González Iñárritu el Progre.

Ismael Carvallo Robledo

El progre está siempre en la vanguardia de los tiempos, y por encima de todas las contradicciones, que mira desde las alturas de la ética universal.

Hay algo que suele pasarme con los artistas, sobre todo si son famosos, y que tiene que ver o con la decepción, cuando me merece cierta estima su trabajo, y entonces, partiendo de esa estima me decepciono, o con la irritación, cuando su trabajo ni me va ni me viene, de modo tal que el artista en cuestión, si acaso me caía mal me cae entonces peor, o si no lo conozco en absoluto lo hago entonces, pero para irritarme gracias a él, o a lo que dijo o hizo.

No estoy hablando del mundo de la farándula, confundido muchas veces, porque se cruzan, con el mundo del arte. El primero es vulgar y frívolo, y repugnante; es el que se reporta en revistas tipo Hola o Quién o qué se yo, o en sus versiones de tres pesos, en donde se nos cuenta la vida íntima, y en período vacacional casi siempre, de actores y actrices de telenovelas también casi siempre, en reportajes repulsivos, ya digo, de vidas que son tan estúpidas, simples y rutinarias como la de cualquiera de nosotros pero que puestas en revista a colores adquiere los atributos de la “celebridad”, transformándose en arquetipos sociales de la felicidad y el éxito.

El segundo -el mundo del arte-, tiene que ver con el proceso histórico y problemático de configuración de la belleza o con la toma de nota de su existencia en el mundo, bien sea por imitación de la naturaleza, bien sea por fabricación artificial, y que comporta la creación de entidades materiales (esculturas, pinturas, sinfonías, tragedias, catedrales, películas) que son ofrecidas a la percepción humana a distancia con propósito diverso. Es un mundo que nutre libros como Las voces del silencio de Malraux, ¿Qué es el cine? de André Bazin, la Estética de Vasconcelos o El conocimiento cinematográfico y sus problemas de José Revueltas, o del que se habla en revistas tan fantásticas como la española Descubrir el arte. Hegel dijo que, en su fase suprema de manifestación, el “espíritu absoluto” se desdobla en arte, religión y filosofía. Pues algo así más o menos, si me permiten.

Ocurre entonces que lo que me suele pasar con los artistas famosos es que me decepcionan. Tal está siendo el caso de Alejandro González Iñárritu. No me irrita, pues estimo la calidad de su trabajo. No se debe la decepción tanto, entonces, a lo que tiene que ver con la sustancia poética plasmada en su obra (aunque El Renacido me dejó en realidad indiferente), o con su calidad de director. No me decepciona por eso, y celebro su triunfo profesional y artístico.

La decepción se debe a lo que luego dice aprovechándose de su fama de notoriedad, que es distinta de la habitual. Gustavo Bueno dice que la fama habitual es la que todos tenemos, y la de notoriedad es la que tienen “los famosos”, es decir, aquéllos que se destacan socialmente (y por tanto política e ideológicamente: he aquí la cuestión) pero porque se destacan primero en su actividad particular. De intenso, de energúmeno o de ermitaño puedo tener fama yo o mi papá -que de ahí viene la cosa-: es fama habitual; pero la fama de notoriedad solo la tiene un Premio Nobel, un campeón mundial de Box, Messi o González Iñárritu, ganador de varios Óscares y Globos de Oro.

Porque ocurre que González Iñárritu se mueve en la clásica y cómoda posición que en España es conocida como la del progre. Y es que yo a los progres nomás no los aguanto. El progre es pacifista, tolerante, ético y multicultural. Su extracción es casi siempre burguesa o alto-burguesa. Es el bueno, el listo y el guapo, está en contra de toda forma de violencia y sobrevuela los problemas desde la perspectiva del Género Humano, razón por la cual piensa que la diversidad es “rica” (a veces dicen “divertida”), además de que se autoproclama en la vanguardia de los tiempos, de modo tal que las contradicciones objetivas del mundo (de clase, raciales, lingüísticas, ideológicas, religiosas, nacionales) las ve a distancia, que es tanta que en su virtud terminan desvaneciéndose las fronteras de todo tipo, y por eso considera absurda toda guerra (¡No a la Guerra!); y como está en la vanguardia de los tiempos estima el progre que cualquier criterio dialéctico (una norma, una ley, una clasificación) es arcaico, añejo, y también absurdo, así como tribal e intolerante y violento, pues obstruye la posibilidad para entender verdaderamente la complejidad de las cosas, y se pregunta retóricamente entonces, autosatisfecho de que él está ya más allá de todos nosotros, en la vanguardia omnicomprensiva de la complejidad del mundo: “¿Discriminación, guerras, contradicciones, violencia en estos tiempos?”. Es todo un posmoderno el progre.

Y obvio que es de izquierda, aunque no se sabe muy bien de qué tipo. ¿Serán marxistas los progres? Lo dudo. Pero lo que González Iñárritu tiene claro, en todo caso, es que los superhéroes suelen ser de derecha, porque son violentos (y él, como buen progre, ¿recuerdan?, es pacifista y ético) y genocidas culturales, como hubo de señalar en una entrevista que le realizaron cuando lo de Birdman, y que suscitó una polémica con Robert Downey Jr.

Era de esperarse también, claro, que González Iñárritu se declarara contrario a que se juzgue a las personas por el color de su piel. ¿Quién podría estar a favor? Otra cómoda obviedad. Clásica del progre. Y es que yo a los progres, señores, nomás no los aguanto.

Viernes 4 de marzo, 2016. Diario Presente. Villahermosa, Tabasco.