GAP Andrés Molina Enríquez

Filosofía de la 4T

I

Aunque el título de este artículo pareciera claro y distinto, en realidad no lo es, porque todo depende de la definición que se haga de los términos en cuestión, es decir, de lo que se entienda por filosofía y lo que se entienda por cuarta transformación, suponiendo además que, en el caso de esta última –la 4T–, nos sea posible también conceptuarla de una manera unívoca y acabada, cosa que resulta ciertamente imposible al tratarse de algo que está en proceso, en marcha, siendo así que las referencias en las que se inspira (las tres transformaciones históricas previas: independencia, reforma y revolución) son conceptos historiográficos mediante los cuales se racionalizan, desde el presente, acontecimientos del pretérito ya acabados, que son vistos desde la distancia cronológica para dotarlos de sentido, que sólo así es posible entonces que se nos ofrezca como tal.

Pero además de este problema de metodología histórica en torno del concepto “cuarta transformación”, tenemos otro no menos peliagudo, a saber: el de las coordenadas filosóficas adoptadas para encarar la faena, porque filosofías hay muchas, y no todas dicen, o ven, o entienden lo mismo. Hay filosofía idealista, filosofía materialista, filosofía analítica, filosofía política liberal, filosofía política marxista, filosofía política realista, filosofías delirantes o, también, la llamada filosofía mexicana, que más bien tendría que llamarse filosofía en español hecha desde México; una filosofía que desde la llegada a tierras americanas de las órdenes religiosas durante el siglo XVI (principalmente franciscanos, dominicos y jesuitas) habría de incrustarnos en la tradición de la filosofía en sentido estricto, que es la que se inicia en el orbe greco-helenístico de la antigüedad clásica y que se desarrolla luego en la Edad Media cristiana para, trámite mediante de traducción de la obra aristotélica del árabe al latín y al castellano –y en general del pensamiento griego– en la Escuela de Traductores de Toledo, llegar a América con los distintos ropajes escolásticos según los autores fundamentales en cada caso: Occam, que traen los franciscanos, Santo Tomás, que traen los dominicos, y Suárez, que traen los jesuitas dentro de cuyas filas, siglos después, habrían de formarse figuras tan importantes para México como Miguel Hidalgo y José María Morelos, que fueron, no olvidemos esto, curas, teólogos y filósofos. 

II

El término “filosofía de” forma parte de lo que Gustavo Bueno llama filosofías especiales o “centradas”, es decir, sistematizaciones centradas alrededor de un tema específico (la música, la ciencia, el deporte, o la cuarta transformación), lo que supone un cierto grado de precariedad en cuanto a la unidad analítica que se pueda lograr, pues en ellas han de confluir diversidad de teorías (la filosofía de la guerra, por ejemplo, implica una filosofía del Estado, aunque la una no se reduce a la otra ni recíprocamente) que pueden no poderse coordinar con la consistencia deseable, lo que no significa que por ello carezcan de interés práctico, como es el caso de la filosofía, o más bien filosofías, de la cuarta transformación.

Además, hay que incluir una distinción adicional: una cosa es la “filosofía de” entendida en un sentido adjetivo o vulgarizado, como cuando se dice “la filosofía de mi empresa consta de una visión, una misión y unos valores x, y o z”, o cuando se dice “mi filosofía de vida es no tomarme nunca las cosas tan en serio”, en cuyos casos habría que hablar, más que de “filosofía de”, de estrategias o de principios de acción o de vida.

La otra opción es entender “filosofía de” en un sentido crítico, que consiste en la sistematización y clasificación (criticar significa clasificar) de las ideas involucradas en el tema de referencia, así como en el análisis tanto de su historia como del estatuto científico de las disciplinas que lo estudian en caso de que las haya: el debate en torno de si hay o no una “ciencia de la felicidad” es uno de los problemas centrales de lo que sería, por ejemplo, la Filosofía de la felicidad (que por lo demás, dicho sea de paso, es imposible que sea analizada desde algo que pueda llamarse “ciencia de”, como imposible es también considerar que hay, en sentido estricto o fuerte, una filosofía náhuatl o quechua o guaraní: lo que hay es, en todo caso, sabiduría náhuatl o quechua, expresada en forma de cosmovisiones poéticas o mitológicas, es decir, filosofía en sentido débil).

III

Ahora bien, partiendo del hecho de que no es tan sencillo tener una sola filosofía de la 4T según lo que hemos dicho, una forma preliminar de abordar o resolver la cuestión sería la de definir la diversidad de puntos de vista generales de carácter más bien ideológico-político, a fin de reconocer las perspectivas o sistemas de coordenadas desde las cuales se quiere interpretar globalmente al proceso en cuestión en cuanto a su propósito, su contenido programático y su sentido histórico, entendiendo de forma general que la cuarta transformación es el proceso histórico-político que, incubado desde luego desde hace décadas, se inicia con el triunfo en 2018 de Andrés Manuel López Obrador como el presidente más votado de la historia de México.

Filtrando las cosas por ahí, es posible entonces identificar tres puntos de vista o perspectivas globales, o filosóficas, desde las cuales se quiere interpretar e imprimir sentido histórico a la 4T: la perspectiva indigenista anti-eurocéntrica (dusselismo), la perspectiva nacional-popular y desarrollista (lopezobradorismo) y la perspectiva progresista-postmoderna (ecologismo radical, feminismo radical, relativismo cultural).

El indigenismo anti-eurocéntrico, cuyo principal exponente es Enrique Dussel, parte de una interpretación apocalíptica de la historia universal, que conceptúa como historia de la dominación europea que habría llegado a América para aplastar (o encubrir) a los pueblos originarios. Se trata de algo así como un tercermundismo resentido y colonizado derrotista, tremendista y depresivo en el que todo ha sido violencia, sufrimiento y dolor, y desde el que se ve a esa dominación originaria como la fuente de todos los males, el principal de los cuales es la dominación capitalista que a su vez sería expresión de la racionalidad moderna, detrás de la que estaría a su vez, también, trabajando la pulsión de dominación hetero-patriarcal. De esta trenza barroca de dominación multisecular y aplastante, generadora de víctimas, victimismo y derrotismo sombrío y deprimente, es de lo que tendrían que liberarse los pueblos americanos, para lo cual se propondrán filosofías de la liberación, pedagogías de la liberación y cuanta teoría ética de la liberación fuera necesario inventar.

El nacionalismo popular y desarrollista es el enfoque principal del presidente Andrés Manuel López Obrador, tal como se puede constatar en sus obras fundamentales como el Proyecto alternativo de nación, La mafia nos robó la presidencia o La gran tentación. El petróleo de México. Se trata de un enfoque enraizado en la realidad histórica nacional, a ras de suelo y tejido desde el sentido común del pueblo mexicano, que, como Morelos o Hidalgo lo fueron, es fundamentalmente católico (de ahí el simbolismo tan importante que tiene la divisa del presidente, recuperada de Ignacio Ramírez, desde la que dice a la nación: “yo me hinco donde se hinca el pueblo”). Desde este enfoque mucho más sereno y ajustado a la realidad es que busca el presidente no ya desmontar siglos de dominación eurocéntrica y hetero-patriarcal (¿cómo se hace eso?, ¿con qué se sustituye?, ¿y para qué?), sino más bien recuperar lo mejor de nuestra tradición histórica y de pensamiento nacional para moderar la indigencia y la opulencia (Morelos), postular como principios cívicos la firmeza, la austeridad, la dignidad y el valor supremo de la República (Juárez), luchar contra la tiranía y por la justicia y la libertad (los Flores Magón), defender como virtudes políticas la democracia, el sufragio efectivo y la no-reelección (Madero), enaltecer como virtudes nacionales la moralidad, el sentido común y la modesta racionalidad de las reformas básicas (Francisco J. Múgica), enarbolar como airones de combate al nacionalismo revolucionario y la soberanía del Estado (Cárdenas), sostener como pilares de estabilidad y dignidad al nacionalismo económico, el desarrollismo y la constitucionalidad (López Mateos) o promover las virtudes y valores clásicos que están disueltos, y colados durante siglos, en el cristianismo (Cartilla moral de Alfonso Reyes). Esta es la línea filosófico-política de Andrés Molina Enríquez en México, y de Jorge Abelardo Ramos y Manuel Ugarte en Argentina.

El progresismo posmoderno no es otra cosa que la socialdemocracia europea y americana de la actualidad (la agenda de Podemos en España o el Partido Demócrata en EEUU), enderezada desde una posición de humanismo individualista, cosmopolita y globalizador. Su momento de configuración es la caída de la Unión Soviética, que da paso a un desplazamiento de coordenadas de la izquierda occidental, que se mueve del socialismo soviético al multiculturalismo burgués y relativista codificado en la ideología del 68, y teorizado por la Escuela de Frankfurt, el posestructuralismo francés y la obra de Michel Foucault, que serán leídos como tótems de la resistencia y la deconstrucción en las facultades y centros de estudios “críticos” de las universidades europeas y norteamericanas. El feminismo radical (o de segunda generación, que es la que se centra en la cuestión sexual y reproductiva de la mujer, más que en la laboral o cívico-política), el animalismo, la decolonialidad, el veganismo, el ecologismo radical y el neozapatismo son banderas de este progresismo posmoderno, que propugnará por “otros mundos posibles” y utópicos que en realidad es muy difícil saber cómo se pueden llevar a vías de efecto, además de que nadie sabe si en realidad lo que está detrás de ese utopismo angelical y optimista es el caos y la regresión neo-anarquista, sobre la que muchos profesores críticos de universidades españolas o italianas o canadienses, o inglesas, suspiran cómodamente desde sus cátedras universitarias o sus “escuelas críticas del sur global anti-patriarcal” –que Harold Bloom tipificara como Escuela del resentimiento–, financiados por gobiernos anti-occidente (como el iraní) o fundaciones de vago propósito, y animados por una supuesta anti-globalización indignada, humanista, ecológica, planetaria, verde y morada y moralmente superior porque está contra toda forma de discriminación, detrás de la que late en todo caso, eso sí, y de manera por demás surrealista, una suerte de nostalgia de la barbarie.

IV

Estos tres puntos de vista deben ser tenidos como síntesis dialécticas, que recogen teorías y sistemas de coordenadas diversas decantadas durante décadas, y que desde luego abordan problemas concretos y evidentes (desigualdad económica, racial o de clase, miseria de grupos marginados, el problema ambiental, precariedad de la situación de la mujer), además de que se nos ofrecen no ya como bloques cerrados sino como estructuras dinámicas, con vasos comunicantes entre unos y otros y en contacto polémico o coordinado dependiendo de coyunturas, ciclos y etapas históricas.

La clave está en saber cuál de todos estos puntos de vista tiene la capacidad para explicar a los otros, y para proyectar con mayor consistencia y estabilidad una arquitectura de instituciones y un rumbo para el nuevo régimen político en construcción, además de que sea capaz también de trazar un horizonte de sentido histórico, en donde la mayor parte de los mexicanos puedan encajar sus trayectorias individuales y las de sus familias, participando de la ecuación de una cuarta transformación con autoridad intelectual y moral dentro de cuya coherencia y sentido común puedan, y sobre todo quieran, reconocerse.

A mi modo de ver, el único punto de vista que es capaz de cumplir con esta necesidad estratégica es el del lopezobradorismo, y aquí es por tanto, entonces, donde debe arraigar la cimentación fundamental, en definitiva, tal es nuestra tesis, de la filosofía de la cuarta transformación.   

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