Política

Crónica colombiana 2022 II

‘No eran las castas, ni el mestizo Páez o el puro europeo Santander los que pugnaban por la destrucción de la Gran Colombia. Era el conjunto de las mismas clases criollas privilegiadas que se dirigían a preservar con Estados jurídicamente aislados el núcleo de sus intereses exportadores una vez lograda la independencia. Pues tanto Páez como Santander destruirán la Gran Colombia, prescindiendo de su raza y atendiendo a su respectiva base social’.

Así resume Jorge Abelardo Ramos el proceso de fractura de la Gran Colombia –el gran proyecto de unidad de Simón Bolívar– en su fundamental Historia de la nación latinoamericana. La fórmula es en realidad aplicable al resto de nuestras naciones. Por eso la Gran Colombia en su momento, y hoy Colombia en nuestro presente, encierran claves fundamentales para explicar a todo el continente.

Páez es a Venezuela lo que, entonces, Santander –admirador obnubilado del utilitarista Bentham, ese ‘genio de la estupidez burguesa’ según dijera Carlos Marx– es a Colombia o Rivadavia a Argentina: representantes del localismo estrecho que se conjugaba con un separatismo real derivado del sistema parcelado de economías de materias primas que sólo podían expandirse de manera aislada las unas de las otras satisfaciendo un mercado mundial en ascenso y con el correspondiente «apoyo» de las inversiones británicas, el máximo divisor común de Hispanoamérica (Ramos), que al tiempo de encontrar canales de suministro de materias primas para su revolucionada industria manufacturera, enriquecía, adocenaba e idiotizaba a las oligarquías y burguesías «nacionales» por vía del cultivo de sus privilegios, su frivolidad y estupidez.

Bolívar había intentado unificar en principio (a partir del Congreso de Angostura de 1819) a Perú, la Gran Colombia y Bolivia mediante la imposición de la Constitución boliviana, ‘pero en el Perú –dice Ramos–, y particularmente en Colombia, se resistió abiertamente su aplicación. El caudillo llanero Páez intrigaba en Caracas y el vicepresidente Santander lo hacía en Bogotá. El año 1826, en que se reúne el Congreso de Panamá, resulta ser, trágicamente, el año de la destrucción de la Gran Colombia. En el Perú, los mediocres jefes militares peruanos surgidos a la sombra del Libertador, conspiraban contra él para romper los lazos que unían al Perú con Colombia y Bolivia. En Bogotá se distinguen dos tendencias: el partido liberal, encabezado por Santander y partidario de la Constitución de Cúcuta, y los bolivarianos, menos numerosos, que sostienen la Constitución centralista del Libertador’.

De esta suerte, vemos cómo, en su origen nacional, Colombia, Ecuador, Venezuela y Panamá son el resultado de una fractura, o más bien de una tragedia continental (en realidad esto es lo que ocurre con todo el continente, según hemos dicho). Es la tragedia que encierra el problema de Bolívar como problema de filosofía de la historia americana, cuestión respecto de la que luego afirmaría el propio Jorge Abelardo (en Revolución y contrarrevolución en la Argentina) que ‘somos argentinos, colombianos o venezolanos porque fracasamos en ser americanos; en esto estriba todo nuestro drama y la clave de la revolución que vendrá’.

Sebastián Pineda resume de una forma telegráfica y precisa la historia de Colombia en función de los siguientes puntos de quiebre o anudamiento según se quiera ver:

1819: Gran Colombia.

1830: Sólo Colombia, se separan Ecuador y Venezuela.

1863: Constitución liberal, libertad de cultos, nación federalista.

1886: Estado centralista, concordato, Constitución católica.

1903: pérdida de Panamá (equivalente a la pérdida de Cuba para España).

1931: guerra contra Perú por la franja del Amazonas.

1953: dictadura de Rojas Pinilla para tumbar al neofascista Laureano Gómez, un conservador progresista muy similar a lo que en México sería el PAN.

1991: Constitución liberal y pluricultural en medio de la guerra del narcotráfico, que puso en el mapa a Medellín y Cali, dos ciudades de provincia que no habían tenido mucha participación en política por la elite centralista.

2002: elección de Uribe, el patriarca de Medellín que “administra” la violencia y dignifica al soldado y al ejército frenando cualquier aspiración de las guerrillas (ya acusadas de terroristas por Bush desde 2001), pero que le harán la vida imposible y que para triunfar se unen con Santos en 2014.

2016: pérdida del plebiscito de Santos de acuerdo con las FARC, porque la plebe colombiana es “derechosa”, no tiene noción de Estado benefactor, sino de Estado policial.

2022: Petro queriendo vender la idea de Estado benefactor, dejando atrás la idea de Estado policial que ha tenido Colombia.

Habría que añadir en este listado de nudos históricos fundamentales al año de 1974, que es cuando se funda el M19 como movimiento armado que se repliega hacia uno de los límites esenciales de la dialéctica del Estado, la toma de las armas, para ejercer una ofensiva estratégica de alto calibre en tanto que implica la violencia directa como alternativa de acción política concreta en el sentido del Che Guevara, que concebía a la política como pura acción militar, en un recorrido que llega casi hasta el final del siglo, cuando se firman los acuerdos de paz de 1990 y deponen las armas.

El cuadro sinóptico nos ofrece otro marco histórico de gran interés también, pues nos permite ver panorámicamente cómo una dictadura (la de Rojas Pinilla), en palabras de Pineda (¿acaso se haya podido tratar de una dictadura desarrollista muy común en ese período histórico, como fuera el caso de Velasco Alvarado en Perú o Pérez Jiménez en Venezuela?), se establece a mitad de siglo como matriz de condensación de un movimiento político nacional-popular previo antecedente de Gaytán, del partido liberal, y que en 1970 es desbancado mediante fraude para activar así, cuatro años después, la emergencia de una agrupación guerrillera que tenía como bandera principal la instauración de la democracia colombiana de la misma manera en que la levantara Madero en México en 1910.

La similitud histórica entre este proceso colombiano (presidencia autoritaria de Rojas Pinilla, intento de un nuevo mandato acallado mediante fraude en 1970, emergencia de una guerrilla que tal vez podría denominarse de inspiración “Pinillista”, y el de Perón y Montoneros, la guerrilla peronista, en Argentina) es verdaderamente sorprendente; y si a esto añadimos la otra gran similitud estructural y orgánica entre el proceso peronista argentino, el cardenista mexicano y el varguista brasileño, desembocamos en una matriz continental de gran claridad para los efectos de comprender con más precisión, y más allá de maniqueísmos torpes y confusos, la dialéctica histórica de la construcción de los estados nacionales americanos en la edad contemporánea (a partir de las revoluciones atlánticas que desembocan en nuestras independencias).

Es evidente por ejemplo y de inmediato, que el intento del candidato Rodolfo Hernández de emular a López Obrador como líder nacional-popular es de todo punto improcedente y oportunista, pues a todas luces donde está la coincidencia tendencial y orgánica en tanto que expresión histórica de las grandes corrientes de la izquierda política latinoamericana, es con el candidato del Pacto Histórico Gustavo Petro.

Que no se confundan los colombianos, que no se confundan.

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