La querencia. Bitácora de un lector

Mitterrand sobre el lenguaje del Estado

Por razones de algoritmo, YouTube me llevó hace algunos meses a una serie de documentales sobre la historia política contemporánea de Francia. Supongo que al decir esto quedan expuestas ya las claves y parámetros de las cosas que veo en mis ratos libres por las noches y los fines de semana.

No veo TV abierta, prácticamente todo lo que veo son documentales, alocuciones directas de los jefes de Estado que me interesan –desde que llegó al poder, sigo de cerca todo lo que pasa con Trump y su gabinete, por la relevancia que tiene para el mundo–, podcasts de entrevistas y análisis y canales de museos (The Lousiana Chanel es sensacional), además de que, desde luego, vemos los fines de semana alguna que otra serie o película que nos interese en las plataformas habituales.

En todo caso, luego de verme varios documentales interesantísimos sobre Francia tomé nota una vez más de Francoise Mitterand, que luego de De Gaulle me parece por mucho el político más importante de la segunda mitad del siglo XX francés y todo lo que va del XXI. Es una figura fascinante ciertamente, difícilmente repetible.

Como suelo hacer, cuando tomo nota de autores, personajes o referencias en los videos que veo, busco luego los libros disponibles según lo que voy anotando, y si procede me los pido. En esta ocasión me llegaron tres sobre Mitterrand: uno ya lo tenía, pero en cajas: Memorias interrumpidas (Andrés Bello, 1996), el otro es una biografía suya escrita por el mismo autor que hizo la monumental vida de Mao (que también tengo en cajas, de unas 900 páginas más o menos), Philip Short: Mitterrand. A study in ambiguity (Vintage, 2013) y por último El grano y la paja (Euros, 1975).

El último de la lista es el primero que estoy revisando. Se trata en realidad de un diario, con reflexiones sobre lo que iba ocurriendo de 1971 a 1974. El prólogo es de Raúl Morodo, el legendario veterano de la política socialista española de aquellos años:

‘En la buena tradición política francesa –nos dice–, más que en otros países, es frecuente un género literario híbrido que aúna comentarios históricos y referencias a la estricta actualidad, que recoge impresiones de viajes e incidentes sobre personajes y situaciones, que mezcla confesiones personales y defensas cerradas de partido, en suma, que con agilidad y espontaneidad se pasa de lo general teórico a lo cotidiano concreto. Escapa, así, este género a las memorias, inevitablemente cargadas de una jubilación forzosa o de una autojubilación voluntaria; a las simples crónicas, narrativas de hechos políticos, más o menos interesantes; o a los mismos libros-programas de combate ideológico.’ (p. 1)

Anoto aquí una reflexión sumamente interesante y penetrante de Mitterrand sobre De Gaulle, su gran antagonista y con el que en realidad quiso medirse siempre para saber de qué estaba hecho. La prosa de Mitterrand es magistral, amarrada por la pasión:

‘Así fue como el 12 de agosto de 1944 tomé parte, bajo la presidencia del general De Gaulle, en el primer consejo de ministros del Gobierno de la Francia liberada. Me resuena aún en el oído su monólogo de aquel día. Yo escuchaba, observaba, admiraba. A fuerza de vivir jornadas históricas cuyo recuerdo se ha perdido, me he vuelto parco en esa clase de emociones. Pero tenía veintisiete años, unas reservas de entusiasmo y cierta propensión a enaltecer el acontecimiento. Tenía asimismo un buen motivo para abrir los ojos como platos: se trataba del comienzo de una época y se trataba del general De Gaulle.

A veces me pregunto por qué esa hora no me unió más a quien me daba semejante lección. Salvo una cita concedida en mayo o junio de 1945 a los dirigentes de los movimientos de ex prisioneros de guerra, pasaron catorce años antes de hallarme otra vez en presencia del general De Gaulle. Más de una vez lo he lamentado.

Fui ministro y amigo de Robert Schuman y de Pierre Mendes-France, que fueron dos de los jefes de Gobierno de la IV República que intentaron suministrarle un estilo y unas ideas. Sin duda, De Gaulle poseía más estilo, y quizá menos ideas, pero nadie ha hablad como él el lenguaje del Estado. Mendes-France ardía en deseos de tener razón. Escrúpulo similar acuciaba a Schuman que siempre temía equivocarse.

De Gaulle no planteaba el problema en esos términos. Existía. Sus actos lo creaban, y la convicción que mostraba de ser Francia, de expresar su verdad, de encarnar el momento de un destino eterno, tanto más inmutable, me producía más emoción que enojo. Nunca me pareció risible esa apropiación. El amor visceral, exclusivo, que manifestaba por Francia impulsaba al general De Gaulle a pelear contra sombras. Tenía de Richelieu una herencia que disputaba con Pitt, Metternich y Bismarck, mientras el zar seguía reinando en Moscú. La patria era un suelo místico, perfilado por la mano de Dios y habitado por un pueblo de labriegos y soldados. En los momentos de mayor peligro, esa tierra hecha para ese pueblo segregaba naturalmente el héroe necesario. Esta vez, el héroe era él. Su temperamento y su educación le llevaban a convertir los acontecimientos en aventura personal de un grupito de elegidos, escogidos para actuar, hablar y decidir en nombre de todos.’ (pp. 16 y 17).

Vaya manera de exponer una idea, una circunstancia y una fuerza de la naturaleza como De Gaulle transmutado en líder de una nación e inaugurador de toda una época. Algo así escribió, con ese mismo tono y esa misma gravedad, Andrés Molina Enríquez de Benito Juárez en su magistral y emocionante Juárez y la Reforma.

Qué grande se me ha revelado aquí Mitterrand. Recuerdo cuando Porfirio Muñoz Ledo me contó sobre sus conversaciones con él, y sobre el hecho, que él de algún modo lamentaba, de que por la diferencia de edad fue siempre muy difícil que lo haya podido considerar como su amigo, cosa que no ocurrió con Mario Soares, el líder portugués con quien por cierto guardaba un cierto parecido.

Muñoz Ledo tenía un mismo aire de grandeza, de epicidad y de sentido del destino que Mitterrand. Cuando se murió, se lo llevó todo a la tumba.