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Filosofía, política y erotismo

Sobre Erotismo y prudencia: biografía intelectual de Leo Strauss, de Gregorio Luri (Encuentro, Madrid, 2012, 395 páginas).

Hasta hoy solo hay tres libros que he leído completos en Kindle: Conversaciones con José Luis Romero, de Félix Luna, Una cierta idea de mundo, de Alessandro Baricco, y la biografía de Leo Strauss: Erotismo y prudencia, de Gregorio Luri, que ha resultado ser uno de los libros más fascinantes que he leído en mucho tiempo y de las mejores biografías que también he podido leer al lado ni más ni menos que de la de Malraux de Jean-Francois Lyotard (Firmado Malraux), o la de Fidel Castro de Norberto Fuentes (Autobiografía de Fidel Castro), que aún no puedo terminar por lo larga que es (poco más de 2 mil páginas en dos ambiciosos tomos).

Hace unos días conversaba sobre el libro de Luri con mi querido amigo el profesor Javier Garciadiego, director de la Academia Mexicana de la Historia que estudió su maestría en Historia en la Universidad de Chicago y que me contó entonces que, si no recuerdo mal, le fue posible de hecho tomar clases con Strauss y de convivir con algunos de sus discípulos como Cropsey o Mansfield, recordando que la de Chicago fue la base de operaciones fundamental de este misterioso e injustificada y precipitadamente condenado profesor judeo-alemán nacido en 1899 en Hesse Alemania, y fallecido en 1973 en Annapolis, Maryland.

Ya no recuerdo exactamente desde cuándo es que vengo leyendo y escuchando sobre la idea de que Strauss es el obscuro promotor e ideólogo de los neoconservadores norteamericanos que estuvieron detrás de la política belicista de George W. Busch tras los atentados terroristas islámicos del 11 de septiembre de 2001 (Wolfowitz, Cheney, Rumsfeld, Kagan, Kristol, etc.), pero el hecho es que terminó por convertirse en una verdad indiscutida. Es común por ejemplo leer en las páginas de La Jornada, o en las de algunos medios progresistas, hablar de la “derecha straussiana” o de ”los neocons straussianos”, o ver esgrimido el argumento en documentales como el interesante —no lo vamos a negar— El poder de las pesadillas (The Power of Nightmares) de Adam Curtis (2004), en donde se equipara al movimiento neoconservador norteamericano (con Leo Strauss como promotor y maligna cabeza pensante) con el movimiento radical islamista (con Sayyid Qutb, prácticamente su contemporáneo, como su par egipcio), poniéndolos en una misma escala de polaridad ideológica como reacciones políticas, culturales y generacionales a la decadencia burgués-liberal occidental que se comenzaría a perfilar en la década de los 50 del siglo XX desde los Estados Unidos, y ante la cual opondrían un repliegue doctrinario radical bien sea desde la perspectiva del tradicionalismo conservador norteamericano, o desde la del aún más radical tradicionalismo islámico yihadista. La comparación de Curtis desde luego que es improcedente, y como diría Gustavo Bueno: prueba demasiado.

En todo caso, yo no paraba de leer la obra de Leo Strauss según me iba cruzando con sus libros (Estudios de filosofía política platónica, Liberalismo antiguo y moderno, La ciudad y el hombre, El renacimiento del racionalismo político clásico, ¿Qué es filosofía política?, Derecho natural e historia, Pensamientos sobre Maquiavelo, La crítica de Spinoza a la religión, etc., sin dejar de mencionar su clásico Historia de la filosofía política, compilado con Cropsey), y, por más que intentaba encontrar las conexiones aludidas, yo no pude hacer otra cosa que descubrir a un pensador extraordinario y penetrante, y un profundo y abstracto y ciertamente difícil estudioso de los clásicos de la filosofía política antigua y medieval, que mezclaba con una erudición asombrosa la tradición griega con la judía, la cristiana y la islámica (Atenas, Jerusalén, Roma y Bagdad), aislando como relojero de alta precisión las perlas esenciales de la problemática filosófico-política de la historia, delimitando con una claridad suprema las trampas del racionalismo político moderno que, junto con otros autores como Carl Schmitt (o también Gustavo Bueno o Dalmacio Negro en el ámbito español), ha quedado encapsulado en el rótulo del problema teológico-político de la modernidad.

Leo Strauss terminó enderezándose entonces para mí como un genuino autor perteneciente a la fascinante tradición de los Estudios Clásicos, y que yo comencé a poner y ver al lado de Arnaldo Momigliano, Moses Finley, José Luis Romero (precisamente) o Luciano Canfora, y como un profesor antiguo de la Universidad de Chicago preocupado sobre todo por ‘mantener vivo el estudio de los filósofos políticos clásicos y por mostrar a sus estudiantes que pensadores como Maquiavelo y Hobbes eran importantes para los dilemas políticos del presente en un momento en que la aproximación cuantitativa y conductista (behavioral) a las ciencias políticas está de moda’, según se afirmó en la necrológica del New York Times del 21 de octubre de 1973 dedicada a la muerte de Strauss según inserta Luri en su libro ya casi al final, además de que sé muy bien ahora que quienes lo ven como el padre del neoconservadurismo norteamericano forman parte de la legión de progresistas burgueses, pánfilos y postmodernos no marxistas ni leninistas ni nada de eso que se encargan de infantilizar a las sociedades occidentales desde la plataforma de los medios liberales europeos y americanos por igual con la ideología no menos infantilizadora de los Derechos Humanos, la aberración metodológica de la interseccionalidad y la equidad de género o la paz mundial.   

Pues bien, ajustado ya desde hace muchos años el enfoque desde el que me aproximaba a la obra de Strauss fue que me crucé entonces en Kindle con su biografía, Erotismo y prudencia: biografía intelectual de Leo Strauss, escrita por un Gregorio Luri por mí hasta entonces desconocido por completo pero que desde las primera páginas me sorprendió por su erudición y sobre todo por la soberanía con la que iba desmenuzando la trayectoria de este pensador tan abstracto y difícil ciertamente de seguir (hay obras, como las dedicadas a Maquiavelo o Spinoza, que son párrafos y párrafos muy densos en donde parece estar dando vueltas sobre trivialidades hasta que poco a poco vas tomando la perspectiva para ver en panorámica lo que está queriéndonos decir, al más típico modo platónico, por lo demás), y que estuvo en el corazón de las principales controversias de la filosofía política que se dieron en el siglo XX en el cruce de las tradiciones provenientes de los dos polos fundamentales que hay en la historia de la política para los efectos: el polo de Atenas (en donde se configura la idea de razón, ratio, como norma del entendimiento político) y el polo de Jerusalén (en donde se configura la idea de la fe, fides, como norma del entendimiento como tal); una controversia apasionante y apasionada mediada por el polo de Roma (en donde se configura la idea del derecho, iuris, como norma orientadora de la acción política) que, no por teórica o abstracta, estaba por ello lejos del meollo de los problemas históricos y políticos más acuciantes en su sentido más práctico imaginable que su generación vivió, como lo fueron el problema de la cristalización de la idea hegeliana del Estado total germánico llevado a vías de efecto por el régimen nazi de Hitler, o la relación entre destino, misión y mesianismo en la cuestión judía que por tantas razones fue más bien en realidad, me parece a mí, “la cuestión” fundamental de la vida de Strauss, para quien, según nos dice Luri, ‘ha llegado el momento de actuar como los judíos y reemplazar con una naturaleza ennoblecida la vieja naturaleza divinizada del cristianismo’.

‘¿Quién es Leo Strauss?’, se preguntan los editores en la contraportada, ‘¿y qué decía exactamente? Hay quienes se jactan de haber descubierto el “indiscutible carácter falocrático” de su filosofía, quienes lo ven como el constructor moderno del “mito de la tradición” y quienes alimentan su apacible conciencia crítica desenmascarando conspiraciones políticas que tendrían a Leo Strauss como su inspirador filosófico. Nada nuevo, en realidad, en la historia de la filosofía. A lo largo de estas páginas, Gregorio Luir nos acerca al pensador judeo-alemán con una mirada desarmada, descubriendo en él un filósofo libre y relevante que no está mirando al pasado sino al presente. Erotismo y prudencia tiene la ambiciosa pretensión de, al mismo tiempo, mostrar a Leo Strauss y las razones de la influencia de quien se puede decir, cabalmente, que es el único filósofo del siglo XX que ha creado una escuela de pensamiento que está hoy más viva que nunca’.

La estructura de la obra nos muestra un trabajo denso y sinfónico. Las partes del índice son las siguientes: 1. La saludable risa de la muchacha tracia y la aún más saludable ilusión heroica; 2. La perversión del sentido común y la búsqueda del fundamento; 3. Heidegger. El lugar de la filosofía política; 4. Aprender leyendo; 5. De Platón a Spinoza y de Hobbes a Schmitt; 6. Non habemus locum manentem; 7. Transgresiones y fidelidades; 8. Un exiliado europeo; 9. El arte de la palabra; 10. Los años de Chicago. In partibus infidelibus; 11. Derecho natural e Historia. Conocimiento, olvido y memoria de la naturaleza; 12. El conservadurismo de un pensador intrépido; 13. El origen de la modernidad; 14. La ciudad y el hombre; 15. Hacer del mundo un mundo; 16. El final se parece al esclavismo; 17. El testamento filosófico de Strauss; 18. Humanismo y naturaleza.

No tiene caso que alguien se acerque a la vida de Leo Strauss para encontrar ideas sobre la postcolonialidad, la igualdad de género o los derechos humanos, o para ver cuál es la mejor política pública para resolver el problema de la inflación. Podríamos decir que a nada de esto le dedicó una sola línea en su vida.

Pero tampoco tiene caso querer encontrar en su obra algún planteamiento conservador o “de derecha”, porque estaba por encima de eso, lo que no implica ni mucho menos que su vida y obra hayan sido algo carente de interés intelectual, y sobre todo carente de interés político práctico en el más llano de los sentidos, porque ocurre que quien se acerque tanto a la obra de Strauss como a ésta que me atrevo ya a catalogar como su biografía definitiva, habrá de encontrar las respuestas que una mente brillante del siglo XX de origen judío y alemán al mismo tiempo encontró a preguntas fundamentales como las de saber las razones por las que la voluntad de los hombres a veces puede inclinarse por la peor opción histórica, por qué es importante creer en alguien en política o, más aún, por qué es necesaria la existencia de un guía para la conducción de los pueblos; por qué una ciudad sin tradición está destinada a la extinción o por qué razón el

Islam reforzó la relación entre la religión y la ley hasta hacer de la revelación el molde de la vida política. El Dios coránico es un Dios intrínsecamente político. Eso es lo que explicaría, según Strauss, que fueran los filósofos musulmanes los primeros en descubrir en las Leyes una teoría política de la ley divina. Como el acto religioso fundamental es en el Islam la sumisión a la voluntad divina expresada en la ley, la idea de naturaleza apenas juega un papel relevante y, desde luego, no puede servir como fuente de la ley. Los filósofos musulmanes insisten en que la razón es incapaz de determinar por sí misma qué es noble o qué es vil. Ni se sienten capaces de fundar la ley ni se atreven a analizar su contenido, porque saben que el intelecto humano no puede derivar del conocimiento de la naturaleza la bondad de una ley y, sobre todo, se ven completamente incapaces de conocer las razones que han movido a Dios a dictar una ley determinada. El Dios del Corán no está guiado por consideraciones utilitaristas.

El cristianismo, a diferencia del Islam o del judaísmo, habría sido políticamente insensible a las reticencias platónicas con respecto a la ley natural. La relación entre la vida política y la revelación no está mediada en el cristianismo por la ley, sino por la fe, que le cederá al César la potestad legislativa. Jesús sostuvo que su reino “no es de este mundo” y el cristianismo, sintiéndose de camino hacia el reino transmundano, creó un tipo original de socialización, la Iglesia, cuyos miembros, como dice Pablo (Gálatas 3,28) no son ni judíos ni griegos, ni libres ni esclavos, ni hombres ni mujeres. El Estado (politeuma) verdadero, insiste Pablo, está en el cielo (Filipienses 3,20) y los cristianos son extranjeros en la tierra (Hebreos 13,14; 11,14). A los judíos y musulmanes siempre les ha sorprendido que el Nuevo Testamento apenas contenga textos jurídicos. La única ley que impone Jesús (Juan 13, 34) es la de amar al prójimo como a uno mismo. Y este prójimo ya no es el miembro de mi comunidad, sino todo hombre, cualquier hombre, también el enemigo de mi comunidad. Además, frente al prójimo anónimo, el cristiano se siente iluminado por una conciencia que tiene más valor que la ley (Romanos 2, 14-15). Ni en el Islam ni en el judaísmo aparece nada semejante a esta conciencia, casi autárquica, que tiene acceso a la ley escrita, supuestamente, en el corazón.’ (Gregorio Luri, Erotismo y prudencia: biografía intelectual de Leo Strauss).

¿Y por qué la palabra erotismo en el título? Porque, ante todo, de lo que se trata es de saber la manera en la que al hombre le es dado inclinarse o tender o amar (eros) al saber como esencia de la filosofía, entendida en este caso, según dijera alguna vez Gustavo Bueno, como la forma que la consciencia adquiere históricamente en su contacto con la ciudad, es decir, con la polis, y su tragedia.  

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