La brevedad de los días

La brevedad de los días XXVII ~ Clarice

A ella la conocí a través de mi gran amigo F.M. de Argentina. Fue en el año que estudié en Inglaterra, en la Universidad de Warwick, de 2000 a 2001. Qué tiempos aquéllos corazón, cargados de tantas cosas, y prefiguradoras de una transformación estructural de mi vida, que es desde la que se explica todo lo que yo soy ahora.

Tiempo después alguien me iba a decir en Madrid precisamente, al tratar de describirme: «yo veo en ti a alguien en ciernes». Era eso ¿ya me entiendes ángel bello?: detectó que estaba teniendo lugar en mí una transformación fundamental, vinculada y movida por la pasión y la potencia severa del conocimiento y el estudio, y que se arrastraban imantados por el deber político como anclaje definitorio del sentido de la vida, y del paso de los hombres por este mundo y por la historia.

Aunque ahora que lo pienso puede que no se haya tratado tanto en realidad de una transformación como tal ¿sabes?, sino más bien –¿cómo decirlo?– del desvelamiento clarificador de un núcleo apasionado que yacía en mí desde siempre, o por lo menos desde hacía algún tiempo para esos entonces. Fue hasta que leí la Ética a Nicómaco de Aristóteles cuando comprendí que ese núcleo no era otra cosa que la energía potenciadora de la conducta, y que la sitúa en la dirección del proceso que activa la facultad suprema del hombre, que es la facultad intelectual o teorética. Era el poderoso fulgor de la vida de la inteligencia –en cuyo despliegue por cierto hace residir Aristóteles la fuente de la felicidad ni más ni menos, y en la que Spinoza hace descansar también la clave de la beatitud– lo que estaba poco a poco saliendo a flote en ese episodio de mi vida tan importante y tan necesario para que, platónicamente hablando, haya podido tener lugar la detonación de esa suerte tan especial de alumbramiento.

Yo hablaba mucho con F.: de política, de historia, un poco y más o menos de filosofía, y también de literatura. No recuerdo con exactitud el contexto, pero sí que recuerdo claramente que me preguntó si ya había leído a Clarice Lispector. Al responderle que no me dijo simplemente: «¿y piensas seguir así? En cuanto puedas, no te pierdas Aprendizaje o El libro de los placeres«.

Obviamente que tuve que esperar para poder leerla, porque recuerdo que ni me di a la tarea de buscar algo suyo en la biblioteca de Warwick. Fue necesario que terminara ese año en Inglaterra para que viniera a ser entonces en Madrid cuando por fin pude cruzar mis ojos con esta mujer misteriosa y bella, pero sobre todo genial a la hora de escribir. Genial, estremecedora, introspectiva y sentenciosa, eterna. Una santa laica, como luego se me ocurrió decir para describirla.

Me parece que fue en la Biblioteca del Centro de Cultura Contemporánea Condeduque de Madrid donde por fin pedí prestado el libro en cuestión. Era la edición de Siruela. No era un libro voluminoso, y no necesariamente me cautivó por algo en particular: pero yo sólo seguí la instrucción de mi amigo. Y entonces pasé mis ojos por el mensaje inicial de Aprendizaje…, donde Clarice nos dice esto:

Este libro requirió una libertad tan grande que tuve miedo de darla. Está por encima de mí. Intenté escribirlo humildemente. Yo soy más fuerte que yo. C.L.

Primer acorde que te cimbra. Esto no parece ser un libro cualquiera, pensé. Y me puse serio, cosa que no me costó demasiado trabajo, pues mis años de Madrid fueron años de mucha seriedad, de mucha soledad, de mucho esfuerzo concentrado, y también de tristeza y melancolía. Eran los costos que a veces se tienen que pagar para que el alumbramiento en cuestión pueda darse en condiciones.

Y luego vino el Índice: El origen de la primavera o la muerte necesaria en pleno día, primera parte, y Luminiscencia, segunda parte. Fue instantánea y lapidaria la impresión: aquí había algo importante. Y había que leerlo ya. Y ya no me detuve.

Y ya no me detuve no señor, ¿comprendes?. Clarice Lispector se convirtió en mi compañera durante una buena temporada. Su introspección, su prosa poética, la fluidez de su sintaxis, la tristeza que se destila en cada palabra, su forma de expresar el hecho definitorio de que el amor se fundamenta en la carencia, y por tanto en la necesidad y la añoranza; su manera tan sorprendente de cifrar y encapsular reflexiones de rango existencial en situaciones cotidianas como pueden ser la de encontrar una cucaracha en tu cuarto o ir a hacer el super (‘estando tan ocupada, había vuelto de hacer la compra que la sirvienta había hecho deprisa y corriendo porque cada vez trabajaba menos’); su mirada hermosa y soberbia y penetrante, y altiva, que te encara con la magnanimidad displicente pero encantadora de una diosa colosal, bella y misteriosa; el carácter vital, íntimo y femenino, tan femenino, de todo lo que escribe, y esa forma tan especial y simple al tiempo que perfecta y universal y llena de epifanía, con la que te lleva a preguntarte de pronto con ella ‘por qué este mundo’, ‘por qué tú’, ‘por qué la belleza’, ‘por qué la vida’, ‘por qué la duda’, ‘por qué la angustia’, ‘por qué te necesito tanto’.

A veces pienso que la mezcla de orígenes ucranianos y brasileños de Clarice hizo de la tesitura de sus trazos literarios algo único y excepcional, que es lo que según entiendo pasó también con autores como Valle-Inclán o Torrente Ballester, que llevaron la melancolía del gallego al castellano para legarnos una forma única de belleza triste vamos a decir.

Ahora bien, dime una cosa: ¿tú crees que Clarice haya sido una mujer triste corazón?

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