Frente de Cultura Popular

Hoja de estudio No. 1

El Partido como fuerza dirigente de la voluntad nacional popular

Por Marcial Manuel Cruz / Frente de Cultura Popular

La idea gramsciana del Partido como moderno Príncipe permite comprenderlo no sólo como una organización política, sino como una fuerza educativa, moral e intelectual capaz de formar cuadros, disputar el sentido común y construir una nueva hegemonía orientada al fortalecimiento del Estado nacional popular.

En el volumen 1 de los Cuadernos de la cárcel, publicado por Juan Pablos Editor en 1975, Antonio Gramsci desarrolla Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno.

Allí formula la concepción del moderno Príncipe como organismo social complejo capaz de concretar voluntad colectiva reconocida en la acción.

Dicho sea de paso, esta edición contiene un prólogo imperdible de la pluma de José María Arico, brillante marxista argentino que tradujo y adaptó el pensamiento gramsciano en Latinoamérica.

Aquel organismo al que se refiere Gramsci es el Partido político, encargado de impulsar una reforma intelectual y moral que transforme a sus militantes, simpatizantes y grupos subalternos (sectores colocados en una posición de subordinación frente al poder hegemónico).

El Partido debe formar una voluntad nacional popular mediante un proyecto permanente que actúe contra hegemónicamente y transforme el sentido común dominante.

Para ello requiere una estructura sólida; necesita una dirigencia con cualidades intelectuales, políticas y morales, así como bases de afiliados y simpatizantes con capacidad real de participación e incidencia.

Es decir, formar cuadros y dirigentes efectivos en su activismo y conducción.

El programa político del Partido debe sostenerse teórica y doctrinalmente, no como consignas rígidas, sino como una orientación viva para educar, organizar y conducir. Por eso la formación de cuadros es decisiva, pues sin militantes preparados, con claridad ideológica, disciplina ética y sensibilidad popular, el Partido se reduce a simple maquinaria electoral o aparato administrativo.

Si en lugar de rigor teórico y doctrinal se profesa flacidez e insuficiencia intelectual y moral, el programa de acción política perderá consistencia y será, a lo más, un proyecto de pequeña política, es decir, de aspiraciones inmediatas sin mayor alcance.

Los cuadros son mediadores entre dirección y pueblo, teoría y experiencia cotidiana.

Su tarea es traducir una concepción del mundo en prácticas, lenguaje y formas de organización que permitan a los grupos subalternos reconocerse como sujeto histórico y elevar sus demandas hacia un proyecto nacional.

De ahí la importancia de liderazgos representativos, dirigentes que no hablen sólo en nombre del pueblo, sino que surjan de su vida social, comprendan sus contradicciones y contribuyan a organizar una nueva conciencia colectiva.

Cambiar el sentido común es estratégico, pues el orden dominante suele presentar como naturales la desigualdad y la subordinación.

El Partido debe disputar las ideas, valores y lenguajes con los que una sociedad define lo justo, lo posible y lo necesario.

La nueva hegemonía no se decreta, se construye mediante educación política, organización territorial, elaboración doctrinal y participación popular, hasta convertir un proyecto histórico en convicción compartida.

Se trata de fortalecer un Estado nacional popular.

No es sólo administración del poder, sino la expresión organizada de una comunidad política consciente de sí misma.

Publicación original de El Independiente