Creo que es relativamente común escuchar a la gente decir que en ciertos lugares de la ciudad de México “te sientes como en Europa”. Cuando lo hacen, lo dicen viendo las cosas desde una doble perspectiva: primero, desde la posición de privilegio (y por eso queda tan bien hacer la comparación) que supone poder apreciar el contraste en cuestión, es decir, que si pueden hacer la comparación es porque ya han estado en Europa, y están entonces en la condición de darse cuenta, comparar y corroborar, en efecto, lo parecidas que son ciertas partes de la ciudad con alguna que otra europea.

La otra perspectiva es la de una suerte de complejo de inferioridad implícito por extraño que parezca, porque normalmente las élites (o quienes aspiran a serlo, y por eso no soportan ni se consideran representadas por un discurso “populista” como el de AMLO) se sienten por encima de todos nosotros. No puedo olvidar a estos efectos, por ejemplo, a la funesta pedante que, al hablar de López Obrador con gesto de asco y superioridad empresarial, me dijo que ella “prefería algo más europeo” en términos de opciones políticas y de políticos, en el entendido, podríamos suponer, de que los prefería más blancos o, de preferencia, rubios y barbados, como si en Europa no hubiera también pobreza, obreros y campesinos, meseros y albañiles, y gente morena o fascistas o comunistas o socialistas o populistas, si a esas vamos, y como si estas últimas opciones político-ideológicas no fueran de genuina hechura europea. ¿De qué Europa me hablaba entonces esta aristócrata cretina, como hubiera dicho Alfonso Taracena?

Pero sí, es un complejo de inferioridad en toda regla, porque te lo dicen viendo a la ciudad de México siempre detrás de sus pares europeas, a las que en todo caso se parece o se asemeja, pero siempre detrás.

Algo como esto es lo que decía y veía otro pedante insoportable, Octavio Paz, cuando dijo en algún momento del siglo veinte algo así como que “por primera vez en la historia, somos contemporáneos de los demás hombres”. ¿Por qué tendría que ser “por primera vez” en la historia?, ¿por qué sólo hasta el siglo XX?, ¿y en el XIX qué?, ¿y acaso en la etapa virreinal no estábamos también ya, en pleno derecho, a la altura de los tiempos, como diría Ortega?

Pues ‘se equivoca’, dice Serge Gruzinski en su fascinante historia de la ciudad de México (La ciudad de México: una historia, FCE, México, 1996, 2021). Octavio Paz ‘se equivoca, veremos por qué –dice entonces Gruzinski–, pero expresa la mentalidad que reinaba entre los intelectuales, élites políticas y clase media’. Nunca mejor explicado. Y se equivocan también entonces quienes ven a la ciudad de México “como si fuera” otra cosa mejor que ella pero que con un poco más de ganas más o menos se podrá alcanzar en algún momento del futuro.

Esta es la impresión que se va apoderando fascinantemente de ti al ir avanzando en este libro extraordinario de Gruzinski en el que te pone frente a un relato majestuoso realizado por alguien ajeno a los prejuicios estúpidos de las élites analfabetas mexicanas que lo ven todo desde la frivolidad, el lujo y el disfrute, para reconstruir desde una perspectiva no cronológica (la primea parte aborda el siglo XX, la segunda Tenochtitlán y la tercera la capital novohispana y ciudad mestiza) la trayectoria de una urbe extraordinaria, y que desde el primer momento fue no ya solamente contemporánea del mundo, sino que estuvo a su vanguardia para todos los efectos, sobre todo por haber sido el epicentro de la primera globalización, en el siglo XVI, cuando entre hispanos y novohispanos descubrieron y roturaron el orbe del Pacífico.

Así es que no es que seamos como Europa, es que somos algo así como su fase superior. Es tiempo ya de entenderlo de una buena vez.

Foto de portada: Conjunto Habitacional Nonoalco Tlatelolco, del arquitecto Mario Pani.

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