El fundamentalismo científico

Ismael Carvallo Robledo

fundamentalismo científico

La semana pasada escribí aquí sobre la Constitución de la Ciudad de México, llamando la atención sobre el hecho de que de las dos perspectivas (distributiva y atributiva) que expuse para la organización de las discusiones, una de ellas -solidaria, de alguna manera, de la filosofía y la historia- brilla por su ausencia mientras que la otra, conectada más, y sobre todo, con las ciencias sociales, es la que domina en cuanto debate, foro, comisión o grupo de trabajo sobre “políticas públicas” se convoca para los efectos y una y otra vez. ¿Por qué no se ven ya las cosas a una escala global e histórica, vale decir filosófica?, podría ser la pregunta que quedó manifestada en el artículo. Al final rogué que no se me preguntara por las razones de circunstancia semejante, pero un querido amigo desestimó la petición y me lo preguntó. Por reciprocidad y agradecimiento a su interés estoy obligado –haciéndolo gustosamente- a responder.

Yo veo tres dinámicas históricas, que convergen en la configuración de una tendencia general definidora de nuestro tiempo. A su comentario dedicaré éste y los dos próximos artículos. Dos de ellas son de carácter más global, es decir, que su incumbencia es –digamos que- mundial; la tercera nos concierne solamente a los que hablamos español. Se trata del fundamentalismo científico, el individualismo capitalista –ligado a la ideología de la felicidad- y la Leyenda Negra antiespañola. Vamos entonces con la primera.

El fundamentalismo científico es el término que, desde el materialismo filosófico, utilizamos para hacer referencia al sistema ideológico en virtud del cual se exagera en demasía el papel de la ciencia en una dirección desde la cual el conocimiento científico se nos presenta como el prototipo y paradigma total del conocimiento humano, en algo así como el canon absoluto de la razón. Desde esta perspectiva, todo saber que no pueda tener una base de comprobación o de fundamentación científica es desechado bien sea como delirio teológico o religioso, bien sea como dogmatismo político-ideológico, de modo tal que es solamente a través de “la ciencia”, concebida unitariamente y como entidad neutral, como le es dado a las sociedades actuales aproximarse tanto al conocimiento de la realidad como a las metodologías y enfoques adecuados para el diagnóstico y resolución de los problemas, y como el único criterio capaz de orientarnos en el mundo. Lo que queda fuera del alcance científico se considera mitológico, ideológico, dogmático o, incluso, histórico (la historia sólo le interesa a los historiadores, escuché yo decir alguna vez a alguien que se reputaba como una persona práctica, efectiva y eficaz, con los pies en la tierra y para quien, en efecto, la historia, o la ideología, o incluso la política, no sirven para nada). La ciencia (la razón) se opone, en definitiva, a la religión (la fe o el fanatismo).

Fue así como, merced a este proceso histórico, el resto de los saberes comenzaron a sufrir una suerte de mimetización científica, activándose una dinámica bien particular de proliferación y fragmentación de disciplinas –que se intensificó durante la segunda mitad del siglo XX- conceptuadas de tal forma que solo mediante el trámite de presentación de las credenciales de su estatuto científico les era posible su consolidación, reputación e institucionalización. Al lado de las Facultades clásicas de las universidades (Química, Medicina, Matemáticas) comenzaron a aparecer nuevas Facultades (de Ciencias de la Información, de Ciencias Empresariales, de Ciencias Ambientales, de Ciencias Humanas en definitiva). En todos los casos se tenía que indicar que lo que se enseñaba al interior de sus aulas era de naturaleza científica.

Es evidente que esta tendencia no es gratuita, y que de alguna manera era natural que se diera en vista del avance tan contundente con que, a partir de finales del siglo XVIII, se fueron consolidando e institucionalizando los campos y saberes científicos “clásicos”: la química, la mecánica, la biología, la electromagnética, la física. Para nadie es noticia que, de alguna manera, vivimos en la era de la ciencia, que tiene, como mucho, algo así como 250 años de antigüedad, si tomamos como punto de arranque de la transformación de la ciencia, tal como la entendemos hoy, el período de la revolución industrial (entre 1780 a 1830 más o menos), que fue la base económica, productiva y social en la que tuvo lugar la organización de la “ciencia moderna”.

Pero también es evidente que no se trata de impugnar aquí el papel que en la marcha del mundo tiene la ciencia, o más bien las ciencias, en plural, porque una Ciencia Total es imposible. Tampoco quiero yo proponer una vuelta a la superstición. Lo que quiero señalar es el caos problemático producido por la tendencia en comento, porque la multiplicación de supuestas disciplinas científicas –y comprobar que lo sean es otro problema mayúsculo- no ha hecho otra cosa que pulverizar el conocimiento en infinidad de especialistas y especializaciones desconectadas entre sí, abonando a un estado de confusión asistemática que se ha intentado resolver mediante el trámite de la “inter-disciplinariedad”, que es la manera utilizada por los fundamentalistas científicos para referirse a lo que nosotros llamamos, sencillamente, con Platón, ésta es la cuestión, filosofía.

Viernes 29 de abril, 2016. Diario Presente. Villahermosa, Tabasco.

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