Los días terrenales

Carlos Fuentes: amistad, inteligencia, personas

He terminado de leer el libro Personas de Carlos Fuentes, editado por Alfaguara en 2012 que encontré en la librería Ático de Álvaro Obregón, la única de viejo que todavía queda ahí –antes eran dos, A través del espejo y Ático, pero luego la primera se transformó en restaurante hípster–.

Carlos Fuentes es para mí una de las figuras más interesantes de México de los últimos treinta o cuarenta años desde una perspectiva intelectual. Yo lo pondría a él, a Ernesto de la Peña y Jaime Labastida, además de Octavio Paz, que me parece bastante sobrevalorado pero tampoco lo podemos excluir.

No estoy hablando desde un enfoque ideológico-político, sino en un sentido como el adoptado por Antonio Gramsci para interpretar a Benedetto Croce –o Alfonso Reyes a Goethe–, a saber, como hombre de letras de humanidad y de cultura que resume en su obra y figura la totalidad del espíritu de una época. 

En el tomo 4 de sus Cuadernos de la cárcel, Cuaderno 10: La filosofía de Benedetto Croce, Gramsci define los criterios para analizar la obra de Croce en el sentido dicho según a) el criterio estilístico-literario, b) el criterio filosófico-metódico en tanto que unidad de filosofía y sentido común y c) el criterio ético, que Gramsci asocia al concepto de la “serenidad olímpica” de Croce.

Uno de los aspectos que se podrían tomar en consideración para este tipo de caracterizaciones intelectuales –como un cuarto aspecto añadido a la lista de Gramsci– es la de la identificación de la constelación de interlocutores con los que el intelectual en cuestión estableció una relación de algún tipo, que bien puede rastrearse a través de epistolarios, entrevistas, ensayos sobre las figuras en cuestión además, desde luego, de las controversias establecidas explícitamente según se trate, como la que en su momento tuvieron Antonio Caso y Lombardo Toledano alrededor del idealismo y el materialismo como perspectivas filosóficas generales.

Para el caso de Alfonso Reyes, por ejemplo, la cantidad de epistolarios es inmensa, y es sobre todo El Colegio Nacional la institución que se ha venido encargando de compilarlos y editarlos a lo largo de los años, ofreciéndonos un material de inestimable riqueza para la reconstrucción de uno de los itinerarios intelectuales mexicanos más fascinantes y estimulantes con los que contamos. El caso del libro Personas de Carlos Fuentes encaja aquí de manera perfecta. 

Se trata de una reunión de ensayos sobre 25 personalidades del ámbito de la creación y la política en particular o de la acción pública más en general, escritos en contextos diversos ya sea por motivo de la muerte del personaje en cuestión, ya sea por motivo de la participación en algún homenaje o por el puro interés que el personaje retratado le inspiró a Fuentes.

La nómina es ciertamente interesante, y da claves fundamentales en el sentido de lo que aquí vengo comentando: Jean Daniel, Alfonso Reyes, Luis Buñuel, José Campillo, Mario de la Cueva, Manuel Pedroso, Ignacio Chávez, Francoise Mitterrand, André Malraux, Fernando Benítez, Tom Wicker, Jesús de Polanco, Pablo Neruda, Julio Cortázar, Arthur Miller, John Kennet Galbraith, William Styron, Arthur Schlesinger, Edith Stein, Anna Ajmátova, Simone Weil, Susan Sontag, María Zambrano y, por último, dispuesto hasta el final con una explícita intencionalidad simbólica –me parece a mí–, el general Lázaro Cárdenas.

Políticos de alta estatura, periodistas, escritores, dramaturgos y poetas, profesores y tres filósofas además de Luis Buñuel conforman esta interesante constelación de interlocutores de Carlos Fuentes, protagonistas todos del pensamiento, la inteligencia y las grandes perspectivas dialécticas del siglo XX con quienes un mexicano ciertamente universal –el cosmopolitismo fue para Fuentes algo que definió su vida desde su primera infancia– se codeó, conversó y estableció relaciones de gran amistad. ‘¿Qué opinas de la relación entre Hegel y Feuerbach?’, cuenta Fuentes que le dijo Susan Sontag así nomás de bote pronto cuando la conoció en un restaurante frente al Museo Metropolitano de Nueva York.  

En términos ideológico-políticos no comparto la perspectiva socialdemócrata-progresista-liberal de Fuentes, que es la que se puede detectar en sus comentarios siempre elogiosos sobre Clinton, Obama o Felipe González, que hoy, a más o menos quince años de la publicación del libro, archivos Epstein y proliferación de la ideología woke mediante, se nos aparecen como verdaderos engendros representantes de la decadencia occidental y culpables de buena parte de los problemas contemporáneos que pavimentaron la llegada del radicalismo de Trump y MAGA.

Más afinidad tengo con los análisis de Fuentes sobre la Revolución mexicana, el cardenismo y algo así como el nacionalismo revolucionario y populista de izquierda, que es en donde podemos ver al mejor Carlos Fuentes a mi juicio, además de su comprensión orgánica de España, su catolicismo y la relevancia tanto de Ignacio de Loyola como de la Contrarreforma como procesos que nos configuraron para bien y no para mal, que es la perspectiva modernista, ilustrada, afrancesada y pedantesca de Octavio Paz, que se lamentaba siempre del hecho de que, en vez de un Loyola, no hayamos tenido mejor a un Voltaire. A estos efectos, revísese el prólogo de Fuentes al libro de John Mason Hart El México revolucionario: gestación y proceso de la Revolución Mexicana como nota de confirmación de lo que digo sobre qué es con lo que coincido y con lo que de él me quedo.

Del libro Personas consigno aquí un comentario muy sutil de Fuentes sobre José Campillo que da el índice de la comprensión filosófica a la que llegó: ‘Pepe Campillo era amigo muy cercano del trágico, vibrante y socrático Jorge Portilla, el más brillante filósofo mexicano de su generación, un católico apadrinado por Nietzsche y Dostoyevsky. Con él, con Campillo, con Raúl Medina Mora, algunos miembros de mi generación descubrimos la realidad de la cultura cristiana en México. A menudo reducida a bandera de vituperio encarnizado, de mera posición ideológica, de justa limitación por la sociedad civil, la civilización católica aparecía en las discusiones del grupo de Campillo como una construcción racional estremecida por una sospecha trágica. Sentí entonces que, acaso, sólo el catolicismo nos ofrece a los latinoamericanos la posibilidad de ese conflicto entre valores igualmente justos que es la esencia de lo trágico. ¿Cómo trascender el maniqueísmo clerical, bien contra mal, para llegar al cristianismo trágico, bien contra bien? Tal era la modernidad magisterial de Pepe Campillo; era casi un chamaco como nosotros por esto y porque bebía, reía, leía lo mismo que nosotros, nos entendía.’ (p. 48).

Publicación original de El Independiente