Filosofía política

Dos Cartillas Morales. Enrique Dussel (II)

Pasamos ahora a analizar la segunda cartilla redactada como contrapropuesta al proyecto del presidente López Obrador. Se trata del libro Hacia una nueva cartilla ético política de Enrique Dussel, publicada en 2019 y puesta en circulación como alternativa al texto Alfonsino. Vale la pena tomar nota de que la distribución de ambas cartillas se da en el contexto general de la 4T.

Enrique Dussel (1934) es uno de los autores principales de lo que se conoce como filosofía de la liberación latinoamericana, corriente ideológica que emerge durante la sexta y séptima décadas del siglo pasado al calor de la Conferencia Episcopal de Medellín del 68 y el giro social y tercermundista de la Iglesia católica (teología de la liberación), que ajustaba su enfoque evangélico postconciliar a la problemática de la pobreza y desigualdad en Hispanoamérica, y que habría de sintonizarse con perspectivas como las de la pedagogía del oprimido y la teoría de la dependencia, con el añadido de una interpretación sui generis (teológica) del marxismo, la metafísica de Levinas, la literatura latinoamericana y, más adelante, la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt. Un verdadero totum revolutum codificado en una jerga académica entre pedante y estrafalaria, y sobre todo afectada de una sensibilidad indignada y de superioridad moral ciertamente notable, por no decir insoportable.

Al caer la Unión Soviética, el indigenismo cobraría fuerza como expresión americana del etnologismo, que ha cumplido la función disolvente de las naciones políticas al empujar desde dentro la fractura etnológica, que se ajusta funcionalmente a los intereses de las grandes multinacionales, de las grandes potencias y del protestantismo norteamericano (Escuela Lingüística de Verano), fragmentando la unidad nacional y la soberanía mediante la promoción del multiculturalismo relativista y resentido, y el pluralismo distributivo neo-nominalista y posmoderno en donde todo es discurso, no hay nada universal, todo es relativo y contextual y donde, en definitiva, todo es una construcción social “deconstruible” pero porque detrás está el prejuicio, la pulsión de poder o la pulsión de dominación eurocéntrica, colonizadora, hetero-patriarcal y violenta.

La obra de Dussel es entonces una expresión de esta mezcla ideológica sui generis y peligrosa, que con fraseología crítica y cautivadora para muchos por su tono radical e izquierdista, incrusta la historia americana en una arquitectura de dominación-opresión multisecular generadora de un sentimiento de desesperación tremendista y apocalíptico a lo Savonarola (una desesperación que por cierto sintoniza con el maximalismo ecologista radical), y productora de una metafísica del oprimido de consecuencias devastadoras, pues destila una mentalidad de víctima vencida (y de la victimización a la infantilización hay tan solo medio paso), desde los tiempos de la conquista hasta el presente, contra la cual plantea una verborrea esotérica, buenista (de buenos contra malos) y ética “decolonial”, “transmoderna”, “deconstruida”, “pachamámica” y de “liberación”.

Dussel se sale entonces de los quicios europeos (el helenismo y el cristianismo a cuyos contornos ajusta Reyes, con modestia, su Cartilla Moral según hemos visto) para recuperar las vertientes “originarias” de nuestra idiosincrasia civilizatoria, y poniendo primero entre paréntesis al occidente eurocéntrico, represor y violento –al modo en que Heidegger puso entre paréntesis al judeo-cristianismo para encontrar intacta la raza aria germánica de Tácito–, y mezclando después a Nezahualcóyotl con Walter Benjamin, pongamos por caso, reconstruye en trazos amplísimos, literalmente desquiciados, el proceso de configuración de nuestra sociedad actual.

En un primer capítulo, ‘México en la historia mundial situando la cuarta transformación’, recorre los procesos de grandes migraciones y poblamientos americanos desde Asia a nuestro continente, al que llegan por el estrecho de Bering para poblar América configurando tres grupos de culturas, que habría que suponer que vivían –según lo que se puede inferir de la perspectiva de Dussel– en el amor a la naturaleza, el canto y las flores; literalmente en un edén en el que, en armonía con el universo entero, ejercían una sublime ‘subjetividad comunitaria que es esencial para la sobrevivencia de la humanidad, de América Latina y en especial de México, ante la devastación ecológica que está produciendo el homo sapiens, en peligro de extinción por el ejercicio de una concepción moderna y consumista bajo la hegemonía de las estructuras de la economía neoliberal fundada en el crecimiento exclusivo del capital’ (p. 15).

Luego de este escenario tremendista y apocalíptico, en el que la humanidad entera está a dos pasos de la extinción por culpa del homo sapiens neoliberal, explica con infantilismo desquiciante la llegada de los voraces conquistadores europeos y españoles, como los malos genocidas que llegaron a exterminar a las culturas existentes para imponer una comprensión cósmica, antropológica y ética distinta y aplastarlo todo, configurando, al hacerlo, el sistema-mundo de la modernidad propiciadora del ‘capitalismo, la colonialidad, el individualismo egoísta competitivo, y el eurocentrismo que rige los destinos de América Latina y sus pueblos indígenas, impuesto por una élite blanca y patriarcalista que desde las ciudades ilustradas domina el territorio y las riquezas de los pueblos originarios’ (p.23), y que de este lado hubimos de padecer como dolientes y sufrientes y pasivas víctimas vencidas y dominadas por un orden cristiano colonial, dependiente y hetero-patriarcal.

Sobre este marco multisecular y aplastante en donde todo, absolutamente todo fue conquista, genocidio, dominación, sufrimiento y violencia machista contra los pueblos originarios, vendrían entonces las tres transformaciones (Independencia, Reforma y Revolución) como procesos de liberación parcial llamadas a desembocar, cual antesala preparatoria, en la 4T, cuya tarea primordial, a juicio de Dussel, es la de recuperar y reestablecer los saberes y la subjetividad comunitaria de los pueblos originarios para así salvar a la humanidad y lo que sea que nos quede del homo sapiens, que luego de la reconstrucción apocalíptica que nos hace de la historia del mal absoluto –es decir, el neoliberalismo eurocéntrico– al parecer es ya muy poco, y más valiera que venga mejor, de una buena vez, el juicio final y la destrucción total.

En un segundo capítulo, ‘Principios éticos de la política’, Dussel expone las claves dogmáticas de su sistema Ético, que él prefiere llamar de principios más que de deberes (otra vez la obsesión buenista e infantilista-Montessori por no querer imponer nada, ni de obligar a nada, cual es el caso de un “deber” que comporta una obligación) y que ofrece como cuadro explicativo de algo así como un esquema dialéctico en virtud del cual la exigencia del cumplimiento de un principio ético (los de Dussel son tres), ante un orden injusto o desigual, activa la transformación ética y crítica de la política, siempre que nos situemos, con sensibilidad benjaminiana, desde la perspectiva del oprimido y el vencido.

Los tres principios de Dussel son: el principio del contenido en relación con la vida (debe preservarse la vida, si el sistema injusto la niega, ahí está el problema y la indignación ética); el principio del consenso (las decisiones deben ser comunitarias, simétricas y participativas, si el sistema injusto excluye a alguien, ahí está el problema y la indignación ética); y el principio de la factibilidad (debemos operar lo que es posible hacer). Las tres transformaciones de México, y la cuarta en marcha, son luego explicadas en función de este esquema ético y ético-crítico de detonación.

En un tercer capítulo, ‘Las tres constelaciones de la política’, ofrece Dussel una suerte de teoría teológico-mesiánica de la política y lo político en función de la cual es posible comprender los momentos internos del despliegue del acontecer político como módulo de construcción de las sociedades históricas, en función de tres formas de poder que se corresponden con las tres constelaciones en cuestión: la constelación de la totalidad vigente, en donde el poder se presenta crudamente como dominación; la constelación de la ruptura mesiánica, en donde el poder se presenta como liberación; y la constelación del nuevo orden, en donde el poder se manifiesta como poder obediencial.

En el cuarto capítulo, ‘Transformación ética de las instituciones’, explica los tres tipos de instituciones vertebradoras de una sociedad (las de producción-abastecimiento; las normativo-legitimadoras y las de tributación-recaudación-administración), para concluir, en un quinto capítulo, ‘Transformaciones de la subjetividad ética de la política’, con una propuesta de virtudes éticas básicas conformadoras de la subjetividad comunitaria o “ethos” social ‘no cultivadas en la civilización moderna y neoliberal hegemónica’ (sic; p. 82): la justicia, la prudencia, la austeridad y la fortaleza (a la que asocia la valentía, la paciencia, la tenacidad y el heroísmo).

Las virtudes en cuestión estarían enderezadas para contrarrestar o corregir la ‘subjetividad deformada por la modernidad, eurocéntrica y hoy modelada por el american way of life, cuyo ideal de felicidad consiste en “estar en la riqueza”’ (p. 86); un ideal que, remata Dussel, sería despreciado por un Nezahualcóyotl al verlo asociado al terrible cáncer del consumismo individualista, egoísta y anti-comunitario que ha llevado al planeta entero a la antesala de la autodestrucción.

La consigna final de este libro, luego del triple salto mortal que nos lleva de las migraciones asiáticas hacia el oriente que hace 12 mil años vinieran a poblar “nuestra América” por el estrecho de Bering, hasta el consumismo neoliberal eurocéntrico y hetero-patriarcal de nuestros días, es un llamado a salvar, desde la sensibilidad y la sabiduría ancestral de los pueblos originarios, a la humanidad, a la madre tierra y de ser posible, por qué no, al Universo entero.

Es un libro desquiciado en el sentido dicho, algo así como un grito de Savonarola según hemos querido caracterizar en éste y nuestro artículo anterior cuando hablamos de la Cartilla Moral de Alfonso Reyes, que en este caso se nos ofrece animado por una serenidad más ática, clásica y florentina como pudo haberlo sido, precisamente, la de Maquiavelo, y que además de decirnos las cosas tan clara, sencilla y modestamente, nos sonríe.

Para nuestra tranquilidad, digámoslo una vez más, el presidente ha optado por esta última para los efectos de lograr el objetivo perseguido, que es el de rescatar las coordenadas del sentido común más decantado y madurado que, según ha querido la historia, nos ha sido dado tener en materia de virtud civil, política y moral.

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