Patria Grande

La orquesta exótica

[Sobre Escritores Iberoamericanos de 1900, Manuel Ugarte, editorial Vértice, Colección Nuestra América, México, 1947, 269 pp]

Componíamos una orquesta exótica, dentro de la cual cada uno tocaba un instrumento, importante, secundario o accesorio. Unos cultivaban este género. Otros, aquél. Tan diversas eran las aptitudes como los derroteros. Pero obedecíamos a un ritmo, a una inspiración general. Representábamos un movimiento. Pensábamos en generación.

Manuel Ugarte

Lo anterior fue dicho por Manuel Ugarte muy cerca del final de su texto conclusivo, ‘El Destino de una Generación’, con el que corona sus doce exquisitas semblanzas generacionales de escritores iberoamericanos del 900. Es el capítulo dedicado a sí mismo, y es puntual en el énfasis que le imprime a eso que él llama “pensar en generación”, pues añade que:

‘De este esfuerzo quedará, ante todo, el empuje hacia una amplia concepción iberoamericana –y en esto reclamo, sin modestia, la parte substancial que me corresponde–; hacia una reestructuración de la ideología continental con vistas a actualizar la esperanza del movimiento de 1810.’ (p. 256).

Es importante el señalamiento por el vigor que recupera, porque el tono de lo que nos va diciendo a modo conclusivo es un poco deprimente a decir verdad, toda vez que el rasgo distintivo común a toda esa generación de doce autores esbozada por él fue el de la derrota, la decrepitud y la marginalidad.

Pero había un objetivo superior, y es el que Ugarte se encarga de recordar en los términos de pensar generacionalmente, americanamente. Siguiendo la analogía musical, si aquel grupo generacional constituyó sin saberlo una orquesta exótica, la sinfonía no era otra que la Nación Latinoamericana que esbozó y clarificó con tanta contundencia Jorge Abelardo Ramos, lo que hace perfectamente posible decir que Historia de la nación latinoamericana es la partitura.

Pero para ver las cosas así de claras, por increíble que parezca, era necesario tomar distancia, salir de América, lo que me recuerda aquello que decía Alfonso Reyes de que las lejanías nos curan de las cercanías. Es la cura que da la historia, precisamente.

La reconstrucción panorámica que hace Manuel Ugarte a estos efectos es magnífica; detecta los puntos fundamentales que comporta el hecho de haberse tratado de una generación que se conoció en Europa, con Madrid y París como puntos nodales de un paralelogramo histórico estratégico:

‘Al instalarnos entre Madrid (punto de partida) y París (ambiente espiritual), descubrimos dos verdades. Primera, que nuestra producción se enlazaba dentro de una sola literatura. Segunda, que, individualmente, pertenecíamos a una nacionalidad única, considerando a Iberoamérica, desde Europa, en forma panorámica. Amado Nervo era mexicano, Rubén Darío nicaragüense, Chocano había nacido en el Perú, Vargas Vila en Colombia, Gómez Carrillo en Guatemala, nosotros en la Argentina, pero una filiación, un parecido, un propósito nos identificaba. Más que el idioma, influía la situación. Y más que la situación, la voluntad de dar forma en el reino del espíritu a lo que corrientemente designábamos con el nombre de Patria Grande.’ (p. 256)

Un regionalismo etnologista miope y torpe a la vez, fraguado en el último cuarto de siglo aunque perfilado tal vez desde antes, por lo menos desde los 70 del siglo pasado, insiste una y otra vez en hablar de la diversidad cultural de nuestros países (México, Argentina, Venezuela, etc.), y, haciendo un salto mortal churrigueresco se nos quiere hacer creer, además, que la defensa de esa diversidad etnológica pulverizadora debe de asumirse como una postura de izquierda (el neozapatismo mexicano de fines de los 90 del siglo pasado es culpable de todo esto), errando a lo grande al romper con el postulado del universalismo característico de la izquierda de primera generación, la jacobina, al que se le opone ingenuamente entonces un particularismo local-comunitarista romantizado e infantilizado desde el buenismo progre, folklorista y kitsch que ha terminado por hacer claudicar a buena parte de la izquierda como proyecto geopolítico viable y efectivo a la altura de nuestro tiempo, y que contrasta de manera aplastante con la claridad que Ugarte y los de su generación tenían respecto de todo lo que nos es común y afín en términos culturales, lingüísticos y “espirituales” desde lo que, en correspondencia, se relegaba lo secundario (la diversidad, efectivamente) a la categoría de lo históricamente irrelevante, porque lo importante era y es lo esencial:

‘Sea lo que fuere, del adelanto, progreso o bien estar material y físico, soñábamos hacer surgir una cultura; y esta cultura sólo podía emanar del conjunto de las regiones afines, sólo podía comprenderse y realizarse desde el otro lado del océano. Urgía interpretar por encima de las divergencias lugareñas, en una síntesis aplicable a todos, la nueva emoción. La distancia borraba las líneas secundarias, destacando lo esencial. Además, en París, en Madrid, era imposible hablar de una literatura hondureña o costarricense. Había que entregar un compendio geográfico y mental. La imposición de las circunstancias confirmaba el derrotero.’ (p. 257)

Para Ugarte, esta tarea de orquestación fue llevada a vías de efecto desde la idea de humanizar el arte a través de la encomienda de reivindicar su alta función intuitiva, orientadora y profética. Lo que querían era captar las voces del siglo, dejar atrás la arcaica mitología sentimental y dar una arquitectura geopolítica –llamémosle así– a un impulso lírico cifrado en la poesía y en la literatura.

Había que asumir un compromiso situado, anclado en las coordenadas de una dialéctica convulsa. Era necesario plantarse políticamente en el mundo y, desde ahí, acometer toda creación y asumir la responsabilidad de servir ‘de proa en los debates de la época, en medio de los remolinos de sangre’ –son sus palabras–. ‘Nuestro grupo puede estar orgulloso de haber auspiciado en América el empuje que llevó al escritor a intervenir en la vida pública.’ (p. 260)

Ese compromiso fue el de dar forma cultural (literaria, poética, idiomática) a una materia que la política y la geopolítica de los imperialismos de la hora querían fragmentada, pulverizada, “diversa”, efectivamente. Dice Ugarte: ‘en tercer lugar, emprendimos una campaña superior de nacionalismo iberoamericano, en el sentido de incorporar a la literatura, no el criollismo engañoso de los diálogos arrabaleros o la rudeza invertebrada del lenguaje rural, sino la íntima esencia de nuestra América, que lo mismos asoma –con matices de tono y estilización– en los dramas de Florencio Sánchez o en las estrofas de José Santos Chocano, que en el “Canto a Roosevelt” de Rubén Darío o en “El hombre Mediocre” de José Ingenieros. Rechazado el criollismo fotográfico, que sólo recoge fáciles aspectos exteriores y marca el balbuceo de una conciencia artística y de un arte nacional, se inició el esfuerzo para transmutar los valores y sintetizar lo impalpable, que es lo que mejor define la nacionalidad espiritual.’ (p. 260)

El propósito era entonces el de dar unidad y jerarquía, elevar a rango de categoría como cuando se habla de literatura o arte ruso, literatura o arte franceses o literatura o arte alemanes, al naciente arte nacional de Iberoamérica, apartándolo de las inercias centrípetas localistas y vulgares para hacerlo entrar por derecho propio en el concierto de las otras grandes literaturas del mundo, como expresión de un nuevo grupo humano, fundamentalmente diferente por la raza de la que luego Vasconcelos diría tantas cosas, la tierra que habita y por las emociones (de las que también habló Vasconcelos).

Esto y no otra cosa es lo que define, a nivel de coordenadas intencionales analizadas en retrospectiva histórica, la irrupción del modernismo como movimiento epocal de genuina factura americana: ‘Del idioma entrado en carnes –dice Ugarte–, hicimos un idioma todo en músculos, dispuesto a servir de briosa cabalgadura a la idea sutil y a la incisiva sobriedad.’ (p. 262)

Los autores perfilados en el libro son estos: Delmira Agustini (Uruguay, 1886-1914), Francisco Contreras (Chile, 1877-1933), José Santos Chocano (Perú, 1875-1934), Rubén Darío (Nicaragua, 1867-1916), Enrique Gómez Carrillo (Guatemala, 1873-1927), José Ingenieros (Argentina, 1877-1925), Leopoldo Lugones (Argentina, 1874-1938), Amado Nervo (México, 1870-1919), Belisario Roldán (Argentina, 1873-1922), Florencio Sánchez (Uruguay, 1875-1910), Alfonsina Storni (Argentina, 1892-1938) y José María Vargas Vila (Colombia, 1860-1933).

‘Vivieron –nos dice Ugarte– la mayor parte de su vida en la expatriación, rechazados por el ambiente de la república en que había nacido. Más de uno duerme el último sueño fuera de su tierra. Sobre doce, seis cayeron en forma trágica. Dos asesinados. Cuatro suicidas. Los demás se acercaron a la tumba como al madero salvador. (p. 244)

Es la generación correspondiente a la del Ateneo de la Juventud mexicano, y a la que en España, en 1898, encabezaron Azorín, Pérez de Ayala, Marañón, Baroja y Maeztu. Hay entre ellas entronques esenciales, ‘con la diferencia de que si la floración española se desarrolló y prosperó en su tierra natal, la nuestra, por razones que el lector apreciará si continúa la lectura –nos dice Ugarte–, tuvo que dar su mejor fruto en el extranjero.’ (p. 9).

Son algo así como nuestros clásicos contemporáneos, o un parte de ellos. Fue una generación que hundió sus raíces en el tiempo al servir a la república en que habían nacido y a la colectividad iberoamericana. Todos cultivaron la preocupación de la nacionalidad inmediata y de la nacionalidad superior, sin cuidarse de la propia suerte. Trabajaron desde el desenfado altruista y el lirismo imprevisor, desde lo atélico (sin telos o finalidad evidente, fuera de todo pragmatismo) según dijo de su grupo ateneísta Alfonso Reyes.

El libro es delicioso, escrito con pasión intelectual y con determinación política e histórica muy clara. Está firmado en 1942 en Viña del Mar, indicándose en el colofón que los derechos fueron cedidos por el autor a la editorial Vértice mexicana para la correspondiente impresión.

Manuel Ugarte murió en 1951, y tal vez ya no vio florecer al extraordinario y entrañable proyecto del Fondo de Cultura Económica, creado en México en 1934 por Daniel Cosío Villegas con la insustituible ayuda de los exiliados republicanos españoles.

Es una plataforma que, me parece a mí, se ajusta con toda fidelidad a la armonía, tono y severa impronta de la sinfonía americana que Ugarte ensayó, y que Jorge Abelardo Ramos reconstruyó, compuso y arregló. Habrá que organizar y convocar una nueva orquesta.

Publicación original de Patria Grande