Periscopio

Wet Paint en Jazzatlán

Era una noche que prometía. Quedé con dos amigos entrañables en Jazzatlán para ponernos al día y para hablar de política. No habíamos podido tocar entre los tres varios puntos desde la elección intermedia, y era necesario proyectar escenarios y rutas de trabajo.

Yo sabía ya que Wet Paint de Roberto Arballo (Betuco para los amigos) tocaría esa noche de miércoles 8 de septiembre. Al llegar al lugar ahí estaba él. Lo saludé efusivo sin que me pudiera reconocer primero por el cubrebocas, pero al quitármelo se le dibujó al instante su sonrisa generosa y vital de siempre, luego de lo cual salió apresurado para ir a recoger a Yuko, mi también entrañable Yuko Fujino, esa suerte de adorable Sue Mingus del jazz y los jazzistas de México pero en versión japonesa-mexicana.

Creo que van a ser ya treinta años o casi de que los conozco. A Yuko la conocí en alguna reunión de amigos a los que les era por completo indiferente el jazz, y de pronto no sé si fue ella o yo mismo el que tocó el tema para que se hiciera al instante la luz –vamos a decirlo así–, en el sentido metafórico de que desde entonces quedó iluminado el sendero de una de las amistades más genuinas, bellas y transparentes que me ha sido dado tener, y que atesoro como una perla de brillo luminoso y fulgente de los mares del sur, además de que me permite corroborar la tesis que sobre la amistad formula Platón diciendo que, para que sea verdadera, no puede ni debe tener entre medio la persecución de interés particular alguno, sino que es más bien la pasión común y desinteresada por alguna idea, o mejor aún: por las ideas, aquello que traba y sostiene la relación de amistad de referencia. Pues eso mismo es lo que aquélla noche de yo no sé si son ya veinte o veinticinco o treinta años quedó sellado entre Yuko Fujino y yo alrededor del jazz como idea, como acontecimiento, como modo de estar en el mundo y, sobre todo, como forma de manifestación suprema del arte contemporáneo.

Entre las tantísimas cosas que le debo y le agradezco a Yuko, figuran tres en particular: haberme puesto a escuchar a Bill Evans en una primera llamada de mi atención (estoy viendo ahora mismo la tarde en su casa en la que puso el concierto de Tokio –1973, con Eddie Gómez y Marty Morell– en donde quedé sorprendido al escucharlos interpretar ni más ni menos que ‘Esta tarde vi llover’ de Manzanero), haberme presentado a Enrique Nery, mi amigo y maestro inolvidable que me inoculó la pasión violenta y absoluta e irreversible por Bill Evans, y haberme introducido al mundo fascinante e íntimo del jazz y los jazzistas mexicanos, a los que viví durante años admirando de una manera entregada, total y definitiva: Héctor Infanzón, Chilo Morán, Mario Patrón, Roberto Arballo, Iraida Noriega, Toni Cárdenas, Ricardo Benítez, Pepe Morán, Hiram Gómez, Víctor Patrón, Waldo Madera, Cristóbal López, y un etcétera larguísimo.

Hubo un lugar verdaderamente iniciático para mí, al que me invitó Yuko para venir entonces a definir el punto inicial de lo que con toda justicia puedo catalogar de modesta pero no por eso menos fascinante aventura personal por el jazz mexicano: Arcano, ese bar de División del Norte de la ciudad de México en donde creo que se ubica hoy la sucursal de un banco, y que era el punto de reunión de todos ellos. Comencé a ir a ese lugar de manera regular por ahí de la segunda mitad de la década de los noventa del siglo pasado si no recuerdo mal.

Era para mí un privilegio ser parte de ese mundo, que cumplió una función ciertamente germinadora en mi vida, pues fue atestiguando y presenciando la pasión constitutiva de todos estos músicos extraordinarios como quedó en mí inoculada, también, la búsqueda de mi pasión constitutiva.

Después vinieron otros sitios de jazz: Los íntimos, el insuperable Papabeto y Blue Monk, animados e impulsados todos por Yuko. Hoy Jazzatlán está convirtiéndose para mí en un nuevo refugio y centro de reunión y gravitación alrededor del jazz.

La sesión de Wet Paint de este miércoles 8 del que hablo fue perfecta. Pepe Morán al piano, Daniel Loyo en el bajo y Enrique Nativitas en la batería fueron comandados por Roberto Betuco Arballo en una serie de dos sets con la que este cuarteto de jazz fusión maduro y consistente ofreció a un público que todavía tuvo que ser un tanto limitado por los protocolos Covid un repertorio que, para mí, encontró su punto de máxima belleza cunado interpretaron el clásico de Henry Mancini ‘Days of Wine and Roses’, uno de los “standards” de jazz que más me gustan y disfruto (las interpretaciones, todas, de Bill Evans son un prodigio de belleza y refinamiento creativo).

Tanto en el intermedio como al final del concierto, Betuco se sentó en nuestra mesa para platicarnos un poco sobre su vida y trayectoria, sobre su estancia en Los Ángeles y los músicos con los que ha alternado, además de haber tocado con tristeza el tema de la pérdida irreparable de Chick Corea en febrero de este año.

Yo recuerdo la forma en que me hacía alucinar Betuco con su guitarra en todas las infinitas ocasiones en que lo escuché. Su soberanía instrumental es completa y definitiva, y su madurez musical es un referente indiscutible del jazz contemporáneo. Hace unos días me fue posible volver a corroborar que se trata de uno de los músicos más importantes que ha dado México, además de ser una fortuna de la vida para mí poder decir que Roberto Arballo es también, por sobre todas las cosas, ésta es la cuestión, mi amigo.

Roberto Betuco Arballo

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