Los días terrenales

Disturbios en Francia: lucha de clases y lucha de civilizaciones

Así como ocurrió en su momento con las escenas procedentes de Ceuta cuando la invasión marroquí a ese territorio español en la punta norte de África, ha ocurrido también ahora, hace apenas unos días, con las imágenes procedentes de Francia.

En resumidas cuentas: vandalización de calles, negocios y plazas, y enfrentamientos con la policía sin armas de fuego en esquemas bastante clásicos: primero una vanguardia con fuerza de choque y perfectamente consciente y organizada (habría que saber la procedencia del dinero que financia estos grupos, porque ya sabemos, como dijo Lenin muy bien, que en política el espontaneísmo es un imposible ontológico y ya vimos que ha salido por ahí el nombre de Neville Roy Singham, lo que nos conecta con la ideología del tricontinentalismo) tras de la cual vienen luego grupos lumpen procedentes de los guetos de las respectivas periferias –de París, de Lyon o de Marsella– que desde hace décadas se han convertido en células sociales de altísima radioactividad en función de la explosiva mezcla de marginalidad y exclusión, narcotráfico y crimen organizado, inmigración islámica y por tanto islamismo político radicalizado (Hermandad Musulmana, yihadismo, etc.), falta de oportunidades de desarrollo y precariedad de todo tipo, temas a los que se han dedicado infinidad de películas francesas muy buenas como Athena (Romain Gavras, 2022) así como documentales disponibles en todo tipo de plataformas (búsquense en YouTube documentales sobre “mafias en Francia” y podrán dedicarle fines de semana enteros a ver horas y horas de información al respecto, y lo mismo si en vez de Francia ponen Alemania o Grecia o Suecia).

La clave de acontecimientos como estos es la ausencia de plan político y de racionalidad estratégica, no hay un telos estatal: es el nihilismo sin fin del que hablaba Perón para caracterizar el mayo del 68 francés –origen de una de las variantes del cáncer ideológico del decadentismo progre-woke de hoy en día; la otra variante, tanto o más peligrosa todavía, es la teoría decolonial antioccidental de Enrique Dussel y discípulos– muy distinto del marxismo-leninismo, que es una racionalidad política para tomar el poder del Estado. 

Donald Trump se equivocó al decir de inmediato que lo que debería de hacer Francia es cerrar las fronteras, cosa improcedente de todo punto porque digamos que ya están adentro: los que participaron en los disturbios ya son de hecho franceses aunque de procedencia africana e islámica, afincados por lo menos desde dos generaciones atrás.

Así que el problema no es de la inmigración ilegal, que en Francia (de 70 millones de habitantes aproximadamente) no es significativa, sino de una dinámica de antagonismo social, económica y civilizatorio (religioso) de dimensiones ya estructurales y de muy difícil solución. Thomas Picketty dijo hace años que Francia era el laboratorio de lo que le esperaba al resto de occidente. Lo sigue siendo y el escenario no es alentador.

Hay dos tipos de interpretación de lo que ocurre, una de tipo sociológico y otra de tipo geopolítico. La interpretación sociológica es la que solamente ve causas sociales y económicas detrás de las protestas (en Francia o, en realidad, en donde sea), lo que hace natural que quienes se consideran “de izquierda” o “progresistas” asuman estas coordenadas de análisis, que es el caso elocuentísimo, por ejemplo, de quienes se volcaron en entusiasmo por la candidatura de Mamdani para la alcaldía de Nueva York, en quien lo único que son capaces de ver es a un político con propuestas para atender los problemas de asequibilidad (la ya famosa palabra “affordability”) de los neoyorkinos, asociada a la precariedad de salarios, la carestía de la vivienda y los servicios, ante lo que Mamdani o de quien se trate a los efectos (Pedro Sánchez es otro ejemplo notable) hace propuestas de planes de vivienda, programas sociales de todo tipo y, en general, políticas públicas de carácter asistencialista o social.

Eso es lo que ocurre con quienes ven en las protestas de Francia un problema de desigualdad social, explotación económica, falta de oportunidades y mala o nula educación y precariedad generalizada. Nadie niega que tales problemas existan, desde luego, el problema es que ese no es el verdadero problema (jugando un poco con las palabras), que solo se puede ver desde el segundo enfoque, el geopolítico.

Porque lo que está pasando geopolíticamente es que como fondo de esa lucha de clases, que nadie niega, está teniendo lugar una lucha civilizatoria de carácter fundamentalmente religioso, de suerte tal que a la dialéctica de la precariedad y la explotación se sobrepone la dialéctica que está enfrentando al judaísmo y al cristianismo, es decir a occidente, con el islam, que al traducirse demográficamente está arrojando un escenario sumamente alarmante porque la carrera, en Europa, la están ganando ellos, además de que, al margen de la lucha de clases, lo que ya es universal en todo occidente es la “culpa de civilización” (occidente como fuente de todos los males del mundo y de la historia), por eso es tan nefasto y peligroso el veneno antioccidental del aberrante y resentido engendro ideológico que fue Enrique Dussel.

Esta es la razón por la cual, en todo caso, en medio de los disturbios y saqueos a las tiendas de Louis Vuitton que tanta repugnancia me pueden producir así como las de Rolex o las de Prada –sin que esto suponga desde luego que crea que lo que hay que hacer es vandalizarlas o saquearlas; lo único que hay que hacer es ignorarlas (que quede en actas que lo dije)–, ondeaban las banderas palestinas. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? ¿Qué tiene que ver la destrucción de una tienda de Louis Vuitton con Palestina y el odio a Israel y el enfermizo antisemitismo woke-progresista-dusseliano?

A esta luz, la bobería del progresismo sociológico como la de los “Queers for Palestine” entusiasmado con alguien como Mamdani por sus programas de asistencia social o sus planes de vivienda ha terminado por ser instrumental a una dialéctica mucho más siniestra, que tiene que ver con el hecho de que él es musulmán y ha llegado a la alcaldía de la ciudad emblema del enfrentamiento del islam contra todo occidente en su conjunto.

Fíjense en la implacabilidad del plan. En 2001 se derriban las torres gemelas del WTC con aviones pilotados por musulmanes radicales dispuestos a inmolarse con tal de vencer a Estados Unidos en tanto que vanguardia de Occidente. Un cuarto de siglo después llega a la alcaldía de Nueva York un musulmán coordinado muy seguramente con la Hermandad Musulmana o algo por el estilo.

Lo dijo Christopher Hitchens en su momento, y yo ya lo he recordado aquí también: resistamos mientras podamos, el tiempo corre y occidente está perdiendo la batalla mientras los tontos útiles de la internacional progre están fastidiando un día sí y otro también con la milonga cansona de que todo es “una campaña de la ultra-derecha” y de que, por lo de la “culpa de civilización” que les digo, la cuna de todos los males del mundo, en efecto, es occidente y particularmente Europa, y al ser Francia una de las vanguardias históricas del Europa no es muy difícil sacar las conclusiones.

Publicación original de El Independiente