Los días terrenales

Una mujer cruza las piernas

[Texto de presentación al libro Una mujer cruza las piernas. Ensayos chestertonianos, Cuarteles de Invierno, 2026, disponible próximamente en Amazon.com]

Gilbert Keith Chesterton (1874 – 1936) es uno de los autores más extraordinarios y geniales con los que me he cruzado en mi vida, al que llegué directamente por sugerencia de mi entrañable amigo y filósofo español Fernando Muñoz (que me lo recomendó hace no sé ya cuánto tiempo), y que dejó un cuerpo literario, ensayístico, periodístico y filosófico de gran potencia y claridad que hace que todo aquél que tenga contacto con sus textos o sus libros no vuelva a ver la realidad de las cosas y de la vida de la misma forma antes que después.

Y es que Chesterton fue definitivamente un hombre tocado por el genio (así como lo fueron Marx, Gramsci, Aristóteles, Malraux, Gustavo Bueno o Santo Tomás), que desde una atalaya tan especial como la del catolicismo inglés pasada por el filtro de la más fina poesía comprendió como pocos en su tiempo los cambios estructurales a los que el mundo estaba siendo sometido por las corrientes de la modernidad económica, política e ideológica que, de algún modo, estaba llamada a desembocar hoy, previo paso por un número determinado de procesos histórico-políticos, culturales y sociológicos que habría que analizar con detalle –pero para la formulación de los cuales Chesterton es precisamente de una funcionalidad inigualable–, en la figura del individuo moderno progresista, cobardón, víctima y victimista y aborregado, además, con la papilla infantilizadora de los derechos humanos, habiendo iluminado Chesterton tales cambios de forma bella y artística con estilo de alta escuela y con la sencillez alegre del sentido común popular para terminar levantando un testimonio narrativo extraordinario, complejo y simple al mismo tiempo, que nos mira como fresco epocal a través de cuyos contrastes configurados a partir de una geometría rica en luces y sombras se pueden identificar con precisión las coordenadas fundamentales de nuestro propio tiempo así haya muerto Chesterton hace ya casi cien años.

No recuerdo bien en realidad en qué momento y con qué libro fue que comencé a dar trámite a aquella recomendación de Fernando (a él debo también el conocimiento de otra de mis influencias fundamentales: la de Gustavo Bueno), sólo sé que al tomar contacto con los textos de Chesterton quedó delimitado un ámbito de lectura y estudio configurador de una perspectiva filosófica y dialéctica de una riqueza literalmente inusual e insólita (mágica, podría ser la palabra más ajustada), y que, más allá del deleite intelectual que me producía y produce su lectura, activó además un resorte único (y aquí estaría la magia) mediante el que comenzó a detonarse de manera inmediata y casi que sistemática un impulso por la escritura de textos en función de una paradoja, una analogía o una contradicción señalada por él de una forma verdaderamente sorprendente y lúcida desde cuya constatación pude encontrarle tanto sentido a aquello dicho por Ernst Bloch –en un texto que aparece en la Primera parte de este libro– al afirmar que ‘el maestro de la verdadera paradoja dialéctica en la literatura –una inesperada escuela preparatoria para los lectores de Hegel– es Chesterton, uno de los hombres más inteligentes que jamás hayan existido’.

Del insólito impulso en cuestión fue entonces que hace no sé ya cuánto tiempo comencé a redactar en mi blog, La clandestina virtud, textos bajo la categoría o sección de “Chestertoniana”, detonados todos, ya digo, por la desmesura de la inteligencia desde la que se proyecta una luz arrojada por Chesterton sobre éste o aquel tema o problema o polémica con los que se involucró o cruzó, habiéndome sido posible establecer desde entonces una continuidad de escritura de lo que pienso que ya podríamos considerar en toda regla como “ensayos chestertonianos” dada la consistencia de su hechura en cuanto a influencia detonadora, estilo y perspectiva general, y que un conjunto de circunstancias ha hecho posible y propicio reunirlos en esta primera recopilación bajo el título de Una mujer cruza las piernas (título extraído metonímicamente a partir del primer ensayo).

La convicción que anima entonces la publicación de este libro es la de que, además de la elegancia del entendimiento a la que te lleva el contacto con una obra de semejante envergadura y belleza como la suya, es también la de Chesterton una perspectiva de racionalidad de gran fecundidad crítica detonante de rutas nuevas de discusión propiciadoras de una mejor comprensión de la compleja actualidad que nos rodea, haciendo que, además de literaria e intelectual, su vigencia sea también –y sobre todo– práctica, filosófica y política, cuestión que nos acerca a la certeza de que, leído desde nuestro tiempo, estamos ante un autor que está en la posibilidad de darnos hoy mismo grandes lecciones de poderosa actualidad, pues, como dice muy bien Mercedes Martínez Arranz en un extraordinario libro con cuya reseña concluye Una mujer cruza las piernas (ver la tercera parte: Llenar el vacío): ‘Chesterton no es solo un periodista, un ensayista, un novelista, un dramaturgo o un poeta –que también–, sino sobre todo un filósofo que tiene un sistema coherente de filosofía crítico, que analiza el pasado para pensar el presente y anticipar el futuro desde la cosmovisión a la que pertenece: la católica. Como tal, lo reclamamos como un pensador que ha de ser incluido y estudiado en las facultades de filosofía como uno de los grandes filósofos del siglo XX.’ (La filosofía de G.K. Chesterton. Un filósofo del siglo XX, Renacimiento, Sevilla, 2023, Introducción).

La desafiante y fundamental cuestión es saber entonces lo que un modesto ateo católico esencial mexicano y por sistema como yo, en la línea de Spinoza y de Gustavo Bueno y nacido en 1974, es capaz de ver, decir y argumentar a la luz de lo que un genial creyente católico inglés por convicción y fe como Chesterton, nacido por cierto un siglo antes que yo, en 1874, fue capaz de plantear con una lucidez tan pocas veces igualada e igualable en toda la historia que ya fue, y tal vez también en toda la que está por venir.