el dia E

[El Día E o Día del Español es una conmemoración festiva promovida por el Instituto Cervantes desde 2009, que tiene lugar el sábado más próximo al solsticio de junio, y cuyo objetivo es difundir la cultura del español, celebrar su importancia en el mundo y fomentar la unidad de sus hablantes.]

Es turno del último componente que, según hemos venido diciendo, conforma la tríada –o una de las tríadas- en torno de las que gravita el sistema ideológico de nuestro presente. Hemos hablado ya del fundamentalismo científico y del individualismo capitalista legitimado por la ideología de la felicidad. Había dicho también que, en el caso del tercero -la leyenda negra antiespañola-, la incumbencia recae particularmente en quienes hablamos español, que curiosamente somos más cada vez.

La cuestión había sido planteada en función del hecho de que una de las características más importantes de la ciudad de México -que es la de ser, además de capital del país, por pura aritmética demográfica, la capital de la hispanidad- brilla por su ausencia en cuanto foro, debate o comisión se ha organizado para efectos de la discusión de su Constitución. Hasta donde he podido rastrear e indagar, a ningún analista o especialista o activista involucrado en el asunto se le ha ocurrido poner sobre la mesa ese dato tan notable.

Pareciera que lo único que interesa son los problemas de la participación, de los derechos y de la calidad de vida, y como si lo mismo diera que se tratara de Helsinki o de Managua, de modo tal que los analistas, los especialistas o los activistas se agrupan, o bien desde disciplinas “científicas” (fundamentalismo científico) como la sociología, la demografía, el urbanismo o la ciencia política, o bien desde “colectivos” muy puntuales (ecologistas, animalistas, abortistas, homosexuales o feministas), para encontrar, interdisciplinariamente, la más completa y abarcadora batería de “políticas públicas” para ofrecer o mejorar la calidad de vida de los capitalinos considerados en su más pura individualidad (individualismo capitalista), que se define y legitima en función de un único principio ideológico: la felicidad (a la que se puede llegar, o a la que se debe tener derecho, lo mismo da, viviendo o en Helsinki o en Managua o en la ciudad de México).

A todo esto se añade un elemento más, que incrementa el desinterés por todo lo que tenga que ver con el español, no se diga España, valga por decir con la hispanidad: la leyenda negra antiespañola, analizada con soberanía plena por mi querido amigo Iván Vélez en Sobre la Leyenda Negra (Encuentro, Madrid, 2014).

De manera general, una leyenda negra es una reconstrucción ideológica diseñada con propósitos de propaganda desde la cual la entidad analizada o reconstruida se presenta exagerando los rasgos o características negativos, que se elevan a lo grotesco, y ocultando los positivos, de modo tal que la figura resultante se presenta de manera en extremo desproporcionada, caricaturesca o esperpéntica, activándose el rechazo inmediato, obvio y en automático de aquél a quien se le presenta. Pero la contraria también es posible, que es el caso de la leyenda rosa, que consiste en la puesta en operación de la misma metodología pero en sentido inverso, exagerando, también hacia lo grotesco o cursi, lo positivo, y ocultando lo negativo, de modo tal que la figura resultante es igualmente esperpéntica o kitsch.

La leyenda negra antiespañola, como propaganda dispuesta contra España, es un sistema ideológico de larga data y largo recorrido, en virtud del cual se interpreta su historia como la historia de la oscuridad, de la abyección, de la perversidad, la intolerancia y el atraso, y que se sustenta, fundamentalmente, en dos blancos de ataque: el imperio español y su carácter católico. Cualquier enemigo del imperio español, o del catolicismo, o de la herencia histórica de ambos –y esa herencia recae, precisamente, en los que hablamos español- es proclive a recibir con beneplácito la figura esperpéntica que de los españoles o de los católicos -o de su herencia, ésta es la cuestión- se les pueda llegar a presentar.

Desde esta leyenda, España no reúne en la historia otra cosa que error tras error, barbaridad tras barbaridad: expulsó a lo mejor que tenía (moriscos, judíos), es intolerante, abanderó la Inquisición, representa lo más trasnochado del catolicismo; son errores y barbaridades que encuentran su coronación o síntesis suprema en el peor de los crímenes cometidos: la conquista de América y la matanza de indígenas. Es el relato de Bartolomé de las Casas en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, que se reedita en los Países Bajos durante el siglo XVI como propaganda antiespañola y contra Felipe II, enderezando un ataque al imperio español en cuanto que imperio sanguinario y depredador y en cuanto que católico, lo cual es retomado por los protestantes y por el imperio inglés, que en el siglo XIX apoyaría gustoso a cuanto libertador hispanoamericano quisiera refugiarse en Londres.

Pero como tenemos dicho, en cualquier leyenda negra la realidad está distorsionada. Y lo peor es cuando se le responde con una leyenda rosa, que es lo que, para nuestro caso, hizo Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina, emblemático ejemplo de esperpento cursi, ideológico y sentimental.

El problema es que, mientras que desde la historiografía tanto la rosa como la negra son leyendas perfectamente desmontables por inconsistentes y metodológicamente endebles, en el sentido común permanecen disueltas, haciendo en extremo laborioso su filtrado. Las implicaciones son graves, y de arrastre estructural, porque así como llevó generaciones enteras para que el sedimentado ideológico se afianzara, acaso vayan a tener que ser otras tantas las necesarias para la reorganización y el requilibrio histórico. Ningún pueblo, ninguna nación, ninguna plataforma cultural -como la conformada por la comunidad hispánica- puede salir adelante desde el autodesprecio, que es el costo, altísimo, que se ha tenido que pagar.

La incumbencia, en todo caso, y llevo tiempo diciéndolo, recae en los que hablamos español. Una manera sana de comenzar a replantearnos las cosas puede ser la de tomar nota del hecho singularísimo de que, de los ya casi quinientos millones de hispanohablantes que existen, no hay ciudad en el planeta, ¿recuerdan?, que reúna en sus calles y plazas una cantidad mayor a la que reúne la ciudad de México, Capital de la Hispanidad.

Sábado 14 de mayo, 2016. Diario Presente (con una adenda final para La clandestina virtud). Villahermosa, Tabasco.