En otras ocasiones he utilizado una distinción política que me parece muy esclarecedora de Dalmacio Negro, desarrollada en su libro La ley de hierro de la oligarquía (Encuentro, Madrid, 2015), que es aquella a través de la que distingue la forma de régimen de la forma de gobierno de una sociedad política determinada.
En la forma de gobierno entran en juego las fuerzas políticas visibles y dinámicas de una sociedad, en la forma de régimen lo hacen las invisibles y estáticas. La dinámica política se determina entonces en función de lo que todos vemos y escuchamos: políticos, congresistas, partidos, gobernantes, jueces, consignas, discursos; todo lo que se ve en los medios de comunicación, en los mítines o en las tribunas forma parte, de manera general, de la forma de gobierno de la sociedad de referencia.
Son las caras de los gobernantes y los representantes que cambian cada tres, cuatro o seis años según se trate; y las siglas de los partidos que a veces duran décadas, a veces sexenios, a veces unos cuantos años pero que todos reconocemos y que tienen un aval institucional público y visible. Hoy en día todo eso está sujeto a la lógica de las encuestas de opinión, a través de las cuales son procesadas las trayectorias, las ambiciones y la personalidad individual de la clase política en su conjunto, de toda clase política en el mundo entero.
La estática política es lo que no vemos pero que siempre está y estará ahí, y que muchas veces no es legal aunque que sea legítima, entendiendo la legitimidad como la configuración de un consenso extralegal o alegal, precisamente, que es más bien histórico, social, cultural o carismático, que mantiene un sistema de lealtad que anuda a grupos sociales y a familias determinadas en función de esquemas de intereses de tipo económico, tradicional, moral o patriarcal.
La estática política supone entonces la presencia en la obscuridad de fuerzas vivas y reales, efectivas, que no se ven pero se sienten y que son activas todo el tiempo. Nadie las elige y si cambian lo hacen por su propia organicidad interna, por su propia cosa, o su “cosa nostra”.
En Estados Unidos se ha puesto de moda el concepto de Deep State, pues algo así más o menos. Y en todos lados están las mafias: en Estados Unidos, en México, en Albania, en Brasil, en Venezuela, en Alemania, en Turquía, en España, en Rusia, en Bélgica y no se diga Italia, en Bulgaria, en Francia, en Sudáfrica, en Canadá, en Australia, en Suecia, en Finlandia, en China, en Angola, en Argentina, en Perú, en Nigeria o en Japón. Búsquense videos en YouTube sobre las “mafias en…”, poniendo el país que quieran escogido al azar, y se llevarán una aleccionadora sorpresa porque la lista y el algoritmo los atiborrará hasta la náusea de documentales y series y podcasts al respecto.
La clave del asunto radica entonces en el hecho de que, desde esta perspectiva, todo Estado –el que sea, en cualquier parte del mundo y prácticamente en todo momento de la historia: tal sería la tesis que yo estoy dispuesto a defender– es el resultado de una trabazón entre una forma de gobierno y una forma de régimen, de suerte tal que no hay gobierno que pueda darse al margen de un régimen, y todo régimen desborda siempre a cualquier gobierno. Las revoluciones políticas verdaderas se dan cuando un régimen sufre una ruptura drástica por virtud de la fuerza a la que un gobierno lo somete. La resistencia que se opone determina el grado de violencia y radicalidad de la revolución en cuestión.
Por eso es tan implacable la mentira política del actual gobierno de Estados Unidos –aunque esa ha sido su actitud desde que tengo registro y memoria– cuando quiere señalar y condenar a estados o a gobiernos por sus “vínculos con el crimen organizado, los cárteles o las mafias”, porque ya digo que no hay Estado en el que el gobierno (las fuerzas visibles) esté exento de articulaciones o infiltraciones con, o respecto de, un régimen determinado (las fuerzas invisibles).
Si Togliatti decía que todo Estado es una dictadura acorazada de hegemonía, nosotros podríamos decir tal vez que todo Estado es un régimen determinando (controlando, dirigiendo) a un gobierno.
Hace unas semanas encontré el libro que complementa de manera magnífica la tesis de Dalmacio Negro, y que nunca se me había ocurrido. Se llama Las 50 leyes del poder en El Padrino, del sociólogo y escritor chileno Alberto Mayol (Arpa, Barcelona, 2023).
El planteamiento es muy sugerente, y cristalino desde una perspectiva gráfica o visual: si El Príncipe de Maquiavelo desveló las leyes del poder en el Renacimiento, caracterizando las leyes de la política que “se aplican, mas no se dicen”, según la aguda interpretación de Gramsci, El Padrino hizo lo propio para con nuestro tiempo, nos dice Mayol. Y no sólo eso, sino que el segundo es la continuación del primero “por otros medios”.
Puede que el uno sea la continuación del otro, de acuerdo. Es una manera de ver la cosas y es la que Mayol nos propone. Pero para mí lo que ocurre es que en realidad uno de los libros, el de Maquiavelo, está pensado desde la perspectiva de la forma de gobierno, de lo visible, de lo que todos ven, mientras que el otro, el de Puzo/Coppola, está pensado desde la perspectiva de la forma de régimen, de la obscuridad, de las fuerzas invisibles y del motor inmóvil aristotélico (Vito Corleone), que se siente en todas partes pero que se ve poco.
La lección es bastante dura, y puede que no guste a muchos. Por eso la política no es cosa fácil ni un juego de niños, porque si todo Estado es un régimen determinando un gobierno según hemos dicho ya, acaso podemos decir entonces también, esta es la cuestión, que no hay príncipe sin padrino.
En otras ocasiones he utilizado una distinción política que me parece muy esclarecedora de Dalmacio Negro, desarrollada en su libro La ley de hierro de la oligarquía (Encuentro, Madrid, 2015), que es aquella a través de la que distingue la forma de régimen de la forma de gobierno de una sociedad política determinada.
En la forma de gobierno entran en juego las fuerzas políticas visibles y dinámicas de una sociedad, en la forma de régimen lo hacen las invisibles y estáticas. La dinámica política se determina entonces en función de lo que todos vemos y escuchamos: políticos, congresistas, partidos, gobernantes, jueces, consignas, discursos; todo lo que se ve en los medios de comunicación, en los mítines o en las tribunas forma parte, de manera general, de la forma de gobierno de la sociedad de referencia.
Son las caras de los gobernantes y los representantes que cambian cada tres, cuatro o seis años según se trate; y las siglas de los partidos que a veces duran décadas, a veces sexenios, a veces unos cuantos años pero que todos reconocemos y que tienen un aval institucional público y visible. Hoy en día todo eso está sujeto a la lógica de las encuestas de opinión, a través de las cuales son procesadas las trayectorias, las ambiciones y la personalidad individual de la clase política en su conjunto, de toda clase política en el mundo entero.
La estática política es lo que no vemos pero que siempre está y estará ahí, y que muchas veces no es legal aunque que sea legítima, entendiendo la legitimidad como la configuración de un consenso extralegal o alegal, precisamente, que es más bien histórico, social, cultural o carismático, que mantiene un sistema de lealtad que anuda a grupos sociales y a familias determinadas en función de esquemas de intereses de tipo económico, tradicional, moral o patriarcal.
La estática política supone entonces la presencia en la obscuridad de fuerzas vivas y reales, efectivas, que no se ven pero se sienten y que son activas todo el tiempo. Nadie las elige y si cambian lo hacen por su propia organicidad interna, por su propia cosa, o su “cosa nostra”.
En Estados Unidos se ha puesto de moda el concepto de Deep State, pues algo así más o menos. Y en todos lados están las mafias: en Estados Unidos, en México, en Albania, en Brasil, en Venezuela, en Alemania, en Turquía, en España, en Rusia, en Bélgica y no se diga Italia, en Bulgaria, en Francia, en Sudáfrica, en Canadá, en Australia, en Suecia, en Finlandia, en China, en Angola, en Argentina, en Perú, en Nigeria o en Japón. Búsquense videos en YouTube sobre las “mafias en…”, poniendo el país que quieran escogido al azar, y se llevarán una aleccionadora sorpresa porque la lista y el algoritmo los atiborrará hasta la náusea de documentales y series y podcasts al respecto.
La clave del asunto radica entonces en el hecho de que, desde esta perspectiva, todo Estado –el que sea, en cualquier parte del mundo y prácticamente en todo momento de la historia: tal sería la tesis que yo estoy dispuesto a defender– es el resultado de una trabazón entre una forma de gobierno y una forma de régimen, de suerte tal que no hay gobierno que pueda darse al margen de un régimen, y todo régimen desborda siempre a cualquier gobierno. Las revoluciones políticas verdaderas se dan cuando un régimen sufre una ruptura drástica por virtud de la fuerza a la que un gobierno lo somete. La resistencia que se opone determina el grado de violencia y radicalidad de la revolución en cuestión.
Por eso es tan implacable la mentira política del actual gobierno de Estados Unidos –aunque esa ha sido su actitud desde que tengo registro y memoria– cuando quiere señalar y condenar a estados o a gobiernos por sus “vínculos con el crimen organizado, los cárteles o las mafias”, porque ya digo que no hay Estado en el que el gobierno (las fuerzas visibles) esté exento de articulaciones o infiltraciones con, o respecto de, un régimen determinado (las fuerzas invisibles).
Si Togliatti decía que todo Estado es una dictadura acorazada de hegemonía, nosotros podríamos decir tal vez que todo Estado es un régimen determinando (controlando, dirigiendo) a un gobierno.
Hace unas semanas encontré el libro que complementa de manera magnífica la tesis de Dalmacio Negro, y que nunca se me había ocurrido. Se llama Las 50 leyes del poder en El Padrino, del sociólogo y escritor chileno Alberto Mayol (Arpa, Barcelona, 2023).
El planteamiento es muy sugerente, y cristalino desde una perspectiva gráfica o visual: si El Príncipe de Maquiavelo desveló las leyes del poder en el Renacimiento, caracterizando las leyes de la política que “se aplican, mas no se dicen”, según la aguda interpretación de Gramsci, El Padrino hizo lo propio para con nuestro tiempo, nos dice Mayol. Y no sólo eso, sino que el segundo es la continuación del primero “por otros medios”.
Puede que el uno sea la continuación del otro, de acuerdo. Es una manera de ver la cosas y es la que Mayol nos propone. Pero para mí lo que ocurre es que en realidad uno de los libros, el de Maquiavelo, está pensado desde la perspectiva de la forma de gobierno, de lo visible, de lo que todos ven, mientras que el otro, el de Puzo/Coppola, está pensado desde la perspectiva de la forma de régimen, de la obscuridad, de las fuerzas invisibles y del motor inmóvil aristotélico (Vito Corleone), que se siente en todas partes pero que se ve poco.
La lección es bastante dura, y puede que no guste a muchos. Por eso la política no es cosa fácil ni un juego de niños, porque si todo Estado es un régimen determinando un gobierno según hemos dicho ya, acaso podemos decir entonces también, esta es la cuestión, que no hay príncipe sin padrino.
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