La querencia. Bitácora de un lector

Teología y Gabriel Zaid en la Librería Peña Nieto

I

En la calle de Rosas Moreno 629, barrio de San Juan de Dios de León Guanajuato, se encuentra la Librería Peña Nieto de libros usados. La descubrí hace algunos meses, y desde entonces la visito cada que venimos a León.

El nombre de la librería alude al clásico papelón del entonces candidato presidencial Enrique Peña Nieto cuando no pudo decir sus tres libros principales. Siendo justos y ecuánimes, la verdad es que esa estulticia habla por muchos políticos, si no es que por toda la clase política nacional en su conjunto trátese del partido de que se trate, pues estoy seguro de que el nivel de lectura y formación generalizada es ínfimo además de inútil (sólo importan las fotos, las selfies, el Tik Tok), y es incluso posible que sea mejor no preguntar por los tres libros en cuestión aunque sí te los puedan decir. El argumento se entiende. 

Pero tampoco se trata de ponerse pedante presumiendo cuánto es lo que uno lee, porque no es garantía de nada. En mi caso concreto, lo único que puedo decir es lo que decía Selma Ancira cuando trata de explicar su pasión desbocada por la poesía de Marina Tsvetaieva, que trasladó al español en bellas traducciones: no sé vivir de otra manera que no sea alrededor y en función de la lectura, los libros, las bibliotecas y las librerías de viejo. Eso es todo.

Quienes comparten la vida conmigo saben de lo que hablo, y yo solamente me autodefino usando el concepto acuñado por la revolución cubana para desactivar la pedantería y la vanidad implícita en el concepto de intelectual dejando de lado de momento los análisis de Gramsci: soy simplemente un “trabajador aficionado” a las letras humanas y las letras divinas, para decirlo antiguamente.

II

En esta ocasión fuimos a la Peña Nieto buscando un libro que yo sé que ya tengo, pero en cajas, y que vi en la estantería hace varios meses pero que no me llevé en su momento: Hegel y la ontología de la historia, del profesor Rodolfo Cortés del Moral.

Sépase que, como parte del drama en el que vivo desde hace algunos años por virtud de haber tenido que poner en cajas el noventa y cinco por ciento de mi biblioteca, ocurre luego que vuelvo a comprar libros que sé perfectamente que están en alguna de las cajas embodegadas, pero al que vuelvo en búsqueda de referencias o para retomar el estudio en cuestión.

De Cortés del Moral leí verdaderamente sorprendido un libro titulado Hegel, así nomás, editado en una magnífica edición guanajuatense de hace no muchos años, que imprimió en formato compacto libros introductorios del tipo de los Breviarios del FCE encargados a especialistas para cada caso.

La edición es verdaderamente buena, y el libro de Cortés, ya digo, sorprendente por la erudición y la soberanía con la que, entendiéndolo hasta la médula, explica algo tan complejo como Hegel y su sistema en un libro claro, sencillo y hasta de fácil lectura, hablándote con toda naturalidad sobre las ideas de totalidad, espíritu, dialéctica y absoluto de la misma manera en que Alfonso Reyes resumió en unas cuantas páginas la Paideia de Jaeger en la Cartilla Moral por allá en la década de los cuarenta del siglo pasado. El libro de Cortés del Moral que yo buscaba, en todo caso, ya se lo habían llevado de la Peña Nieto, con lo cual me quedé con las ganas.

Estuve viendo entonces qué otras cosas me podía llevar, y encontré en la sección de filosofía un libro bien interesante desde un punto de vista histórico y filosófico: Encuentro latinoamericano de teología. Liberación y cautiverio. Debates en torno al método de la teología en América Latina, editado en agosto de 1975.

Al abrirlo advertí con terror que el primer texto es de Enrique Dussel, un peligroso engendro ideológico que ha causado un daño terrible por las posturas extremas que terminó defendiendo en una línea de crítica radical a occidente, que, resumiendo muchísimo, tiene hoy a sus seguidores defendiendo al islam y al indigenismo como alternativa roji-verde contra todo.

El hecho es que aguanté el repudio que me genera el nombre de Dussel y continué revisando índice y libro, y la verdad es que tiene mucho valor histórico, ya digo, pues ofrece el testimonio de los debates inmediatamente posteriores al Concilio Vaticano Segundo y a la Segunda Conferencia General del Episcopado de Medellín de 1968, sin la cual no puede entenderse el ulterior desarrollo de la teología y la filosofía de la liberación que, nos guste o no, adquirió un protagonismo de primer orden en la historia de la izquierda latinoamericana. Digamos que hay que estudiar todo aquello para conocer bien al enemigo interno desde el punto de vista de la izquierda política definida en la que yo milito y me sitúo.

Encontré también un libro sobre Daniel Cosío Villegas, llamado Daniel Cosío Villegas. Imprenta y vida pública. Es una edición del FCE compilado por Gabriel Zaid con textos de Cosío sobre lo que se indica en el título.

Con Zaid tenía yo también un prejuicio un poco sectario, lo confieso, porque lo ubicaba en el sector de los liberales pazianos encabezados por Enrique Krauze y el grupo de Letras Libres, y cada que lo mencionaban los lectores o admiradores de ese grupo –Octavio Paz, Gabriel Zaid, Enrique Krauze– me producía una suerte de cortocircuito, un poco como me ocurre también con Borges, con quien siento que tampoco puedo mucho y de quien me resulta bastante irritante ese estilo tan característico de ironía ocasionalista desde la que no se compromete con nada.  

Pero la verdad es que Zaid no desmerece en modo alguno. No es un improvisado, tiene estilo propio y una erudición enciclopédica de la que se aprende. Ya me leí el texto introductorio y es la verdad muy bueno.

III

De la Peña Nieto sólo me compré esos dos, que se sumaron a lo que me traje a León para este fin de semana: El ejército ciego de David Toscana, que es la novela de turno de nuestro club literario y que estoy a punto de poder comenzar a reseñar, para efectos de lo cual estoy leyendo –y me traje también a León– La gran controversia. Las iglesias católica y ortodoxa de los orígenes a nuestros días, del gran Jean Meyer. El libro me lo compré en Morelia hace un par de meses, y ahí lo empecé a revisar. Es una reconstrucción panorámica y erudita de la cristiandad en función del despliegue trifásico de sus bloques fundamentales: el greco-ortodoxo, el latino católico y el germánico-protestante, siendo la rama greco-ortodoxa bizantina la que permite enmarcar el libro de Toscana, ambientando en la Bulgaria de la Edad Media tardía. Quiero revisar este libro y Danubio de Claudio Magris, que también sobrevuela a Bulgaria en el contexto del siglo XX, para ver cómo apuntalo mi lectura de la última novela de Toscana, que le ha valido el Premio Alfaguara de este año.

El hecho en todo caso es que el libro de Meyer no lo abrí este fin de semana. Cosa que sí hice con uno de Sherman H. Eoff, estudioso norteamericano de literatura europea y, sobre todo española, llamado El pensamiento moderno y la novela española, que me está resultando sorprendente por su profundidad filosófica, del nivel del Lukács de La novela histórica o el Auerbach de Mímesis. Ya tomé nota de este autor. El libro me lo compré esta misma semana en una librería de viejo de Donceles.

Pero lo que estuve revisando más fueron el tomo 4 de los Cuadernos de la cárcel de Gramsci y la extraordinaria autobiografía de Louis Althusser El porvenir es largo, en preciosa edición de Destino, colección Áncora y Delfín de Barcelona de 1992, que es una de mis favoritas. La calidad literaria del libro de Althusser es magistral. El libro está escrito con una tensión poética sublime y con prosa apretadísima y densa, dramática. Lo estoy utilizando para mi texto quincenal de la revista argentina Panamá, en donde estoy colaborando desde principios de año más o menos.

El texto lo tengo casi listo. Utilicé la estrategia de Gramsci, precisamente, en la que se concentra en el canto X del Infierno de Dante para hacer una crítica a Benedetto Croce. Yo hice algo similar para mi texto de Panamá, pues hablaré solamente sobre el capítulo XVIII en donde explica la maduración personal, subjetiva e intelectual de su concepción materialista a través de un itinerario en donde se conectan Spinoza, Hobbes, Maquiavelo, Rousseau y Carlos Marx, desde luego.

Muchos libros, como siempre, para un escaso fin de semana. Had we but world enough and time.