Los días terrenales

Bien por Lula, pero…

El “pero” es el problema, porque supone, como siempre, que no todo puede ser perfecto, cosa que a estas alturas de la vida sabemos de sobra.

Desde siempre Luiz Inacio Lula Da Silva ha contado con mi simpatía, y no nada más eso, que es una cuestión psicológica y subjetiva, sino que tanto él como el proyecto del Partido de los Trabajadores han contado también con mi alineamiento ideológico político, pero sobre todo por su origen sindical y obrero vinculado a la industria metalúrgica. Ahí es donde encontré yo un punto de apoyo firme y claro en el terreno de la economía política y la dialéctica de la producción en el sector secundario de la transformación industrial, lo que supone una implantación de la acción política en la capa basal del estado brasileño que me pareció fundamental desde una perspectiva materialista.

Otra cosa muy distinta ocurre -y ha ocurrido- con la teología de la liberación de la que soy crítico radical, sobre todo en su perniciosa y enfermiza deriva dusseliana, y que es central, ésta es la cuestión, a los orígenes doctrinarios del PT brasileño así como ocurre también, en general, con el progresismo woke (feminismo, ambientalismo, victimismo racial, animalismo, mutilacionismo trans, “muerte del hombre” como estación final de la “muerte de Dios”) en el que, como ha ocurrido con el resto de las plataformas de la “izquierda progresista” no marxista, nihilista y postmoderna del continente me temo y lamento en el alma que ha desembocado también el petismo brasileño.

Se ha dicho que ganó la izquierda lulista a la ultraderecha bolsonarista, de acuerdo, aunque que quede en actas que eso de la “ultraderecha” yo ya no sé muy bien qué pueda significar porque se usa para cualquier cosa aunque, en todo caso, la cuestión medular es saber de qué izquierda estamos hablando en realidad.

Y aquí es donde, para mí, está el problema, el pero de los peros, que se manifestó concretamente en dos acontecimientos muy puntuales conectados el uno con el otro como expresiones de una madeja siniestra y preocupante, con todos los respetos para mi admirado Lula.

La primera es la celebración que el hijo de Goerge Soros, Alexander, actual presidente de la Open Society, publicó en X cuando se supo el resultado. ‘¡Lula, Lula, Lula!. ¡Felicidades a Brasil por levantarse una vez más contra el autoritarismo!’, dice su mensaje. ‘Sí // Pero’, le replicó Pablo del Valle, a quien no conozco personalmente pero sigo desde hace algún tiempo por lo certero de algunos de sus análisis.

Y él es precisamente el que da en el clavo en otro post, donde dice esto: ‘Bolsonaro vs. Lula no es Sionismo o Soros. El modelo Soros destruye la cultura y tejido de un pueblo, cancela su historia y sentido común y secuestra su constitución. Sirve al Globalismo. Bolsonaro es ir directo por dinero, sin modelo moral. Sirve al Complejo Militar y Tech gringo.’ 

En su libro La agenda de Soros (2023), Rachel Ehrenfeld dice esto: ‘Aunque Soros no fue el principal fundador de los clanes neo-marxistas, progresistas, radicales, globalistas, racistas, anti-mujeres, anti-niños, anti-familia, anti-cristianos, antisemitas y fanáticos del cambio climático, sí que sirvió como su principal agitador y usó su OSF (Open Society Foundation) como el principal intermediario para fondearlos’ (revisado en versión Kindle). ¿Nos suenan todas estas coordenadas y banderas?

Esto nos lleva al otro acontecimiento en cuestión, conectado con toda esta tiránica basura ideológica de la sociedad abierta que tan bien ha diagnosticado Michel Houellebecq en Las partículas elementales y en cuya trampa ha caído el “progresismo occidental” para solo tener ahora banderas de lucha, resistencia o disidencia cultural victimistas y moralmente superiores, y es la nota/foto inmediata luego del triunfo de Lula en la que se anuncia que el diputado transexual Duda Salabert ha solicitado la confiscación del pasaporte de Flávio Bolsonaro tras su derrota en la segunda vuelta electoral.

Me importa muy poco la vida íntima de Duda Salabert, pero la verdad es que me tiene fastidiado el enfermizo afán del progresismo nihilista woke por hacer de la sexualidad y el exhibicionismo el centro de la discusión política cuando en lo que estábamos, o por lo menos yo, era en lo del control de la capa basal y la dialéctica de las formas de producción históricas para construir, a partir de ahí, potencia estatal, llegar a un umbral de poder nacional y movernos con firmeza en la jungla de la geopolítica mundial.

Pero ocurre que, entre los objetivos de Soros y compañía, recordemos, está el de destruir la cultura y el tejido de los pueblos, cancelar nuestra historia y, atención aquí (subrayen esto por favor), nuestro sentido común para poner a las sociedades, y sobre todo a los adolescentes y jóvenes en fase de consolidación de su carácter y su personalidad –y aquí está lo siniestro y enfermizo de todo–, a dudar de su identidad y de su sexualidad para convertirse, con el tiránico forzamiento de “la narrativa” y el adoctrinamiento previo en los correspondientes sistemas educativos, en Dudas Salabert.

¿Qué tiene que ver todo esto con la izquierda marxista en la que he supuesto siempre que se formó Lula Da Silva y que yo sigo defendiendo? Respuesta: nada, no tiene nada que ver, porque ya nadie tiene esa formación; ahora la formación es la papilla infantilizadora de los Derechos Humanos para evaluar cualquier cosa, y resulta que defender a cualquier minoría, por más estrafalaria que sea o a las flores o las tribus amazónicas en estado de semi barbarie, ya te hace una persona “de izquierda”.

Ya he escrito en otro momento, el 2 de noviembre de 2022 para ser exacto cuando Lula le ganó a Jair Bolsonaro, que

‘A mi modo de ver, al interior de Brasil tuvo (tiene) lugar una disputa entre una opción nacional populista y social, que es Lula, y una opción de capitalismo conservador anti-progresista (aquí está la clave), que es Bolsonaro. Globalmente, Brasil es escenario de una expresión latinoamericana, en efecto, del progresismo humanista blando, multicultural y transexual (recuerden: ésta es la clave), que está con Lula, y una reacción a esto. La “izquierda” divagante (los hipsters bohemios), extravagante (las ONG financiadas por Soros) y fundamentalista (la academia postmoderna) no se dan cuenta de esto. Personalmente yo estoy con Lula, me parece alguien admirable, pero no por progresista sino por lo que tiene de obrero y de nacional popular. El peligro es el progresismo, que es una ideología hippy, burguesa, relativista y postmoderna, y ésta es la ideología culpable de generar una reacción tan estrafalaria y deleznable, no lo niego, como la de Bolsonaro. Menos mal ganó Lula, pero que por favor no se haga progre, y se mantenga en la línea obrera, de los trabajadores y nacional-popular, y que siga produciendo aviones y, por qué no, cohetes espaciales, como en su momento hicieron los soviéticos.’          

Sigo pensando lo mismo. Bien por Lula, sí, el gran Lula, pero…