‘¿Por qué “un hombre”?, ¿qué es a fin de cuentas un hombre?’, dijo T. nomás entramos en la materia del libro que nos tenía convocados ese día en el Café La Habana del sábado pasado, 23 de mayo: Un hombre, de Oriana Fallaci. Era por ahí de la una de la tarde y nos encontrábamos esta vez nada más F., T. y yo.
Luego de una hora o casi de la puesta al día de rigor nos pusimos a hablar sobre este libro extraordinario. F. lo traía leído de principio a fin, T. iba bastante avanzada y yo era el que más retraso tenía de los tres. En el chat, L.D. nos dijo que la frase que dice que ‘la racionalidad pertenece a quienes tienen miedo de vivir plenamente’ era de lo que, hasta ese momento, más le había llamado la atención.
‘El tema es entonces –continuaba T.– identificar la humanidad que habita en un hombre’. ‘Distinguir entre lo genérico y lo específico de esa humanidad’, apunté yo en mis notas, en el sentido de que hay una genericidad común a todo hombre determinable desde los planos biológico y etológico: el hombre como individuo o sujeto operatorio como parte de la especie y analizable con arreglo a la dinámica evolutiva antropogenética (la antropogénesis u hominización), y una especificidad histórica y antropológica, cultural: el hombre como persona que supone analizarlo con arreglo a las dinámicas de socialización, que ya no son homologables a todos los hombres al quedar configuradas dentro de los contornos de matrices culturales diversas.
Últimamente se ha puesto de moda hablar de humanismo en México, que es una forma de plantear el problema de detectar y despejar lo que de humanidad habita en el hombre, cosa que no es tan simple como parece porque, siendo rigurosos, habría que meterle muchos planos a la discusión.
En primer lugar hay que distinguir las cosas en función de los períodos históricos que se tienen computados: la idea de hombre en la antigüedad, en la edad media, en la edad moderna y en la contemporánea, cosa que supone diferencias evidentes: en la edad antigua, por ejemplo, no había un control técnico del mundo mientras que en nuestro presente no hay nada que se escape al control de la técnica y la tecnología (que es técnica más ciencia), todas de hechura humana.
Por otro lado y en segundo lugar, habría que distinguir sistemas categoriales para identificar esos rasgos de humanidad: la idea de hombre desde la biología, desde la medicina, desde la fisiología, desde la psicología, desde la etología, desde el derecho o desde la antropología, del mismo modo en que cabe, en tercer lugar, distinguir escalas evolutivas ya sea desde la perspectiva de la tradición clásica de la scala naturae, que Simondon sistematizó en cinco etapas fundamentales: la microfísica, la física (lo macrofísico), la biológica (lo vital-orgánico), la psicológica (lo animal psico-social) y la social (lo humano transindividual), ya sea desde la distinción entre la escala zoológica, en donde el hombre aparece distribuido en función de las transiciones evolutivas del australopiteco, el antecesor, el neandertal, etc. frente a la escala histórica, en efecto, en donde el hombre aparece distribuido con arreglo a instituciones culturales bajo las clasificaciones de sumerios, egipcios, aztecas, griegos, romanos, etc., o ya sea, en fin, desde la distinción entre la lógica cartesiana según la cual el hombre es un espíritu uncido a un cuerpo viviente, y la lógica darwinista, según la cual el hombre es un cuerpo viviente que en la evolución desarrolla una conciencia, y con ella su libertad.
‘Lo más peligroso es enamorarse de alguien con quien compartes ideas y pasiones’, decía en todo caso T. desbordada de pasión por Oriana. ‘Un hombre –continuaba– es tal vez alguien que tiene principios muy firmes, y sobre todo una psicología muy compleja’.
Para ella la conexión principal de este libro poderoso de Oriana Fallaci es la que se puede encontrar entre la literatura, la poesía y la política como ámbitos fundamentales para reconstruir una historia real: ‘Oriana tenía la misión y la obligación de hablar de Alekos’ y de contar todo lo que aquello fue, dejando el testimonio que te deja con preguntas fundamentales: ¿son necesarios los héroes?, ¿todo héroe tiene que ser un mártir?, ¿qué es, en definitiva, un héroe?
F. destacó por su parte el hecho –vamos a decir que– metodológico de que todo se construye desde la convivencia con Alekos, punto de vista desde el cual Oriana logra descifrar y compenetrarse apasionadamente en la esencia de un héroe. ‘Pero ella no está enamorada de Alekos –nos dijo para poner un contraste sobre la mesa–, sino de la idea de un hombre heroico lleno de flaquezas, la principal de las cuales es la locura. Entonces –continuaba– el libro lo que hace es desmitificar al héroe, además de criticar al concepto romantizado de pueblo’, en el sentido –podríamos tal vez pensar siguiendo a F.– de que la condición de locura del héroe se da como resultado de la desconexión entre lo que busca y mueve y la incomprensión del pueblo para el cual y por el cual se supone que actúa, que de alguna manera nos conecta con lo que yo, en lo que llevo leído, he destacado y subrayado y que tiene que ver con la pregunta fundamental que reiteradamente se hace Oriana a lo largo de la obra: ¿sufrir, luchar?, ¿por qué y para quién?
Para F. era también asombrosa la manera de Fallaci para abordar el hecho político de manera contextual, y así distinguir la política de los políticos, los rasgos del héroe político singular y libertario y la reconstrucción integral que hace Oriana de la historia desde el esquema clásico cervantino: Alekos como Don Quijote y Oriana como su Sancho Panza.
‘Los grandes héroes necesitan que alguien viva para contar’, nos decía F., lo que me puso a pensar en los esquemas literarios en donde ese modelo ha quedado canonizado, que son por cierto esquemas en los que la heroicidad en cuestión queda conectada con la locura. En esos momentos pensé y apunté los casos de Ismael contando la historia de la locura del capitán Ahab en Moby Dick y de Serenus Zeitblom contando la historia de la locura de Adrián Leverkühn en Doktor Faustus de Thomas Mann.
Un ejercicio interesante es rastrear en la historia de la literatura esos esquemas dentro de los cuales Oriana Fallaci ocupa indiscutiblemente un lugar de privilegio y de la más alta intensidad y temperatura intelectual y poética.
Ella fue una mujer fascinante y valiente, testigo de un tiempo convulso que tuvo la perspicacia para detectar claves que no todos estaban viendo, conectadas fundamentalmente con la cuestión del islam y la incompatibilidad existente entre ese mundo y todo lo que significa y representa el occidente judeocristiano, y que tuvo la gallardía de advertir sobre los riesgos derivados de lo que estaba detectando luego de entrevistar a figuras como Yasser Arafat, George Habash o el Ayatola Jomeini.
La racionalidad pertenece a quienes tienen miedo de vivir plenamente, destacó efectivamente L.D. según su avance de lectura. Yo aún no llego a esa parte, pero es obvio que el planteamiento es quijotesco: sólo en la locura tiene sentido vivir a plenitud. Acaso sea esa la clave de aquello en lo que hoy pueda tal vez consistir lo que es un héroe.
Pero ¿sufrir, luchar?, ¿por quién y para qué?
‘¿Por qué “un hombre”?, ¿qué es a fin de cuentas un hombre?’, dijo T. nomás entramos en la materia del libro que nos tenía convocados ese día en el Café La Habana del sábado pasado, 23 de mayo: Un hombre, de Oriana Fallaci. Era por ahí de la una de la tarde y nos encontrábamos esta vez nada más F., T. y yo.
Luego de una hora o casi de la puesta al día de rigor nos pusimos a hablar sobre este libro extraordinario. F. lo traía leído de principio a fin, T. iba bastante avanzada y yo era el que más retraso tenía de los tres. En el chat, L.D. nos dijo que la frase que dice que ‘la racionalidad pertenece a quienes tienen miedo de vivir plenamente’ era de lo que, hasta ese momento, más le había llamado la atención.
‘El tema es entonces –continuaba T.– identificar la humanidad que habita en un hombre’. ‘Distinguir entre lo genérico y lo específico de esa humanidad’, apunté yo en mis notas, en el sentido de que hay una genericidad común a todo hombre determinable desde los planos biológico y etológico: el hombre como individuo o sujeto operatorio como parte de la especie y analizable con arreglo a la dinámica evolutiva antropogenética (la antropogénesis u hominización), y una especificidad histórica y antropológica, cultural: el hombre como persona que supone analizarlo con arreglo a las dinámicas de socialización, que ya no son homologables a todos los hombres al quedar configuradas dentro de los contornos de matrices culturales diversas.
Últimamente se ha puesto de moda hablar de humanismo en México, que es una forma de plantear el problema de detectar y despejar lo que de humanidad habita en el hombre, cosa que no es tan simple como parece porque, siendo rigurosos, habría que meterle muchos planos a la discusión.
En primer lugar hay que distinguir las cosas en función de los períodos históricos que se tienen computados: la idea de hombre en la antigüedad, en la edad media, en la edad moderna y en la contemporánea, cosa que supone diferencias evidentes: en la edad antigua, por ejemplo, no había un control técnico del mundo mientras que en nuestro presente no hay nada que se escape al control de la técnica y la tecnología (que es técnica más ciencia), todas de hechura humana.
Por otro lado y en segundo lugar, habría que distinguir sistemas categoriales para identificar esos rasgos de humanidad: la idea de hombre desde la biología, desde la medicina, desde la fisiología, desde la psicología, desde la etología, desde el derecho o desde la antropología, del mismo modo en que cabe, en tercer lugar, distinguir escalas evolutivas ya sea desde la perspectiva de la tradición clásica de la scala naturae, que Simondon sistematizó en cinco etapas fundamentales: la microfísica, la física (lo macrofísico), la biológica (lo vital-orgánico), la psicológica (lo animal psico-social) y la social (lo humano transindividual), ya sea desde la distinción entre la escala zoológica, en donde el hombre aparece distribuido en función de las transiciones evolutivas del australopiteco, el antecesor, el neandertal, etc. frente a la escala histórica, en efecto, en donde el hombre aparece distribuido con arreglo a instituciones culturales bajo las clasificaciones de sumerios, egipcios, aztecas, griegos, romanos, etc., o ya sea, en fin, desde la distinción entre la lógica cartesiana según la cual el hombre es un espíritu uncido a un cuerpo viviente, y la lógica darwinista, según la cual el hombre es un cuerpo viviente que en la evolución desarrolla una conciencia, y con ella su libertad.
‘Lo más peligroso es enamorarse de alguien con quien compartes ideas y pasiones’, decía en todo caso T. desbordada de pasión por Oriana. ‘Un hombre –continuaba– es tal vez alguien que tiene principios muy firmes, y sobre todo una psicología muy compleja’.
Para ella la conexión principal de este libro poderoso de Oriana Fallaci es la que se puede encontrar entre la literatura, la poesía y la política como ámbitos fundamentales para reconstruir una historia real: ‘Oriana tenía la misión y la obligación de hablar de Alekos’ y de contar todo lo que aquello fue, dejando el testimonio que te deja con preguntas fundamentales: ¿son necesarios los héroes?, ¿todo héroe tiene que ser un mártir?, ¿qué es, en definitiva, un héroe?
F. destacó por su parte el hecho –vamos a decir que– metodológico de que todo se construye desde la convivencia con Alekos, punto de vista desde el cual Oriana logra descifrar y compenetrarse apasionadamente en la esencia de un héroe. ‘Pero ella no está enamorada de Alekos –nos dijo para poner un contraste sobre la mesa–, sino de la idea de un hombre heroico lleno de flaquezas, la principal de las cuales es la locura. Entonces –continuaba– el libro lo que hace es desmitificar al héroe, además de criticar al concepto romantizado de pueblo’, en el sentido –podríamos tal vez pensar siguiendo a F.– de que la condición de locura del héroe se da como resultado de la desconexión entre lo que busca y mueve y la incomprensión del pueblo para el cual y por el cual se supone que actúa, que de alguna manera nos conecta con lo que yo, en lo que llevo leído, he destacado y subrayado y que tiene que ver con la pregunta fundamental que reiteradamente se hace Oriana a lo largo de la obra: ¿sufrir, luchar?, ¿por qué y para quién?
Para F. era también asombrosa la manera de Fallaci para abordar el hecho político de manera contextual, y así distinguir la política de los políticos, los rasgos del héroe político singular y libertario y la reconstrucción integral que hace Oriana de la historia desde el esquema clásico cervantino: Alekos como Don Quijote y Oriana como su Sancho Panza.
‘Los grandes héroes necesitan que alguien viva para contar’, nos decía F., lo que me puso a pensar en los esquemas literarios en donde ese modelo ha quedado canonizado, que son por cierto esquemas en los que la heroicidad en cuestión queda conectada con la locura. En esos momentos pensé y apunté los casos de Ismael contando la historia de la locura del capitán Ahab en Moby Dick y de Serenus Zeitblom contando la historia de la locura de Adrián Leverkühn en Doktor Faustus de Thomas Mann.
Un ejercicio interesante es rastrear en la historia de la literatura esos esquemas dentro de los cuales Oriana Fallaci ocupa indiscutiblemente un lugar de privilegio y de la más alta intensidad y temperatura intelectual y poética.
Ella fue una mujer fascinante y valiente, testigo de un tiempo convulso que tuvo la perspicacia para detectar claves que no todos estaban viendo, conectadas fundamentalmente con la cuestión del islam y la incompatibilidad existente entre ese mundo y todo lo que significa y representa el occidente judeocristiano, y que tuvo la gallardía de advertir sobre los riesgos derivados de lo que estaba detectando luego de entrevistar a figuras como Yasser Arafat, George Habash o el Ayatola Jomeini.
La racionalidad pertenece a quienes tienen miedo de vivir plenamente, destacó efectivamente L.D. según su avance de lectura. Yo aún no llego a esa parte, pero es obvio que el planteamiento es quijotesco: sólo en la locura tiene sentido vivir a plenitud. Acaso sea esa la clave de aquello en lo que hoy pueda tal vez consistir lo que es un héroe.
Pero ¿sufrir, luchar?, ¿por quién y para qué?
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