Ismael Carvallo Robledo.

feliz estupidez

He leído una nota reciente, en un periódico financiero de circulación nacional, sobre el galardón del Nobel de Economía, que este año ha ido a parar a las manos de Angus Deaton, profesor de la prestigiada Universidad de Princeton, en Estados Unidos. El título de la nota hizo que me sudaran las manos, porque decía algo más o menos como esto: “¿Más dinero más felicidad? Esto es lo que descubrió el Nobel de Economía, Angus Deaton”.

El sudor de mis manos se produjo porque al instante me temí lo peor, es decir, la floración de la ramplonería. O de la estupidez. Y así fue. No es necesaria demasiada sutilidad intelectual, ni doctorados en economía, para suponer que la ecuación que llevó a este señor a semejante descubrimiento es que a mayor dinero mayor habrá de ser también la felicidad. Es obvio que con dos millones de dólares en mi cuenta de banco estaría mejor, de manera general, que sin ellos. Pero ¿qué diablos es la felicidad? Esta es la cuestión. Y el agobio que producen los “científicos sociales” cuando quieren medirla o cuantificarla es de primera magnitud, y tanto peor si, para colmo, les dan un Nobel. Porque la felicidad es una idea, cuyo tratamiento debe ser, por necesidad, un tratamiento filosófico, no científico.

A mí me parece que hoy en día no hay idea que tenga más fuerza y prestigio que la de la felicidad. Hoy todo mundo quiere ser feliz, me parece a mí. No les interesa en realidad ni la libertad ni la democracia, mucho menos vivir una vida racional, como quería Espinosa o Marco Aurelio. No, la gente, lo que más anhela, es sencillamente ser feliz. ¿Pero qué es entonces la felicidad?

Quien primero la sistematizó filosóficamente fue Aristóteles, que la concibió como un estado mental estable al que se llega por una causa externa, que se explica por sí misma, y que se puede mantener eternamente, razón esta última por la cual descartó las virtudes sensibles o físicas: si tengo hambre por la mañana, comeré, lo cual se supone que me habrá de reportar felicidad. Pero solo momentáneamente, porque al caer la tarde o el día volveré a tener más hambre. Descartadas las virtudes sensibles quedan las intelectuales, que es donde hace descansar Aristóteles la clave de la felicidad, que pasa a definir como aquella actividad que activa la facultad suprema del hombre, que es la facultad racional o contemplativa, que sí puede ser eterna. La felicidad, para Aristóteles, entonces, no es otra cosa que la vida intelectual o teorética, contemplativa, a la que se llega a través de la filosofía, precisamente.

En el mundo cristiano-medieval fue Santo Tomás la figura fundamental para estos efectos. Y fiel a la tradición aristotélica, mantuvo la fórmula, aunque añadiendo un componente singularísimo. Si para Aristóteles la felicidad está en la vida teorética o contemplativa, para Santo Tomás también es, la felicidad, una actividad contemplativa, pero contemplativa de Dios, fuente de todas las certidumbres y de todas las estabilidades.

Las cosas comienzan a complicarse, a desestabilizarse, con el avance de los siglos y de la ciencia y de la técnica, que trajo consigo el eclipse de Dios y la eventual secularización de las sociedades. En el siglo XVIII, en el XIX y en el XX, las sociedades industrializadas y de masas entraron en una dinámica cultural marcada por el predominio de la economía, el consumo, la producción y la explotación técnica del hombre y de la naturaleza, que pasa a ser controlada de forma absoluta. Y ha sido esta la dinámica general que produjo el eventual desvanecimiento no ya nada más de la idea de Dios, o de su presencia en el sistema ideológico general del mundo occidental, que es el nuestro; no fue solamente esto lo que se desvanece: se desvanece también el interés por el desarrollo de la facultad teorética del hombre, tal como la concibió Aristóteles. Y ocurre entonces que, sin la presencia de Dios en la vida, y sin el interés por el desarrollo de las facultades intelectuales, cada vez menos necesarias cuando de lo que se trata, además de luchar por sobrevivir, es de consumir lo más que se pueda para mantener el funcionamiento de la economía, aquello que cobra relevancia, o que regresa, son precisamente las virtudes sensibles o físicas. Esta es la felicidad de la que hoy, por lo general, y acaso sin conocer su origen, habla todo el mundo: la felicidad vinculada con el placer sensible, con la relajación muscular, con el “disfrute” de experiencias emocionantes, con la sonrisa en los labios. Es la felicidad del “aquí y el ahora”, del “sólo por hoy” y del “Don’t worry be happy”. Porque ya nada puede durar eternamente, y porque nuestro mundo ya no puede ser estable como lo fue en la antigüedad o en el mundo medieval. Esta es la cuestión.

Por lo que a mí respecta, y por si alguien tenía la duda, si se me preguntara por la aspiración fundamental de mi vida, mi respuesta no sería la felicidad, porque yo no quiero ser feliz, y pediré, como lo hizo Eisenstein en sus Memorias, que al morir se escriba en mi epitafio esto: “ICR. Vivió, meditó, se apasionó”.

Viernes 23 de octubre, 2015. Diario Presente, Villahermosa, Tabasco.