Nuevamente llegué temprano, por ahí de las 11.30. Esta vez encontré una mesa que acaso sea la de mejor localización para estos efectos en el café La Habana, dispuesta hasta el fondo a mano derecha nomás entras al lugar, al lado de la puerta giratoria que te lleva al otro espacio que hace meses se renovó para fungir como bar. Era el sábado 18 de julio, tercero del mes y estábamos todos convocados para comentar El ejército ciego de David Toscana (Alfaguara, 2026).
Veinte o treinta minutos después de mí llegó M., que recién se incorporó al club y estaba en su segunda reunión con nosotros. Luego de contarme sobre su estancia en Italia, a donde fue a estudiar filosofía del Derecho, comenzamos a hablar sobre David Toscana, explicándole yo que su libro anterior, El peso de vivir en la tierra, fue la base de inspiración de nuestro club, el Club Nikolái, llamado así por Nicolás, el entrañable personaje de la novela que cual Alonso Quijano enloquece leyendo literatura rusa para cambiar de identidad y pasar a llamarse entonces Nikolái Nikolaievich Pseldonimov.
M. no sabía de la historia ni de los criterios del club, pero me dijo que seguramente me gustaría saber el hecho de que su obra fundamental era ni más ni menos que Así se templó el acero de Nikolái Ostrovski, uno de los libros más vendidos de todos los tiempos y emblema principal de la literatura soviética, cosa que efectivamente me resultó sensacional. La novela de Ostrovsky fue un testimonio autobiográfico, una novela sobre la valentía y el heroísmo de la juventud soviética a la que le cantó ese otro Nikolái con fuerza lírica y luminosidad combativa que perfectamente puede entrar en el canon de la Escuela de los duros según la caracterizó Norberto Fuentes, y que también es dable incorporarla al canon ruso de los buscadores del alma grande en los que a su vez se inspiró Toscana para la creación de nuestro inigualable Nikolái.
Al poco tiempo llegaron LD., G., V., E. y J., quedando para un poco más tarde la incorporación de T., F. y, muy al final, K., que llegó con una energía que casi casi nos hizo recomenzar la tertulia. ‘No tardo en llegar, ¡qué libro tan intenso!’, nos escribió en el chat confirmando que, aunque tarde, llegaría.
E. comenzó hablándonos del simbolismo de los ojos en la literatura, y resaltó la virtud de Toscana para mostrarnos cómo el ser humano hace de la desgracia motivo de gozo, con personajes que tienen algo de chusco pero que están llenos de gravedad. ¿Cómo le hace uno para rehacer su vida cuando se pierde la vista?, ¿se puede llorar sin ojos?, son preguntas con las que se quedó tras la lectura.
M. dijo por su parte que lo que le llamó más la atención fue la utilización de la literatura por parte de Toscana para recordarnos el hecho histórico olvidado, ‘da voz a los vencidos’, nos dijo, ‘cuenta la historia de las cosas pequeñas y sencillas que nadie cuenta’.
LD. destacó la belleza de la prosa y la riqueza metafórica de Toscana, que es definitiva tal como ya lo pudimos constatar en El peso de vivir en la tierra. ‘Perder uno de tus sentidos te hace ve la vida de otra manera’, comentó LD., ‘eso te hacer construir una forma de resiliencia distinta a los demás’. El tejido de los personajes fue algo que destacó también, así como la metodología narrativa para tocar nervios profundos mediante la fusión de la tragedia y la comedia.
Esto es algo que contrastó de alguna manera con las primeras impresiones de F., que nos comentó que le estaba costando un poco de trabajo lidiar con el humor un tanto predecible que, a su modo de ver, interrumpía el flujo narrativo hilvanado alrededor de dos aspectos que lo cautivaron desde el principio: el contexto histórico de la novela y el núcleo de la historia, que es la de sacarle los ojos a un ejército completo.
Por ahí iban más o menos los comentarios. Yo por mi parte no había avanzado todavía lo suficiente, pero ya había detectado un primer acorde que me atrevería ya a denominar de gravedad toscaniana para comenzar a definir categorías, porque David Toscana es autor que está delimitando no ya nada más un estilo, sino una categoría literaria en toda regla pienso yo así como también me parece que piensa K., tal como pudimos constatar al final de la tertulia.
El párrafo del que hablo está en la página 35, que es cuando nos comienza a hablar de Kozaro el escriba. Ahí es cuando la lectura me llevó a tocar un nervio sensible. Estaba esperando llegar a esas líneas, era el David Toscano que yo quería leer y que, desde que conocí ese genio suyo –que está presente todo el tiempo en El peso de vivir en la tierra y está presente también, todo el tiempo, en El ejército iluminado–, me hizo pensar en ese inolvidable capítulo IX de Paradiso de Lezama Lima en el que la madre de José Cemí se nos manifiesta transida de una angustia sublime y dramática, que es la que la consume por saber qué es lo que se le debe de decir a un hijo cuando vuelve del peligro.
Cuenta entonces Toscana lo siguiente:
‘Kosaro el escriba ya se había hartado de servir de amanuense. Escribía frases bajas y elevadas, sobre todo bajas. Pero nunca algo propio. A veces armaba algún verso en la cabeza sin que nadie le ofreciera un folio para escribirlo. “Diosa de las palabras, pon tus perlas en mis manos”, componía en la cabeza, o “el espíritu del hombre merodea por el bosque como un jabalí”, y luego no estaba malcontento por no haberlo escrito porque ciertamente no valía la pena. Si le hubiesen preguntado qué era lo más bello que había copiado, le costaría trabajo decidir entre “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” y “yo soy la verdad y la vida”. El primer tramo le gustaba porque eran palabras muy humanas; el segundo, porque nada tenían de humanas. Por supuesto había leído incontables pasajes de mayor fuerza y belleza, sobre todo allá en las bibliotecas de Constantinopla, donde tenían muchos libros paganos, pero no se había dado el caso de que alguien le pidiera transcribirlos.
Más que nada copiaba textos litúrgicos.
Para cada fiesta, el patriarca Filipo le dictaba alguna epístola que habría de leerse en las iglesias.
Una vez, mientras se ocupaba en un libro de horas, justo después de garrapatear de mala gana “como fue en un principio ahora y siempre por los siglos de los siglos amén”, escribió con la más bella caligrafía que había manado de su pluma “no quiero morir sin gloria sin luchar quiero hacer algo grandioso que quede en la memoria de los hombres”. Eran dos líneas del más grande libro de los griegos. Lo había compuesto un ciego antes de que existiese la escritura. Kozaro veía las palabras delante de sí, traducidas por él mismo a su propia lengua, escritas con el alfabeto de los eslavos. Ahí estaba la muerte, la gloria, la lucha, la ambición, la memoria, los hombres. Lo humano en aquel libro continuaba intacto; en cambio, lo que hablaba de los dioses se había evaporado. Los dioses dejaban de existir; el hombre era eterno.’ (pp. 35 y 36)
Y entonces llegó K. Un poco tarde y llena de arrebato pero llegó. ‘Toscana tiene algo especial. El libro me sacudió como Dostoyevsky’, nos dijo sin terminar de sentarse todavía. Y continuó con una descarga sin parar: ‘Es un gran libro. Las imágenes son memorables. Entreteje el Antiguo Testamento y la filosofía griega. Es sublime el juego que hace alrededor de la idea de la visión. Mi personaje favorito es Premel, el carpintero fabricante de muñecas de madera ciego. Toscana está más allá de un Premio Alfaguara, él está para el Nobel por esta novela, es superior a El peso de vivir en la tierra’.
Nosotros habíamos concluido más o menos la tertulia, algunos ya se habían retirado y ya habíamos decidido incluso qué leeríamos para la próxima reunión: La Odisea, para volver a los clásicos un poco y a propuesta de F., que por otro lado, oyendo a K. expresarse de tal manera sobre El ejército ciego dijo que iba a replantearse nuevamente su lectura, contagiado por los elogios con los que K. no dejaba de bombardear la mesa con una angustia parecida a la de Kozaro precisamente, cuando escribió desesperado “no quiero morir sin gloria sin luchar quiero hacer algo grandioso que quede en la memoria de los hombres”. ‘Tenía que llegar y contarles todo esto so pena de colapsar por quedármelo solamente para mí’, fueron más o menos las palabras finales de K. antes de dar por concluida la reunión.
Mientras pagábamos y nos despedíamos, vi que E. seguía ojeando sus notas de lectura, que estaban bastante bien y muy minuciosamente redactadas. ‘Es una descripción de las herramientas de Zósimo’, me dijo, y le pedí que me las dejara para revisarlas. Punzón, garfio, lezna, roqueta, gubia, buril, barrena, son algunas de las que tomó nota y sobre las que buscó su definición para entender lo que eran, además de consignar la media filiación de Basilio: ‘fue el emperador (mejor dicho Zar) de Bulgaria que no soportó ver a un ejército de quince mil soldados cegados.’
¿Cómo le hace uno para rehacer su vida cuando se pierde la vista?, ¿se puede llorar sin ojos?, se había preguntado E. mientras leyó la novela. ¿Y qué es –en fin– lo que se le debe de decir a un hijo cuando vuelve del peligro?
Nuevamente llegué temprano, por ahí de las 11.30. Esta vez encontré una mesa que acaso sea la de mejor localización para estos efectos en el café La Habana, dispuesta hasta el fondo a mano derecha nomás entras al lugar, al lado de la puerta giratoria que te lleva al otro espacio que hace meses se renovó para fungir como bar. Era el sábado 18 de julio, tercero del mes y estábamos todos convocados para comentar El ejército ciego de David Toscana (Alfaguara, 2026).
Veinte o treinta minutos después de mí llegó M., que recién se incorporó al club y estaba en su segunda reunión con nosotros. Luego de contarme sobre su estancia en Italia, a donde fue a estudiar filosofía del Derecho, comenzamos a hablar sobre David Toscana, explicándole yo que su libro anterior, El peso de vivir en la tierra, fue la base de inspiración de nuestro club, el Club Nikolái, llamado así por Nicolás, el entrañable personaje de la novela que cual Alonso Quijano enloquece leyendo literatura rusa para cambiar de identidad y pasar a llamarse entonces Nikolái Nikolaievich Pseldonimov.
M. no sabía de la historia ni de los criterios del club, pero me dijo que seguramente me gustaría saber el hecho de que su obra fundamental era ni más ni menos que Así se templó el acero de Nikolái Ostrovski, uno de los libros más vendidos de todos los tiempos y emblema principal de la literatura soviética, cosa que efectivamente me resultó sensacional. La novela de Ostrovsky fue un testimonio autobiográfico, una novela sobre la valentía y el heroísmo de la juventud soviética a la que le cantó ese otro Nikolái con fuerza lírica y luminosidad combativa que perfectamente puede entrar en el canon de la Escuela de los duros según la caracterizó Norberto Fuentes, y que también es dable incorporarla al canon ruso de los buscadores del alma grande en los que a su vez se inspiró Toscana para la creación de nuestro inigualable Nikolái.
Al poco tiempo llegaron LD., G., V., E. y J., quedando para un poco más tarde la incorporación de T., F. y, muy al final, K., que llegó con una energía que casi casi nos hizo recomenzar la tertulia. ‘No tardo en llegar, ¡qué libro tan intenso!’, nos escribió en el chat confirmando que, aunque tarde, llegaría.
E. comenzó hablándonos del simbolismo de los ojos en la literatura, y resaltó la virtud de Toscana para mostrarnos cómo el ser humano hace de la desgracia motivo de gozo, con personajes que tienen algo de chusco pero que están llenos de gravedad. ¿Cómo le hace uno para rehacer su vida cuando se pierde la vista?, ¿se puede llorar sin ojos?, son preguntas con las que se quedó tras la lectura.
M. dijo por su parte que lo que le llamó más la atención fue la utilización de la literatura por parte de Toscana para recordarnos el hecho histórico olvidado, ‘da voz a los vencidos’, nos dijo, ‘cuenta la historia de las cosas pequeñas y sencillas que nadie cuenta’.
LD. destacó la belleza de la prosa y la riqueza metafórica de Toscana, que es definitiva tal como ya lo pudimos constatar en El peso de vivir en la tierra. ‘Perder uno de tus sentidos te hace ve la vida de otra manera’, comentó LD., ‘eso te hacer construir una forma de resiliencia distinta a los demás’. El tejido de los personajes fue algo que destacó también, así como la metodología narrativa para tocar nervios profundos mediante la fusión de la tragedia y la comedia.
Esto es algo que contrastó de alguna manera con las primeras impresiones de F., que nos comentó que le estaba costando un poco de trabajo lidiar con el humor un tanto predecible que, a su modo de ver, interrumpía el flujo narrativo hilvanado alrededor de dos aspectos que lo cautivaron desde el principio: el contexto histórico de la novela y el núcleo de la historia, que es la de sacarle los ojos a un ejército completo.
Por ahí iban más o menos los comentarios. Yo por mi parte no había avanzado todavía lo suficiente, pero ya había detectado un primer acorde que me atrevería ya a denominar de gravedad toscaniana para comenzar a definir categorías, porque David Toscana es autor que está delimitando no ya nada más un estilo, sino una categoría literaria en toda regla pienso yo así como también me parece que piensa K., tal como pudimos constatar al final de la tertulia.
El párrafo del que hablo está en la página 35, que es cuando nos comienza a hablar de Kozaro el escriba. Ahí es cuando la lectura me llevó a tocar un nervio sensible. Estaba esperando llegar a esas líneas, era el David Toscano que yo quería leer y que, desde que conocí ese genio suyo –que está presente todo el tiempo en El peso de vivir en la tierra y está presente también, todo el tiempo, en El ejército iluminado–, me hizo pensar en ese inolvidable capítulo IX de Paradiso de Lezama Lima en el que la madre de José Cemí se nos manifiesta transida de una angustia sublime y dramática, que es la que la consume por saber qué es lo que se le debe de decir a un hijo cuando vuelve del peligro.
Cuenta entonces Toscana lo siguiente:
‘Kosaro el escriba ya se había hartado de servir de amanuense. Escribía frases bajas y elevadas, sobre todo bajas. Pero nunca algo propio. A veces armaba algún verso en la cabeza sin que nadie le ofreciera un folio para escribirlo. “Diosa de las palabras, pon tus perlas en mis manos”, componía en la cabeza, o “el espíritu del hombre merodea por el bosque como un jabalí”, y luego no estaba malcontento por no haberlo escrito porque ciertamente no valía la pena. Si le hubiesen preguntado qué era lo más bello que había copiado, le costaría trabajo decidir entre “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” y “yo soy la verdad y la vida”. El primer tramo le gustaba porque eran palabras muy humanas; el segundo, porque nada tenían de humanas. Por supuesto había leído incontables pasajes de mayor fuerza y belleza, sobre todo allá en las bibliotecas de Constantinopla, donde tenían muchos libros paganos, pero no se había dado el caso de que alguien le pidiera transcribirlos.
Más que nada copiaba textos litúrgicos.
Para cada fiesta, el patriarca Filipo le dictaba alguna epístola que habría de leerse en las iglesias.
Una vez, mientras se ocupaba en un libro de horas, justo después de garrapatear de mala gana “como fue en un principio ahora y siempre por los siglos de los siglos amén”, escribió con la más bella caligrafía que había manado de su pluma “no quiero morir sin gloria sin luchar quiero hacer algo grandioso que quede en la memoria de los hombres”. Eran dos líneas del más grande libro de los griegos. Lo había compuesto un ciego antes de que existiese la escritura. Kozaro veía las palabras delante de sí, traducidas por él mismo a su propia lengua, escritas con el alfabeto de los eslavos. Ahí estaba la muerte, la gloria, la lucha, la ambición, la memoria, los hombres. Lo humano en aquel libro continuaba intacto; en cambio, lo que hablaba de los dioses se había evaporado. Los dioses dejaban de existir; el hombre era eterno.’ (pp. 35 y 36)
Y entonces llegó K. Un poco tarde y llena de arrebato pero llegó. ‘Toscana tiene algo especial. El libro me sacudió como Dostoyevsky’, nos dijo sin terminar de sentarse todavía. Y continuó con una descarga sin parar: ‘Es un gran libro. Las imágenes son memorables. Entreteje el Antiguo Testamento y la filosofía griega. Es sublime el juego que hace alrededor de la idea de la visión. Mi personaje favorito es Premel, el carpintero fabricante de muñecas de madera ciego. Toscana está más allá de un Premio Alfaguara, él está para el Nobel por esta novela, es superior a El peso de vivir en la tierra’.
Nosotros habíamos concluido más o menos la tertulia, algunos ya se habían retirado y ya habíamos decidido incluso qué leeríamos para la próxima reunión: La Odisea, para volver a los clásicos un poco y a propuesta de F., que por otro lado, oyendo a K. expresarse de tal manera sobre El ejército ciego dijo que iba a replantearse nuevamente su lectura, contagiado por los elogios con los que K. no dejaba de bombardear la mesa con una angustia parecida a la de Kozaro precisamente, cuando escribió desesperado “no quiero morir sin gloria sin luchar quiero hacer algo grandioso que quede en la memoria de los hombres”. ‘Tenía que llegar y contarles todo esto so pena de colapsar por quedármelo solamente para mí’, fueron más o menos las palabras finales de K. antes de dar por concluida la reunión.
Mientras pagábamos y nos despedíamos, vi que E. seguía ojeando sus notas de lectura, que estaban bastante bien y muy minuciosamente redactadas. ‘Es una descripción de las herramientas de Zósimo’, me dijo, y le pedí que me las dejara para revisarlas. Punzón, garfio, lezna, roqueta, gubia, buril, barrena, son algunas de las que tomó nota y sobre las que buscó su definición para entender lo que eran, además de consignar la media filiación de Basilio: ‘fue el emperador (mejor dicho Zar) de Bulgaria que no soportó ver a un ejército de quince mil soldados cegados.’
¿Cómo le hace uno para rehacer su vida cuando se pierde la vista?, ¿se puede llorar sin ojos?, se había preguntado E. mientras leyó la novela. ¿Y qué es –en fin– lo que se le debe de decir a un hijo cuando vuelve del peligro?
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