Libros

Apuntes sobre Emilio Renzi V

Capítulo 9 (En el estudio) sección II de la primera parte de Los diarios de Emilio Renzi: Los años de formación. Entrada del 7 de marzo del 62. Piglia se explaya por primera vez con la explicación de las claves de su formación política e ideológica, que, filtrada por el marxismo, se conecta de forma explosiva, fascinante, con la filosofía.

Si Piglia nació en el 41, en el 62 tenía apenas 21 años. Me identifico por completo con este primer desarrollo de sus claves fundamentales de formación temprana (toda proporción guardada y algunos años de diferencia, pues yo comencé mi formación por ahí de los 25 más o menos): libros, militancia, soledad, estudio, cantinas y cafés.

Proyectos intelectuales, proyectos políticos, ansiedad apasionada por la desmesura de la inteligencia, que es una forma magistral que aprendí de Spinoza para explicar la fenomenología mental que dinamiza y energiza tu cabeza en función de las tres facultades fundamentales del alma según los escolásticos: memoria, entendimiento y voluntad. Si logras articular esas tres facultades configurando un núcleo tri-nodular (de tres nodos o polos), estás en la posibilidad de lograr una condensación intelectual propiciadora de la acción (praxis griega, agere latino) y la creación (poiesis griega, facere latino). La educación, entre otras cosas, debe de buscar esa articulación fundamental, cosa que no siempre se logra.

Piglia explica muy bien la combinatoria factorial que define un clima y una atmósfera, en muchos aspectos similar a la de México aunque desde luego que no es mi caso, pues mi formación teórica ha sido más bien y de todo punto autodidacta, y me ha tocado vivir otra época.

Los factores de la formación de Piglia son estos: la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata, la Historia, el exilio español (Claudio Sánchez Albornoz y su hijo Nicolás), el marxismo, el peronismo, el anarquismo y el trotskismo como puerto de llegada. El hilvanado está hecho a partir de los libros, los textos, las bibliotecas y la lectura.

Exposición compacta y clara:

‘En ese año, por motivos “de seguridad”, como se decía, casi no registré nada de mi evolución política, vamos a llamarla así; había pasado del tenue anarquismo de mi juventud al marxismo, ayudada por mis estudios de historia y sobre todo por un curso de Historia Moderna que había tomado con Nicolás Sánchez Albornoz, un español cercano al Partido Comunista, que había escapado de una prisión franquista… Y Sánchez Albornoz había terminado en Buenos Aires, donde su padre, el eminente hispanista Claudio Sánchez Albornoz, era en aquel tiempo, si no me equivoco, presidente o primer ministro o canciller del gobierno republicano español en el exilio… De modo que don Claudio no hacía otra cosa que reunirse con los melancólicos exiliados españoles, en los bares de la Avenida de Mayo, en Buenos Aires, mientras su hijo viajaba todas las semanas a La Plata para enseñarnos Historia Moderna en la Facultad de Humanidades. Llegaba los martes a la mañana, daba su clase en el Departamento de Historia para tres o cuatro estudiantes, entre ellos yo, y a la tarde volvía en tren a la capital. Sus clases me marcaron definitivamente, porque él decidió, ese año de 1962, centrar el curso en el pasaje –o en el tránsito– del feudalismo al capitalismo y nos hizo leer, junto con el resto de la bibliografía, el extraordinario capítulo de El Capital de Marx sobre la acumulación primitiva, es decir, sobre el origen del capitalismo. Una historia de una dimensión épica legendaria, porque los campesinos y las relaciones feudales en el campo comenzaron a ser arrasadas por el capital comercial, es decir, por el dinero, que fue liquidando el poder de la nobleza rural y fue llevando a una masa cada vez mayor de la población campesina a perder todo y a no tener para vender otra cosa que su fuerza de trabajo. Foucault, dijo Emilio, Michel Foucault ha dicho que fatalmente un historiador es llevado a utilizar en sus análisis las categorías marxistas. “Decir –dijo Foucault– historiador marxista es un pleonasmo, como decir cine americano”’ (pp. 139 y 140)

Resulta interesante y entrañable la función que cumple en todo esto el exilio español, que es extrapolable a todo el continente americano. En México fue definitivo, al grado de que la cultura política, intelectual, académica, universitaria y artística de nuestro siglo XX es ininteligible sin el papel de los exiliados. Carlos Fuentes explica esto de una manera vívida y elocuente. El Colegio de México, el Fondo de Cultura Económica, las Facultades de Economía, Filosofía e Historia, Química, Arquitectura, Medicina fueron nutridas y hasta creadas por exiliados.

El caso argentino es similar, y ya vemos que los Sánchez Albornoz son a Argentina lo que José Gaos a México o Juan David García Bacca a Venezuela y Ecuador, y así lo mismo, en la disciplina del Derecho, con Manuel Pedroso para México y Manuel García Pelayo para Venezuela. El caso de este último es interesantísima: fue discípulo de Francisco Javier Conde, el gran filósofo de la política y el derecho franquista que dirigió el Instituto de Estudios Políticos, antecedente del actual Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

En tiempos franquistas los trabajos e investigaciones son verdaderamente buenos. Todos estos falangistas y fascistas nacional-católicos –no lo digo despectivamente: Sánchez Mazas, Ledesma Ramos, Giménez Caballero, Onésimo Redondo, no eran ningunos tontos, y todos venían de una formación filosófica orteguiana o unamuniana, eran discípulos directos de Ortega y Gasset o de Unamuno– estaban discutiendo con Hegel, Heller, Carl Schmitt y hasta con Marx, sus textos eran de gran fuste filosófico. En todo caso, Manuel García Pelayo terminaría exiliado en Venezuela, donde funda correspondientemente el Instituto de Estudios Políticos de la Universidad Central de Venezuela, cantera de grandes teóricos de la política como Juan Carlos Rey.

Sigue Piglia:

‘De modo que yo en ese curso, tomando notas frenéticamente y leyendo hasta altas horas de la noche a Marx y a los grandes historiadores marxistas ingleses, fui olvidando el peronismo de mi padre y el vago anarquismo de la familia de mi novia. La política universitaria también influyó en mi decisión, y mi amistad con Luis Alonso, un provinciano que había llegado a la Universidad siendo –o diciendo que era– un revolucionario, también influyó, como influyeron en mí, y en todos mis contemporáneos, la Revolución cubana y la figura del Che Guevara, que había tenido una actuación deslumbrante en la OEA, cerca de nosotros, en la reunión de Punta del Este, vestido con su traje verde oliva, con su barba rala y su estrella de cinco puntas en la boina, que parecía ser un tercer ojo en su cara tan argentina. Pero, como siempre ha pasado en mi vida, lo que verdaderamente me convenció fueron los libros.’ (p. 140)

A mí no me tocó estudiar con exiliados, pero he estudiado mucho su historia y su influencia en América. A Max Aub, por ejemplo, le dediqué años de lectura, y sigue siendo una referencia fundamental en mi formación histórica y literaria. Es un escritor exquisito.

De ese origen vagamente anarquista y familiarmente peronista, Piglia, a través de los libros y la peligrosa abstracción filosófica implícita en Marx, pasó al trotskismo, explicándolo del modo siguiente:

‘Activaba en el movimiento estudiantil y su percepción de la política le hizo tomar de inmediato la decisión de oponerse siempre como marxista a las posiciones del Partido Comunista argentino, en particular, y a la política de la URSS, en general. De modo que naturalmente se fue acercando, junto con su amigo Luis Alonso, a posiciones, digamos así, trotskistas. Primero, porque los trotskistas se oponían al Partido Comunista de un modo tajante, y segundo, porque son muy teóricos, ultraintelectuales y muy poco prácticos. Así que me venían al pelo a mí, que era sobre todo, y lo sigo siendo, un intelectual abstracto.’ (p. 141).

Recuerdo que Norberto Fuentes cuenta en su titánica y magistral biografía de Fidel Castro, La autobiografía de Fidel Castro, que cuando alguien le dijo a Fidel, me parece que en México o algo así, que había un argentino que tenía ganas de conocerlo y hablar con él –se trataba evidentemente del Ché–, él le respondió algo más o menos como esto: no hay que meterse demasiado con los argentinos, son todos una bola de trotskistas.