La brevedad de los días

La brevedad de los días XXVI ~ Balzac

Como ya es costumbre en mí no recuerdo cómo fue que comencé con Balzac. Ya sé que es uno de los grandes, de los clásicos de clásicos, de los obligados, y que era de los que Marx solía valorar mucho y a los que le tenía reservado algún momento de su vida para dedicarle a profundidad un ensayo crítico en condiciones.

Me parece recordar que lo primero que leí sobre él fue ese texto magistral y bello de Jaime Torres Bodet de 1959, Balzac, así nomás, editado en la colección de Breviarios del Fondo de Cultura Económica. Ahí, de la mano de ese esgrimista supremo de la sintaxis y del español que es Torres Bodet (no puede perderse nadie que se tenga un poco de cariño intelectual ni lo que hizo sobre Balzac ni lo que luego hizo sobre Tres inventores de realidad. Stendhal, Pérez Galdós y Dostoyevski) fue que entré en el universo balzaquiano para quedar fascinado por completo y por entero por su figura potente y absorbente y apasionada, resumidora de épocas a alta presión al modo de un Carlos Marx, precisamente.

Es obvio que será casi imposible poder hacer una valoración integral de su obra algún día (en el sentido de habérmela leído primero toda), pues su vastedad es sencillamente paralizante. Recuerdo tener de hecho, eso sí, dos versiones de su obra completa, una en edición un poco rara, Colección Málaga (México, 1950), a la que le falta un tomo de los 14 que son en total si no recuerdo mal. La otra versión es de la clásica de Aguilar, de no sé si tres mil páginas en total aproximadamente.

Luego recuerdo haber visto la mini serie sobre su vida, un poco antes de que Netflix lo invadiera todo, Honoré de Balzac. Una vida de pasión (1999), protagonizada por Gérard Depardieu, que también terminó por cautivarme de una manera total.

Después me leí casi de corrido la bella biografía que René Benjamin le dedicara, Balzac (Vida prodigiosa), editada por Santiago Rueda de Buenos Aires por ahí de la década de los 40 del siglo pasado. ‘Es una cosa melancólica –comienza por decirnos Benjamin– y que mueve a reflexión sobre la indigencia de las familias y la sociedad, que casi siempre pasen inadvertidas las horas matinales de un gran destino. Nadie está dispuesto para recibir al genio, que, como el amor, tiene que acudir a la violencia para imponerse. Los padres y los contemporáneos viven sin emoción al lado de una gloria que nace, y los espíritus insatisfechos sólo lo experimentarán luego, cuando mediten sobre la belleza perdida. [] Cierto que para presentir el gran hombre en el niño se necesita un don poético y además los humanos carecen de costumbre. ¿Por qué, entre tantas cosas ordinarias, van a distinguir sus ojos saciados las señales de lo divino? ¿Pueden ver algo más en el cielo radiante de un día de estío? Los corazones sensibles a los grandes son tan raros como aquellos que bajo los cotidianos beneficios del sol piensan con emoción en las rosas que se han de abrir.’

Este es el tono ciertamente épico en el que esta hermosa biografía te mantiene de principio a fin, para terminar por dibujar los perfiles y contornos de una figura que para mí ha venido a situarse como índice de la pasión humana en su contacto configurador con la historia, y que hubo de escribir con soberbia y penetración filosófica aquélla famosa afirmación categórica que dice “yo poseo el mundo porque lo comprendo”, para la consecución de lo cual fue entonces que hubo de darse a la tarea –a la que le entregó su vida consumida en desvelos y litros de café– de redactar algo así como una versión moderna de la obra de Dante, llamándola entonces, para los efectos, lo sabemos todos muy bien, La comedia humana, organizada en un plan sencillamente fascinante por sinfónico y ambicioso y total, catedralicio, que no puedo por menos que plasmar aquí tal como él lo explica en el ‘Prólogo del autor’ en los términos que siguen (la cita será larga, pero es lo mínimo que podemos hacer):

‘De aquí las divisiones tan naturales, ya conocidas, de mi obra en Escenas de la vida privada, de provincia, parisiense, política, militar, y del campo. En estos seis libros están clasificados todos los Estudios de costumbres que forman la historia general de la sociedad, la colección de todos sus hechos y hazañas, como hubiesen dicho nuestros antepasados. Estos seis libros responden por otra parte a ideas generales. Cada uno de ellos tiene su sentido, su significado, y formula una época de la vida humana. Repetiré aquí, aunque sucintamente, lo que escribió, después de haberse informado de mi plan, Félix Davin, joven talento arrebatado a las letras por una muerte prematura. Las Escenas de la vida privada representan la infancia, la adolescencia y sus faltas, como las Escenas de la vida de provincia representan la edad de las pasiones, de los cálculos, de los intereses y de la ambición. Después, las Escenas de la vida parisiense ofrecen el cuadro de los gustos, de los vicios y de todas las cosas desenfrenadas que excitan las costumbre peculiares de las capitales, en las que se encuentran a la vez el bien más extremado y el más extremado mal. Cada una de estas tres partes tiene su color local: París y las provincias, esta antítesis social, ha suministrado sus inmensos recursos. No sólo los hombres, sino también los acontecimientos principales de la vida, se formulan por tipos. Hay situaciones que se vuelven a presentar en todas las existencias; fases típicas, esta es una de las exactitudes que he buscado preferentemente. He procurado dar una idea de las diferentes comarcas de nuestro hermoso país. Mi obra tiene su geografía como tiene su genealogía y sus familias, sus lugares y sus cosas, sus personas y sus hechos; como tiene su heráldica, sus nobles y sus burgueses, sus artistas y sus campesinos, sus políticos y sus elegantes, su ejército, ¡todo su mundo, en una palabra!

Después de haber pintado en estos tres libros la vida social, quedaba por mostrar las existencias de excepción que resumen los intereses de varios o de todos, y que están en cierto modo fuera de la ley común: de aquí las Escenas de la vida política. Concluida y revisada esta vasta pintura de la sociedad, ¿no hacía falta presentarla en su estado de más violencia, saliéndose fuera de ella misma, bien fuese para defensa o para la conquista? De aquí las Escenas de la vida militar, la parte menos completa todavía en mi obra, pero para la cual le será reservado un lugar en la presente edición, a fin de que forme parte de ella cuando la tenga terminada. En fin, las Escenas de la vida del campo son en cierto modo el atardecer de esta larga jornada, si se me permite llamar así el drama social. En este libro se encuentran los caracteres más puros y la aplicación de los grandes principios de orden, de política y de moralidad.

Tal es el zócalo lleno de figuras, lleno de comedias y de tragedias sobre el cual se elevan los Estudios filosóficos, segunda parte de la obra, en la que se encuentra explicado el medio social de todos los efectos en la que los estragos del pensamiento se pintan sentimiento por sentimiento, y cuya primera obra, La piel de zapa, sirve de unión en cierto modo a los Estudios de costumbres con los Estudios filosóficos por medio del eslabón de una fantasía casi oriental en la cual la vida en sí misma está pintada en su lucha con el Deseo, principio de toda Pasión.

Por encima se encontrarán los Estudios analíticos, de los cuales no dirá nada, ya que de ellos no se ha publicado más que uno: la Fisiología del matrimonio.

De aquí a algún tiempo, he de dar otras obras de este género. Primero, la Patología de la vida social; después, la Anatomía de los cuerpos docentes, y la Monografía de la virtud.’

Hasta aquí la explicación que el propio Balzac hace de su plan sinfónico sobre lo que a su juicio debería de ser la comedia humana, al terminar la exposición del cual declara muy simpáticamente: ‘Yo deseo únicamente no verme atormentado por los hombres y por las cosas, como lo estoy desde que he emprendido esta espantosa labor’.

Creo que esto último resume de alguna manera la fascinación que Balzac ejerce sobre mí, y que hace que siempre vuelva a él (ya sean libros suyos o sobre él: tengo aquí mismo frente a mí, por ejemplo, Prometeo o la vida de Balzac, de André Maurois) en los momentos de cierta apatía o distracción o de decaimiento del ánimo, pues cada que tomo contacto con su universo me veo como imantado por una potencia creativa arrasadora y arrolladora, imbatible, que te pone de pie y te empuja hacia adelante, y te llena de vigor, vitalidad y coraje intelectual y apasionado, poniendo en acto la divisa que también Cervantes puso en el cuerpo de Don Quijote al mostrárnoslo ignorante de todo lo que lo rodeaba porque lo único que le importaba era la interpretación que del mundo, y de eso que lo rodeaba, le daban los libros (que terminaron quemándole el cerebro), y que Trotsky también puso en acto según cuenta en sus memorias cuando, al igual que Balzac según vengo de decir, afirmó categórico: ‘la naturaleza y los hombres no ocuparon nunca en mi espíritu un espacio tan grande como los libros y las ideas’.

Eran esos tipos (o ideas, diría Platón, al definirlas como forma, figura o aspecto) mediante cuya formulación se manifiestan en la historia tanto los caracteres humanos como los acontecimientos principales de la vida, aquello que uno y otro, Balzac, Trotsky o Cervantes, estaban persiguiendo al parecer, configurando para sí mismos una trayectoria solitaria que Antonio Gramsci definió a la perfección en la soledad de la cárcel cuando hubo de decirle a Tatiana Schucht –y ésta creo yo es la cuestión– que había que “hacer algo für ewig, para la eternidad”. ¿Acaso no parece haber sido precisamente la eternidad aquello que Balzac aspiró, en definitiva, a abarcar en su integridad toda?

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