bloch. Sujeto-objeto: El pensamiento de Hegel.

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