Libros

Apuntes sobre Emilio Renzi VI

En la entrada del 5 de julio de 1964, domingo, Ricardo Piglia anota en Los diarios de Emilio Renzi un magnífico apunte sobre Moby Dick de Melville, que para mí es una de las obras supremas de la historia universal entera de la literatura. El comentario me hizo recordar lo que yo mismo detecté en esa novela poderosa.

Me tardé mucho en leerla dicho sea de paso (fue en la edición clásica de Porrúa que compré en el FCE de la colonia Condesa), lo que se debe entre otras cosas al hecho de que comencé muy tardíamente con la lectura y el estudio como forma de estar en el mundo, porque eso es tal cual lo que ocurre conmigo: los libros, el estudio, mi biblioteca y las bibliotecas en general constituyen mi vida como tal, y de ahí se desprende todo lo demás, fundamentalmente la escritura y el trabajo, pues es a partir de lo primero como me ha sido posible abrirme paso laboralmente en la política y el sector público con un perfil su generis vinculado a los libros y las ideas.

Otros dirán tal vez que se trata de un perfil “de intelectual”, pero yo no soporto ese término y esa figura sociológica, y prefiero utilizar en todo caso el acuñado para los efectos en el contexto de la revolución cubana para referirse a casos como el mío en los términos de “trabajador aficionado”.

Pero esa afición apasionada por los libros, el estudio y las bibliotecas no se desarrolló de manera institucionalizada según el protocolo escolar. Jamás tuve el menor interés por los libros prácticamente en todo mi trayecto educativo más allá de lo obligatorio, en caso de lo cual merece mención especial la lectura que tuve que hacer en la preparatoria de la novela de Ibargüengoitia Dos crímenes. Fue la única que leí en toda mi formación escolar incluyendo la universidad, para que nos hagamos una idea. Hoy en día el número de libros comprados en una espacio de veinte años más o menos alcanza la cifra aproximada de 20 mil.

Dos crímenes me dejó ciertamente deslumbrado, fue la primera vez que conocí lo que es la sustantividad poética en estado puro, y dejó también una semilla sembrada que luego habría de germinar de una manera explosiva, que son esos 20 mil libros comprados y el hecho de que hoy mi vida se organiza alrededor de –o más bien es ella misma– un plan de lectura y estudio.

Lo cierto es en todo caso que esa afición por los libros fue desarrollada de manera cien por ciento autodidacta y con organicidad total, inmanente. Por eso me cuesta tanto trabajo saber qué decir cuando se me pide una sugerencia sobre el método más adecuado para promover la lectura en las escuelas. No sé qué decir porque no fue en la escuela donde yo encontré la pasión que me constituye, y lo único que se me ocurre decir a ese respecto es que yo no sé vivir de otra manera.

Cuando abrí Moby Dick en todo caso, en el café que está a unos pasos de la FCE Condesa, quedé sumido en mi asiento. ¿Cómo es posible –me dije a mí mismo más o menos– que haya tardado tanto en comenzar a leer esto? Melville es un escritor bíblico, sentencioso y grave, y basta con pasar tus ojos por el comienzo de la novela para darte cuenta de que estás ante un acontecimiento de la historia del arte, y que seguramente no vas a ser el mismo cuando la termines.

El significado de la novela es múltiple ciertamente. A la pregunta ¿qué es Moby Dick?, Carlos Fuentes responde esto: ‘Una gran aventura marina. Un gran reportaje sobre la industria ballenera. Un gran canto a la naturaleza, al trabajo y a la dignidad de los hombres. Una profecía inclinada sobre las inminencias de nuestro tiempo. Una exploración en profundidad de la textura espiritual y política de los Estados Unidos. Una narración dialéctica sobre las exigencias de la fraternidad, la inocencia y el orgullo. Una épica de la democracia y una teología de lo diabólico. Una gran obra simbólica de la condición humana.’ (Casa con dos puertas, 1970).

Esa sería un primer racimo de interpretaciones posibles. Otra sería aquel al que se puede llegar cuando la interpretas como la historia de la configuración de un líder, portador de una energía vital y de una pasión entendida en el sentido de Balzac, a saber, como la voluntad concentrada sobre un punto para transformarse en fuerza animal.

Además de una cantidad muy variada de cosas como las señaladas tan interesantemente por Fuentes, Moby Dick me pareció una extraordinaria forma de explicar la dialéctica del liderazgo con una serie de fases que se podrían sistematizar y clasificar para desarrollar un modelo adecuado, la primera de las cuales podría consistir en la definición y señalamiento de un objetivo a cumplir que para muchos podría parecer una locura u obsesión, pero que al  final termina arrastrándolos a todos de una manera efectivamente animal, etológica, con la potencia de la naturaleza.

La entrada de Piglia está hecha en ese sentido precisamente. La anota así nada más como el apunte de ese día y eso es todo. Se trata de lo siguiente:

‘El capitán Ahab no es un personaje (como Madame Bovary, por ejemplo), sino que es una fuerza verbal que no existe sin la ballena. Más que un individuo, es un compuesto de energías, que opaca a todos los demás protagonistas que giran a su alrededor, sin voluntad, atados a la obsesión de Ahab. El barco, los arpones, son también parte de su cuerpo. Sólo Ismael, que es quien narra la historia cuando ésta ya ha terminado, tiene vida propia.’ (p. 170)

Varias cosas a destacar. Primero la idea de fuerza verbal que utiliza con tanto tino Piglia para caracterizar precisamente lo que constituye de cuerpo entero a Moby Dick: es un prodigio de fuerza verbal y de orquestación sintáctica bella y electrizante, potencia pura y dura que te atrapa y te mantiene atado al libro. En segundo lugar la idea de nodo de centrifugación que constituye Ahab pero en relación dialéctica con la ballena como elementos constituyentes de una dualidad dinámica propiciadora del vigor del líder como función dependiente del objetivo a cumplir, que es matarla. En tercer lugar la idea de propagación de la voluntad de los hombres como proceso de trasvase de energía, que va de la ausencia de voluntad de quienes rodean a Ahab a la voluntad conscientemente asumida por virtud de hacer tuyo el objetivo.

Para Carlos Fuentes, ‘el mal de Ahab es la hybris griega, el orgullo excesivo que destruye la armonía entre el hombre y el mundo. Hybris, sinónimo de transgresión y de injusticia, era opuesto por los griegos a dyké, el espíritu de la justicia, y a sofrosine, la actitud espiritual consistente en no perder de vista los límites del hombre. Si hybris supone herir al semejante, supone también retar a los dioses. La voz de Darío en Los Persas de Esquilo bien podría servir de epígrafe a Moby Dick: ‘Pues al florecer hybris el fruto es la ceguera, cuya cosecha es rica en lágrimas… Zeus castiga con la venganza a la soberbia excesiva y exige cuentas estrictas’.