La brevedad de los días

La brevedad de los días XXV ~ Leopoldo Marechal

Debe de ser un aproximado de diez años más o menos. Sí: hace diez u once o doce años me encontraba caminando por las calles de alguna ciudad de España con un amigo cubano, y por no sé qué razón o circunstancia comenzamos a hablar de literatura, luego de haber intentado descifrar, según creo recordar, si la idea de materia ontológico general (M) de Gustavo Bueno podría ser interpretada como la idea de límite del cálculo diferencial.

Una vez solventado de alguna manera trámite tan peliagudo, y por no recuerdo bien qué razón particular según tengo dicho, de pronto quiso él recordar a un autor y a un libro que me quería recomendar con muchísimo interés. Habíamos pasado ya al terreno de la literatura.

Luego de varios intentos, al final pudo despejar a uno y a otro y me dijo entonces “¡Marechal!, ¡Leopoldo Marechal! El libro es El banquete de Severo Arcángelo“. No había escuchado yo nunca nada al respecto, pero como siempre tomé nota. No me equivoqué al hacerlo.

Ahora tampoco recuerdo en qué momento ni dónde conseguí el libro en cuestión. Mi edición es de Editorial Sudamericana de Buenos Aires, 1965, en tapa dura, y supongo que lo conseguí en Donceles. Pero no es que lo haya comenzado a leer al instante, y de hecho me viene ahora mismo a la mente una imagen mía en el aeropuerto, en dirección otra vez a España, con ese libro precisamente en las manos. Fue una lectura determinante y definitiva. Estaba ante algo verdaderamente grande, y lo supe desde las primeras páginas.

El libro lo terminé no sé yo bien si en España o de vuelta en México, pero desde entonces quedé prendado de Marechal, en cuya primera obra leída por mí me fue posible detectar un destilado en donde se percibía una mezcla, me parece a mí, de platonismo con un cristianismo dantesco verdaderamente luminoso y estremecedor, filtrado en una prosa sinfónica configuradora de una inmanencia épica que te endereza y te ancla en el ejercicio de la lectura como forma de estar aislado y solitario en el mundo, o como una de las formas superiores en las que el entendimiento encuentra el punto de cristalización idóneo de su elegancia. Esto y no otra cosa es lo que produce la gran literatura y la gran prosa poética, y es lo que distingue a Sterne, a Revueltas, a Lezama, a Broch, a Melville, o a Marechal ésta es la cuestión no sé si me explico, de otras formas de la expresión en letra impresa.

Recuerdo que me sorprendía entonces por el hecho de que no se hablara mayor cosa de este autor, lo que me llevaba a corroborar lo que alguna vez una amiga colombiana que trabajaba en una de las grandes casas editoriales españolas me dijo en Madrid al hablar de literatura hispanoamericana, en el sentido de que el chocantemente llamado Boom latinoamericano no fue otra cosa que un exitoso, exitosísimo qué duda cabe, proyecto de mercadotecnia nada más, cosa que no supone que le quiera yo restar mérito alguno a los autores consabidos o al proyecto mercadológico mismo.

Tiempo después, algunos meses tal vez, se dio la circunstancia de que una amiga del trabajo pudo hacer un viaje a Buenos Aires, y entonces le rogué que hiciera todo lo posible por traerme una y solo una cosa. Un libro, un autor: Adán Buenosayres, Leopoldo Marechal. La aventura estética suprema de la lectura de esta obra poderosa estaba ya prefigurándose ante mí.

Habrán pasado como máximo dos semanas, cuando mi amiga regresó al trabajo con la edición de Clásicos Castalia, con 980 páginas, de ese Adán Buenosayres sí señor que por fin llegaba a mis manos como una de las obras más extraordinarias y estremecedoras que a mi modesto juicio han sido producidas en la historia de las letras universales. “Que lo disfrutes mucho, que no fue fácil encontrarlo”, me escribió Fernanda en la dedicatoria. ¿Que lo disfrute? ¡Pero es que jamás me recuperé de leerlo!

Primer párrafo:

‘Templada y reinante (como lo son las del otoño en la muy graciosa ciudad de Buenos Aires) resplandecía la mañana de aquel veintiocho de abril: las diez acababan de sonar en los relojes, y a esa hora, despierta y gesticulante bajo el sol mañanero, la Gran Capital del Sur era una mazorca de hombres que se disputaban a gritos la posesión del día y de la tierra. Lector agreste, si te adornara la virtud del pájaro y si desde tus alturas hubieses tendido una mirada gorrionesca sobre la ciudad, bien sé yo que tu pecho se habría dilatado según la mecánica del orgullo, ante la visión que a tus ojos de porteño leal se hubiera ofrecido en aquel instante. Buques negros y sonoros, anclando en el puerto de Santa María de los Buenos Aires, arrojaban a sus muelles la cosecha industrial de los dos hemisferios, el color y sonidos de las cuatro razas, el yodo y la sal de los siete mares; al mismo tiempo, atorado con la fauna, la flora y la gea de nuestro territorio, buques altos y solemnes partían hacia las ocho direcciones del agua entre un áspero adiós de sirenas navales. Si desde allí hubieses remontado el curso del Riachuelo hasta la planta de los frigoríficos, te había sido posible admirar los bretes desbordantes de novillos y vaquillonas que se apretaban y mugían al sol esperando el mazazo entre las dos astas y el hábil cuchillo de los matarifes listos ya para ofrecer una hecatombe a la voracidad del mundo. Trenes orquestales entraban en la ciudad, o salían rumbo a las florestas del norte, a los viñedos del oeste, a las geórgicas del centro y a las pastorales del sur. Desde Avellaneda la fabril hasta Belgrano ceñíase a la metrópoli un cinturón de chimeneas humeantes que garabateaban en el cielo varonil del suburbio corajudas sentencias de Rivadavia o de Sarmiento. Rumores de pesas y medidas, tintineos de cajas registradoras, voces y ademanes encontrados como armas, talones fugitivos parecían batir el pulso de la ciudad tonante: aquí los banqueros de la calle Reconquista manejaban la rueda loca de la Fortuna; más allá ingenieros graves como la Geometría meditaban los nuevos puentes y caminos del mundo. Buenos Aires en marcha reía: Industria y Comercio la llevaban de la mano.’

Obra de arquitectura épica publicada en 1948, esta novela es un relato profundo y denso mediante el que se nos da cuenta de la trayectoria de Adán Buenosayres y un grupo de amigos durante unos cuantos días nada más, del 27 al 29 de abril de un año impreciso de la década de los veinte del siglo pasado en la capital porteña, a través de la cual se resumen las facetas fundamentales configuradoras del destino humano según se le van abriendo los horizontes de la experiencia que la vida en la ciudad y el contacto con la historia y con el problema metafísico de la belleza y el bien (en el sentido platónico, precisamente), le ofrecen. Algo de similar propósito poético, y de similar envergadura en cuanto al triunfo que representa para las letras en español, fue Paradiso de Lezama Lima.

Frente a la pedantería de muchos snobs que están todo el tiempo hablando de Kafka o de Joyce como los únicos grandes descifradores de la vida y del mundo moderno a través de la literatura, Leopoldo Marechal (1900-1970) ofrece una visión hispánica, americana, católica y por tanto dantesca, y por tanto también platónica y aristotélica, de la experiencia humana tal como se nos puede ofrecer desde las coordenadas de una Argentina mucho más cercana a México, o a Venezuela, o a Colombia, y que en modo alguno nos representa a través del filtro cursi y bobo de un supuesto “realismo mágico” (qué poco soporto yo ese término tan desafortunado y folklórico), sino más bien como la materia universal que a lo largo de la historia los siglos han decantado pacientemente para permitirnos comprender las posibilidades que la novela como forma tiene para comprobar aquélla tesis de Macedonio Fernández según la cual de lo que se trata, en realidad, es de saber si somos capaces, o no, de descifrar la manera en la que se nos abre paso, entre medio de la vida y casi siempre sin darnos cuenta, el destino.

A %d blogueros les gusta esto: