Libros

Alessandro Baricco: una cierta idea de mundo

‘No lo sé, no es importante’. Esta es quizá la respuesta que mejor se ajusta –por lo menos en mi caso– al intento de explicar la fascinación que te produce la majestuosidad de una gran obra literaria en el momento en el que alguien te pregunta, para comprender tu fascinación, ‘¿y de qué trata?’. ‘No lo sé, o no sabría decirte con exactitud, son tantas cosas, pero en realidad no es importante’, es lo que yo muchas veces he dicho como respuesta de botepronto cuando me hacen precisamente esa pregunta tan evidente y simple, pero a la vez tan difícil de responder.

Puede que esto (la dificultad de responder con exactitud semejante pregunta) haya sido aquello por virtud de lo cual hubo de decir Platón (Ion o de la poesía) algo así como que los poetas no eran otra cosa que un grupo de inspirados incapaces de definir con precisión (la precisión geométrica de la filosofía a la que Platón, en efecto, estaba dando vida como canon de la racionalidad humana) lo que es la poesía.   

Semejante caso es el que ocurre con la otra pregunta clásica que te hace alguien al entrar a una biblioteca voluminosa, cuando te dice ‘¿y ya los leíste todos?’, siendo prácticamente un no rotundo la respuesta inmediata y definitiva, porque el ritmo de adquisición de tus libros aumenta con una aceleración que está en proporción geométrica por encima de tu velocidad de lectura, siendo así que el de las bibliotecas no es otra cosa que un universo intelectual en potencia, es decir, un proyecto con un potencial determinado de despliegue pero cuya realización en acto solamente puede tener lugar al correr de las generaciones, y que ningún individuo puntual, llámese Conde Duque de Olivares, Alfonso Reyes, Umberto Eco o José Luis Martínez, podrán jamás llevar a su realización absoluta (en el sentido de ‘leerlos todos’) por la simple razón de que no hay tiempo, ni habrá vida, para ello.         

Esta es la razón por la que a veces me cuesta tanto trabajo hablar de libros de literatura (cuando se trata de ensayo otra es la perspectiva), pues hay un momento determinado en el proceso de maduración de un gusto literario en el que, precisamente, aquello de lo que trata una novela determinada, es decir la trama, deja de serte importante, pues son otros los elementos, otros los factores que te mantienen pegado al libro en cuestión.

La cosa se hace más fácil, es cierto, cuando te encuentras con alguien que está –vamos a decir– en tu misma sintonía, y que a media frase entiende ya lo que le quieres decir cuando le dices, en efecto, ‘no sé, no sabría con exactitud, son tantas cosas’. Así recuerdo yo, por ejemplo, una conversación fantástica que tuve hace muchos años con mi querido amigo Federico Campbell, que me sorprendió una tarde de no sé cuándo en un café de la Roma para decirme, mientras se iba sentado en mi mesa, ‘¿tú eres Danton o Robespierre?’, para arrancar por ahí nuestra conversación sobre libros. Cuando tienes esas conversaciones puedes estar seguro de que tienes frente a ti a un amigo en el sentido de Platón, que definía la amistad como la dialéctica configuradora de relaciones humanas dadas en función del interés común por las ideas.

No lo sé, no es importante, es lo que en todo caso dice Alessandro Baricco en uno de sus magníficos textos que conforman Una cierta idea de mundo (Anagrama, 2020; Feltrinelli, 2013), cuando está explicando las razones por las que 2666 de Roberto Bolaño le parece ser uno de los 50 mejores libros que había leído en los últimos diez años en los momentos de aparición del suyo (2013 en italiano). Yo a Bolaño no lo he leído en realidad, pero eso no importa ahora. ‘Escribir sobre libros que te gustan es un modo de escribir sobre ti mismo, sobre el modo en que estás en el mundo’, dice en el prólogo. Efectivamente: un modo de estar en el mundo.

Ocurre que, habiéndose tenido que mudar de casa, dejó en la anterior toda su biblioteca para pasar a acumular, partiendo de cero, una nueva. Fue entonces que se puso como objetivo hablar de los 50 mejores libros de esa nueva etapa acumuladora, proponiéndose recopilar en un año la cifra en cuestión para darle luego forma impresa.

Siguiendo con su prólogo, al hablar de que su oficio tiene que ver sobre todo con la inteligencia y el gusto de la gente, dice entonces Baricco: ‘Si quieres saber lo que piensan del mundo, simplemente déjales hablar de lo que conocen y aman de verdad. Yo tengo dos o tres cosas que conozco a fondo y que amo con locura. Una de ellas son los libros. Un día se me ocurrió la idea de que si me ponía a hablar de ellos, de uno en uno, solo de los buenos, sin hacer nada más que eso, se me ocurrió que de ahí podía surgir una cierta idea de mundo’.

El resultado es un libro ciertamente extraordinario que he leído en muy poco tiempo en Kindle, lo que supone la precariedad –para los efectos de esto que estoy escribiendo– de que no he podido subrayar nada, y los subrayados son fundamentales para, una vez terminado el libro, volver a lo resaltado para reconstruirlo en perspectiva, verlo en bloque según lo destilado y redactar luego el comentario procedente.

Ahora bien. Vamos a decir que hay por lo general dos tipos de textos o ensayos sobre literatura (o ensayo literario): los que están escritos por novelistas, y los que están escritos por quienes no lo son. En los dos casos se pueden encontrar magníficos ejemplos: Mímesis de Auerbach, La novela histórica de Lukács, El canon occidental de Bloom o El deslinde de Alfonso Reyes son joyas del segundo tipo (acaso haya escrito Reyes algún texto novelístico o literario, pero la realidad es que ésa no era su área medular de escritura, que era más bien el ensayo); La imaginación literaria de Henry James, Verdad y mentiras en la literatura de Stephen Vizinczey, La literatura norteamericana y otros ensayos de Pavese o Los libros de los otros de Ítalo Calvino son joyas, también, del primer tipo.

El de Calvino es algo muy especial que merece un comentario aparte, y de algún modo da la clave principal que define el sentido de lo que estoy aquí queriendo decir a propósito del libro de Baricco. Y es que pasa que el de Calvino es un libro sui generis porque se trata de la correspondencia que durante cuarenta años, de 1947 a 1981, tuvo él en su calidad de lector especial de la editorial Einaudi con centenares de interlocutores cuyos manuscritos tuvieron que pasar por sus ojos como filtro principal para pasar, o no, a las imprentas de la prestigiadísima y legendaria casa editorial.

Es un libro ciertamente precioso, porque pareciera que estás escuchando la conversación entre dos carpinteros en torno de la mejor manera de hacer una mesa, pongamos por caso. No es la opinión de un coleccionista o la de un simple comprador de mesas, pero tampoco la de un historiador de la carpintería: es la de un carpintero que le explica a otro conjunto de carpinteros las razones por las cuales su mesa, para seguir con el ejemplo, entrará o no en el catálogo de la prestigiada tienda de distribución de mesas de alto diseño y refinamiento a la que metafóricamente fue enviado el modelo de referencia para su dictaminación.

Entonces Calvino, al ir explicando las razones en uno u otro sentido, te va mostrando cómo piensa un escritor y cómo es que vive su oficio; cómo concibe las estructuras temáticas dentro de las cuales se dibujan las trayectorias narrativas; cómo se elige un adjetivo mejor que otro, o de qué forma es más eficaz el ocultamiento de los rasgos de una situación para no hacer tan evidente la clave de tercer plano que está determinando lo que ocurre en el primero, o cuál es, en definitiva, la relación tan peculiar y compleja de entrelazamiento entre la forma y el contenido poético de un texto que termina convirtiendo en un misterio platónico el hecho de que, sin tenerte que importar de lo que trata (No lo sé, no es importante), hay novelas que sencillamente no puedes dejar de leer.  

Pues bien, el libro de Baricco que acabo de terminar es otra muestra magnífica y clara de lo que pasa cuando un carpintero experimentado, sigamos con la analogía, se pone a explicar a otros carpinteros, a los historiadores de la carpintería, a los coleccionistas de mesas antiguas o al simple comprador de una mesa qué es y para qué sirve en el mundo un carpintero, y por qué es necesario que exista la carpintería, dando por descontado que una mesa es algo que todos vamos a necesitar siempre, desde siempre y para siempre.

Una cierta idea de mundo es entonces otro libro sobre escritores y novelas escrito por otro escritor de novelas (y de ensayos, pero sobre todo de novelas). Y he de decir que, de los cincuenta libros comentados, me puse a buscar en internet o en Kindle mismo un aproximado de quince más o menos, porque una de las virtualidades de este libro de Baricco es que se pone a hablar no ya otra vez de los clásicos de siempre (Calvino tiene por ejemplo, también, de hecho, su ya también clásico Por qué leer a los clásicos, además del supremo de Kenneth Rexroth Cita con los clásicos), sino que hace una lista por demás arbitraria y sui generis, que se sale del formato habitual de los comentarios sobre los grandes de siempre: Joyce, Malraux, Hemingway, Borges, etc.

Y para muestra está simplemente el primero de la lista, que es André Agassi ni más ni menos. En efecto: Open. Memorias es el primer libro del que nos habla Alessandro Baricco, para decirte que se trata de algo en lo que quedas atrapado sin escapatoria nomás lo abres, y comienzas a ver a un Agassi que no deja de hablar ni por un momento, y cuya plasmación narrativa queda en manos de J.R. Moehringer (el primero de los nombres que jamás había yo escuchado). Cualquier pedante intelectualmente correcto podría quizá levantar la ceja con soberbia ante esta primera selección. ¿Las memorias de un tenista como uno de los mejores libros que alguien con cierto gusto literario puede leer? ¿Cómo poner a Agassi en una lista en donde alguien más podría poner a Dostoyevski o Joyce, o incluso Darwin (el último de la lista, por cierto)?

Pues sí, el primero de 50:

‘He leído multitud de relatos –dice entonces Baricco, enganchándote desde el principio con todo lo que está por decirte sobre los cuarenta y nueve restantes–, pero el de Agassi posee una belleza elemental y sintética que vale más de mil bordados literarios. Al final de su carrera, después de siglos ganando y perdiendo, después de haber vuelto a empezar de nuevo un par de veces y de mantenerse en la pista solo gracias a las inyecciones de cortisona, los periodistas empezaron a preguntar por qué no lo dejaba. Era una pregunta pertinente, pertinentemente formulada a alguien que siempre ha pensado: “Odio el tenis”. He aquí la respuesta de Agassi: “Así es como me gano la vida. Y además todavía me queda juego. No sé cuánto, pero algo me queda”. Tengo en mente decenas de preguntas a las que me encantaría poder responder con una exactitud tan salvaje como esa.’

Con ese tono tan característico: afable, sencillo, sin vanidad alguna, sin tecnicismo de ningún tipo, comienza entonces a compartirte comentarios con ese nivel de penetración tanto vivencial como narrativa, además de que, conforme vas avanzando, va llenando las páginas para ti con apreciaciones de una sutileza de lector voraz (Yo tengo dos o tres cosas que conozco a fondo y que amo con locura. Una de ellas son los libros) verdaderamente hermosas, en las que te vas reconociendo por completo muchas veces conmovido al encontrar por fin la expresión perfecta para explicar aquello que sólo intuías pero que no lograbas precisar en una definición, y entonces se sigue con los cuarenta y nueve libros restantes en un torrente extraordinario de horas y horas de lectura silenciosa.

Isaiah Berlin, Pierre Hadot, Per Olov Enquist, William Faulkner, Javier Cercas, Zweig, Christa Wolf, Donald Kagan, Fred Vargas, Lawrence Osborne, Lampedusa, Mary Beard, Malaparte, Bill Bryson, Hilary Mantel, Dickens, Jon Fosse, Agota Kristof, Bolaño (en efecto), Victoria de Grazia, Beppe Fenoglio, Charles Darwin (en efecto), son algunos de los autores que va desmenuzando con un ojo de lector/escritor verdaderamente genial, con la apoyatura de sutilezas que va desperdigando en cada uno de ellos para terminar entrelazando un telar reflexivo propio de un hombre maduro y de una sabiduría decantada a lo largo de décadas y décadas de trabajo intelectual en el más estoico de los sentidos, que es el sentido definido por el criterio fundamental de la ausencia total de vanidad como derivación de la universalidad filosófica de intereses.      

Como me ha sido imposible subrayar nada, sólo pude ir escribiendo algunas de esas sutilezas, que ahora solo puedo compartir así nomás con la torpeza añadida de que olvidé indicar, al transcribirlas, al autor o libro del que está hablando.

Aquí van en todo caso:    

‘Como si las cosas estuvieran destinadas a convertirse en frases.’

‘Es ese modo apacible y suave de encajar las piezas lo que importa. Es la irracional promesa, mantenida, de que para cada trozo de existencia hay otros que nacen para estar a su lado y hacerlo con una suavidad proporcional al esfuerzo que ha supuesto encontrarlo entre esa montaña que forma el todo.’

‘Un poeta, por su parte, seguro que hallaría una expresión bellísima para dar a la simplicidad rudimentaria de las cosas el talento sublime de su lenguaje.’

‘La caída del más grande de los vencedores.’

‘Las partidas entre los más potentes a veces son tan refinadas que llegan a ser absurdas: surrealistas carnicerías.’

‘Napoleón, que era de los más sobrios, se llevó, entre otras cosas, una pequeña biblioteca de viaje de unos tres mil volúmenes. Era un maniático del detalle, de modo que hizo que le imprimieran todo en un papel muy sutil y con márgenes estrechísimos. Y así fue como se convirtió en el dueño del mundo.’

‘Como bien sabía Napoleón, los ejércitos, sobre todo el suyo, son animales que viven de la lucha y se consumen con la espera; un ejército que no combate es un ejército que está perdiendo.’

‘Pero conozco uno de sus principios que siempre consideré genial por su simplicidad y es que no existen planes acertados o equivocados, ni reglas mejores que otras. Existen solo algunos que vencen y esos serán los que establezcan las reglas que otros, ingenuamente, adoptarán como reglas justas.’

‘Estaba condenadamente adelantado. Pero como todo buen profeta era también suntuosamente antiguo, con ese lenguaje suyo duro, arcaico, pétreo y vagamente dialectal. Hacía cine, pero un cine brumoso, campesino y escéptico. Relataba rápido, encuadraba como Dios, escribía diálogos dignos de un Hemingway, pero todo con una gramática espinosa, una voz arcaica y una música de salón de baile otoñal y lejana. Era el futuro y el pasado al mismo tiempo, era ciudad y campo, alba y ocaso. Algo que muy pocos consiguen.’

‘Ahora, a toro pasado, es más fácil reconocer lo que había de eterno en eso que Fenoglio narraba: el choque fatal entre el infinito de la imaginación –de las ganas, la esperanza, la juventud, el hambre– y la esterilidad del mundo real.’

‘Si alguna vez conseguimos hablar de nosotros mismos con ese tono (de Darwin en su autobiografía) y hacerlo con absoluta naturalidad, en ese momento estaremos salvados.’

Listo. Es lo que fui capaz de recopilar.

Ya sé que alguien me podría decir que así nomás, transcritas y puestas en el papel al azar y sin la referencia del libro o autor del que se está hablando, estas citas pueden tener tantos significados o sentidos como autores o libros o contextos pueda uno encontrar para insertarlos, y que muy bien podría darse el caso de que la frase número cinco que yo he puesto aquí pudo haber sido escrita en referencia a un libro sobre Hitler o de Pasolini o Faulkner, o sobre Kafka o sobre Alfonso Reyes o en sentido inverso. Lo mismo da.

La crítica sería justificada de todo punto. Pero acaso pueda servir esta selección tan arbitraria como desordenada para mostrar la forma en que puede uno darse cuenta de la idea de mundo a la que un carpintero puede llegar a lo largo de los años de hacer mesas, si se entra en su muy seguramente también arbitrario, y desordenado, y seguramente también modesto, aunque apasionado, taller: ‘No lo sé, o no sabría decirte con exactitud, son tantas cosas, pero en realidad no es importante.’

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