Los días terrenales

¿Cómo que por qué está ganando la “ultraderecha”?

Pues por el hecho mismo de abusar del término de ultraderecha o que todo es una “campaña de la ultraderecha”, que se usa ahora para todo lo que no coincide con las posturas “progresistas” o “de izquierda”. ¿Campaña?, ¡obvio!, pues la política es una campaña constante en donde aplica la divisa de Napoleón para explicar la lógica constitutiva de un ejército, y que dice que ejército que no está en combate, ya está perdiendo.

Y es que a estas alturas yo ya no sé muy bien en qué pueden consistir esas posturas progresistas de izquierda de hoy más allá del Power Point de la Agenda 2030 y la defensa de los Derechos Humanos con perspectiva de género para todas y todos, además de que el debate, por maniqueo, reduccionista e intelectualmente muy poco exigente, me tiene asfixiado desde hace muchos años y yo calculo que a mucha gente también.

Las cosas han llegado a un grado de desquiciamiento tan superlativo como para que me haya tocado escuchar ya por ahí, no recuerdo dónde ni cuándo, que Xóchitl Gálvez, la vergonzosa e infantil excandidata presidencial panista de 2024, es de ultraderecha. ¿A quién diablos se le puede ocurrir atreverse a considerar a esa señora inculta, inofensiva ideológicamente de todo punto y sin sentido del ridículo como de ultraderecha, como si estuviéramos hablando del falangista español Onésimo Redondo o el partido Amanecer Dorado de Grecia, de inequívoca y explícita ideología neonazi? ¿Quién puede, madre mía, pensar que Gálvez disfrazada de botarga de dinosaurio en la tribuna del Senado de la República, digámoslo una vez más, es de ultraderecha?

Es obvio que ante afirmaciones tan estrafalarias y torpe y forzadamente maximalistas uno termina hartándose, y yo digo que tal vez ya nada más por fastidiar se vota cualquier otra cosa que no sea la de los grupos sectarios, maniqueos, “críticos” y moralmente superiores “de izquierda progresista ambientalista y propalestina con perspectiva de género”, no sé si me explico.

Sabemos bien que me estoy refiriendo al hecho de que la marea de elecciones en el hemisferio americano está arrojando, uno detrás de otro, triunfos de partidos conservadores o liberales. Primero fue, si no me equivoco, Ecuador con Daniel Noboa, y no sé si antes o un poco después El Salvador con Bukele, luego Argentina con Milei, y luego me parece que Colombia con De la Espriella, tras de lo cual vino Perú con Fujimori, y antes el golpe certero a Venezuela con el secuestro de Maduro aunque logrando mantenerse Delcy Rodríguez y el PSUV en la presidencia, y así más o menos por todos lados, con el remate inquietante de Brasil el pasado fin de semana en donde Lula tendrá que medirse con Bolsonaro Jr. en segunda vuelta y México, además, soportando la presión.

Se ha esgrimido la tesis de que hay intervencionismo o injerencia de Estados Unidos en la política del continente, y que la actual administración de Trump, con el secretario Marco Rubio a la cabeza, está forzando las cosas para ejecutar una alineación hemisférica proclive y favorable a la geopolítica norteamericana.

Creo que no es muy difícil dilucidar que algo así está ocurriendo, en efecto, pero sobre todo por el hecho –y aquí radica el verdadero drama– de que así ha ocurrido desde la independencia de Hispanoamérica, y que lo que en su momento fueron los Poinsett organizando logias masónicas a lo largo y ancho del continente durante el siglo XIX para instrumentalizarlas como variables internas de cada país en función de ecuaciones imperialistas norteamericanas o los Monroe haciendo doctrina para apuntalar la posición dominante (de fuerza) y hegemónica (de consenso ideológico) de Estados Unidos, son los distribuidores de armas de toda nuestra historia o las ONGs del onceavo infierno de hoy financiadas en su momento por la USAID para meterse por todos lados e imponer, con la colaboración de legiones de tontos útiles como los que en el INE hicieron la campaña del imbécil disfrazado de gatito promoviendo no sé qué concurso de ensayo trans, la ideología LGBT (en efecto) o la de la transparencia o la de los juicios orales o la de los Derechos Humanos para cambiar el Capítulo I de nuestra constitución y nombrarlo “De los Derechos Humanos y sus Garantías” y no ya “De las Garantías Individuales”, que es como se hubiera dejado, o son también la DEA y la CIA y los Camarena y los Berrellez y los Oliver North de hoy que operaban y han operado siempre para infiltrarse en, e instrumentalizar a, según se requiera, los cárteles de la droga de toda América Latina como retícula paramilitar activable para propósitos de orden geopolítico puro y duro, que es el que tiene que ver con la lucha a muerte por el control del espacio al margen y por encima del derecho.

Así que, partiendo de que la injerencia de Estados Unidos, abierta o encubierta, directa o indirecta, es una de las constantes geopolíticas más longevas y consistentes de nuestra historia, lo que debemos de entender es que la gente no es tonta, y muchas veces puede llegar a cansarse de una clase política, de un grupo gobernante o de una plataforma ideológica determinada, bien sea por errores o por corrupción tanto delictiva como no delictiva (que es la corrupción ideológica precisamente), y que lo que necesitan son propuestas y gobiernos que les procuren estabilidad, seguridad, sobre todo seguridad, trabajo, salud y educación para sus hijos, y un destino para sus familias, y no engendros vanguardistas o postmodernos críticos o decoloniales o mutilacionistas-trans de élites decadentes y aburridas que piensan que para ser de izquierda tienes que destruir a la familia, a las tradiciones o hacer del aborto, más que un derecho, un objetivo en la vida, sin haber leído una sola línea de Carlos Marx o de Lenin.

Lo que la gente de a pie necesita; lo que el pueblo común y trabajador necesita, en definitiva, es un poco de sentido común y un poco de patriotismo, y mientras más se alejen los políticos y los partidos de ese sentido común peor les irá con o sin campañas de la ultraderecha, con o sin intervención de Estados Unidos.

Publicación original de El Independiente