La brevedad de los días

La brevedad de los días XXVIII ~ Pynchon

Como ya es costumbre en mí, no recuerdo bien cómo fue que llegué a Pynchon. Tal vez haya sido leyendo a Harold Bloom, o no sé si en alguna conversación con mi amigo Oscar Martínez, que recuerdo muy bien eso sí lo mucho que me había recomendado a Don DeLillo.

Estamos hablando de gran literatura norteamericana contemporánea. DeLillo es del 36 y Pynchon del 37: digamos que son más o menos de la generación de la que formó parte Carlos Fuentes, que era del 28 pero que solía decir que su generación iba de él a los que nacieron en el 38 o 39, como por ejemplo José Emilio Pacheco. Rulfo es ya más viejo que ellos, pues nació en el 17, al igual que José Revueltas, que nació en 1914. Norman Mailer sería el que precede entonces, para seguir con los términos y las escalas generacionales, a DeLillo y Pynchon, pues nació en 1923.

Ahora bien, la fascinación que me produce la gran literatura norteamericana se debe por completo a Melville, pues Moby Dick es una de las pocas obras maestras universales que están en la categoría de aquéllas de las que ya no te recuperas nunca luego de haberlas leído; es decir, que son las que te cimbran y por tanto las que te cambian para siempre. He de decir incluso que la experiencia literaria de esa novela superó para mí a Crimen y castigo de Dostoyevski, y yo no sé si me atrevería de hecho a decir que a Guerra y paz de Tolstoi.

Hay un libro hermoso que explica muy bien las claves históricas, sociales y culturales que determinan contextualmente la experiencia literaria norteamericana del siglo XIX y principios del XX, que es El país más viejo del mundo: ensayo de interpretación de la experiencia norteamericana de Luis Guillermo Piazza: una edición vieja de Joaquín Mortiz que sólo en librerías de viejo se encuentra, y que de alguna manera recoge y resume la bella exposición que sobre el tema hiciera Francis Otto Matthiessen en American Renaissance: Art and Expression in the Age of Emerson and Whitman. He de hablar después con detalle y a profundidad de todo esto.

Hay algo que sí recuerdo con claridad en cuanto a Pynchon: la prosa desbordante; el deleite que me produce la prosa desbordante de su obra, que por lo general está conformada por piezas monumentales (Mason y Dixon, Contraluz, Arco iris de gravedad); monumentales y joyceanas vamos a decir, en el sentido de que son páginas y páginas de prodigiosa orquestación verbal mediante la que se configuran universos formales que se sobreponen al ejercicio de la lectura para fijar una sustantividad poética que te amarra al libro en codeterminación estética generadora de una forma concreta de estar y de plantarte en el mundo, o de una forma de la elegancia histórica, que es la elegancia intelectual.

Son universos formales, en efecto, pero conformados por elementos materiales procedentes de la historia contemporánea refractada como una suerte de metaficción historiográfica configurada desde las coordenadas únicas y excepcionales y extraordinarias –sería injusto no decirlo– de la experiencia histórica norteamericana, que en cosa de poco menos de ciento cincuenta años pasó a convertirse en una de las potencias más colosales de la historia universal, generadora de una cultura de masas no menos extraordinaria y de gran capacidad expansiva y de difusión, y que la gran literatura, ya sea la de Melville o la de Whitman, ya sea la de Fitzgerald o Hemingway o Mailer o Pynchon o Foster Wallace, traduce para nosotros mediante los recursos de la prosa para dar vida a formas épicas mediante las cuales nos es posible cifrar poéticamente la marcha de nuestro humilde paso por nuestra contemporaneidad:

¿Había servido de algo que el reverendo hubiera intentado seguir el consejo de Epicteto, el de tener presente cada día la muerte, el exilio y los contratiempos, considerándolos una condición de su contrato espiritual con el mundo en su actual configuración? Cuando se aproximó, centelleando, la vela francesa, y la muerte –nunca del todo invisible– se impuso sobre el runrún a proa y popa, sin que hubiera ningún lugar totalmente seguro y sólo el mar, en absoluto servicial, como medio de huida, entre los chillidos de soprano que lanzaban los muchachos encargados de acarrear la pólvora, envueltos en el olor de la madera chamuscada y en el hálito de fuego que exhalaban las bocas de los cañones…, ¿en qué medida, se preguntaba ahora, sus oraciones cotidianas habían sido finalmente útiles en medio del caos que reinaba en el bien aparejado Seahorse?‘ (Mason y Dixon).

La historia, la filosofía y la economía absorbidas por la técnica y la industria arrasadora como elementos constitutivos del torrente cultural de exclusiva factura norteamericana; de aquéllos titanes venideros de los que hablaba Jünger y que hoy se resumen en los Estados Unidos como metáfora del mundo contemporáneo (el país más viejo del mundo, efectivamente) encuentran en Pynchon una forma de plasmación extraordinaria y centrífuga y oceánica en cuanto a sus alcances descriptivos y a su capacidad de fabulación y de tejido ficcional, en estructuras literarias que todavía tienen mucho que decirnos como medio poético para hacer inteligible nuestro paso por el mundo como sociedades históricas de hechura judeo-cristiana, greco-helenística y romana, una de cuyas principales manifestaciones contemporáneas, en este caso en su modulación anglosajona, es la de la los Estados Unidos de América. En su modulación hispánico-americana México es, sin duda alguna, la principal expresión universal.

Acaso sea poco el tiempo que nos quede, eso sí, para poder seguir reconociéndonos con coherencia y vigencia histórica en el mundo que en una obra como la de Pynchon se nos ofrece, pues es muy seguro que ahora vaya a ser China la fuente cultural, económica y geopolítica de la cual, ésta es la cuestión, habrán de desprenderse los trazos principales de la nueva metáfora de nuestro tiempo y de las configuraciones fundamentales de una nueva época.

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