Frente de Cultura Popular OV

Hoja de estudio No. 2 ~ Vasconcelos

José Vasconcelos: la existencia como heroicidad

Por Ismael Carvallo Robledo / Frente de Cultura Popular

Mi hermosa Lorena me mandó un mensaje de WhatsApp por ahí de medio día de ayer con la foto de un libro sobre José Vasconcelos de Pilar Torres preguntándome que si lo tenía y, en caso de que no, si lo quería. Estaba en el tianguis que se pone los martes enfrente de la casa, donde se puso un puesto de libros y ahí fue que lo encontró. No y sí, fueron las respuestas correspondientes.

Por la noche vi el libro colocado con todo cariño en mi mesita de lectura. Lo tomé y comencé a devorarlo. A Pilar Torres yo la conozco. La conocí hace muchos años a través de Facebook. No sé exactamente cómo fue que vi un post suyo muy hermoso sobre Vasconcelos con el que coincidí casi que poniéndome de pie. Le escribí, tomamos contacto y hemos hecho una amistad a distancia (nunca la he conocido personalmente), habiendo ella incluso participado en algunas actividades que organicé sobre Vasconcelos en el Espacio Cultural San Lázaro de la Cámara de Diputados.

No sabía en todo caso que Pilar tenía un libro sobre Vasconcelos. Está editado en 2003 por Planeta DeAgostini en la colección Grandes Protagonistas de la Historia Mexicana, dirigida por José Manuel Villalpando. Digamos que es un libro de divulgación sobre lo que se indica en el título de la colección, y ha sido un gran acierto haberle encargado a Pilar el correspondiente a Vasconcelos, pues el amor que le profesa y en el que coincidimos punto por punto se destila en todo el libro, que a todas luces no se reduce a ser una monografía sino un libro atravesado por la pasión histórica e intelectual sobre el mexicano más grande que hemos tenido.

Es un libro precioso ciertamente; claro, directo y lleno de convicción de quien lo escribe. En las líneas iniciales, Pilar nos dice esto:

‘Don José es una de esas personas en las que no se sabe si la predestinación existe o acaso fue sólo un gran arquitecto de ese destino. Por lo tanto, debe decirse que no se escriben biografías sobre José Vasconcelos, más bien, se evoca al personaje, se piensa al filósofo, se charla con el intelectual, se lee al escritor y al mismo tiempo se conoce al hombre de carne y hueso con tal familiaridad que el lector casi puede tocarlo con los ojos como si fueran manos. No, no se realizan biografías de José Vasconcelos, se toma como pretexto su vida para pensar en el México con el que soñó y en el que algunos sueñan. Vasconcelos es un hombre de espíritu singular y temperamento apasionado, con una seguridad absoluta de lo que quería y lo que podía conseguir. Convencido de que no hay más límite que el hacer y el pensar, quiso transmitir su convicción y su sueño a todos los mexicanos.

En la historia de la humanidad en general, y en la de México en particular, hay grandes hombres que realizan enormes empresas, pensadores monumentales que legan al mundo sus edificaciones, intelectuales eruditos y quienes en sus grandes empresas y obras también nos dejan pedazos de su alma y sólo algunos que –como bien lo dijo Carlos Pellicer pensando precisamente en don José– nos dejan cicatrices de fuego en la conciencia de nuestro México. Vasconcelos forma parte de estos últimos.’ (pp. 8 y 9).

‘Los que en él miran nada más sus eclipses es porque son pobres imbéciles, pobrecitas gallináceas. Casi todo lo bueno que en México tenemos ahora es resultado de su genio y de su vastísima mirada’, dijo Carlos Pellicer en la Elegía apasionada que se inserta en el libro al igual que ocurre con otros recuadros muy bien seleccionados con los que se apuntala el trabajo de reconstrucción biográfica de Pilar Torres sobre Vasconcelos, organizada en cinco grandes bloques: El inicio, El ateneísta, El educador, El político y El filósofo.

En otro recuadro, ya casi al final, páginas 130 y 131, se inserta un texto periodísticos de Alejandro Rosas (Reforma, 27 de febrero de 1998), en donde dice esto: ‘Apasionado, abierto, hombre de acción en su juventud y madurez; descreído y receloso en su vejez. Alguien lo definió como un individualista feroz, un participante de la existencia como heroicidad. “Solo y único, de los llamados a guiar”, había escrito en sus memorias refiriéndose a su misión en la tierra y tal había sido su existencia.’

El libro me lo leí entre la noche de ayer y el día de hoy. El flujo narrativo es espléndido. Se sintetiza magistralmente la parábola atormentada de su vida, que irradió una luz que lo mismo iluminó que deslumbró enceguecedoramente con esa contradictoriedad trágica que Torres Bodet asoció analógicamente con la de una vela encendida o tal vez mejor una antorcha, que según la distancia a la que la tengas puede alumbrar pero también quemar, y muchas veces a lo que se ama, que es lo que ocurrió con él una y otra vez.

Nadie en mí ha influido tanto como él, y no me cansaré en toda mi vida de agradecerle a mi abuelo materno, Luis Robledo Mora, por habérmelo puesto en mi camino a través de las repeticiones que de su nombre hacía todo el tiempo, con aquella muletilla de “como decía Vasconcelos”.

Si México tiene algo de grandeza, se la debe sin duda alguna a Vasconcelos. Él es un modelo y un canon en sí mismo, una categoría de grandeza tal como existe la grandeza bolivariana, la homérica o la alejandrina. Y es una forma también de la desesperación.

Fue el hombre de las cosas definitivas, como escribió de él Alfonso Reyes en una carta que ya no pudo leer Vasconcelos porque se murió:

‘Siempre varonil y arrebatado –dijo también Reyes–, lleno de cumbres y de abismos, este hombre extraordinario, tan parecido a la tierra mexicana, deja en la conciencia nacional algo como una cicatriz de fuego, y deja en mi ánimo el sentimiento de una presencia imperiosa, ardiente, que ni la muerte puede borrar. Lo tengo aquí, a mi lado. Nuestro diálogo no se interrumpe.’.