Disputaciones alfonsinas

I. El suicida o el repaso del drama del hombre

Cualquier oficio –cualquiera– sirve para entender el mundo, y el de las letras es tan humilde o altivo como los demás, dice Alfonso Reyes en la parte ya casi final de su delicioso libro El suicida (Madrid, 1917). Parece que la modestia era su divisa, como buen sabio estoico que a mí siempre me pareció que fue. El final del libro lo confirma, porque ahí nos dice también esto: ‘Yo no puedo dedicar a nadie mis pesadillas líricas: corran por el aire de la noche como una onda de inquietud o un grito de sed’.

Las letras, se trata del oficio de las letras, que nos llevan a los libros desde luego, así como también, en correspondencia, a las bibliotecas: elementos todos de la cultura humana que han permitido, en definitiva, la transición del salvajismo a la civilización a través del registro, transmisible escrituralmente, de las formas de la perfección a las que el entendimiento puede llegar según aquélla definición de Santo Tomás en donde dice que la perfección del cognoscente radica en el hecho de que, en el acto de conocimiento, se activa un proceso por cuya virtud lo conocido pasa a existir, de algún modo, en él, haciendo posible entonces la circunstancia –de todo punto sorprendente– de que la perfección del universo entero pueda concentrarse en una sola cosa particular: yo poseo al mundo porque lo comprendo, habría dicho siglos después Balzac. Yo soy parte de lo que sé, he leído también por ahí decir a Reyes mismo.

El suicida es una suerte de bello enigma barroco. Barroco porque encapsula muchas cosas y muchas verdades; enigma porque todo, o casi todo, lo insinúa. Y bello porque hermosa es su forma, y perfecta su orquestación verbal. Y si es perfecta es porque es, sobre todo, simple, y, por simple, es también por tanto generosa. Además de que parece que siempre, al escribir, Alfonso Reyes nos sonríe, como hubo de señalar José Revueltas en aquélla preciosa carta en donde pide animosamente a su amigo Efraín Huerta que no tarde demasiado, y nomás pueda, en poner sus ojos sobre Simpatías y Diferencias.

Reyes nos quiere decir que su libro es una suerte de repaso o revisión del drama del hombre. La sentenciosidad de tal afirmación nos haría pensar en la posibilidad de estar frente a un texto de tono dostoyevskiano, o tal vez incluso revueltiano precisamente. Algunos querrían decir quizá que es algo así como un tratado breve de las pasiones del alma. Pero no. No es eso. Es una exploración compactada y breve, disparada con motivo del concepto de suicido –‘Al comenzar el otoño, en un hotelito de los suburbios…, el pobre señor se suicidó’–, llena de insinuación y guiada por la ironía, la inteligencia y la serenidad, sobre algunos dispositivos de la conducta humana (la sonrisa, la libertad, el misticismo, el fraude) transformada por la historia y la cultura, es decir, por las instituciones, con el que delimita para nosotros un campo fértil y fecundo de reflexión filosófica conectando a Platón con Gracián, a Góngora con Chesterton, a William James con Schopenhauer o a Horacio con Montaigne en el lenguaje de Platero y yo de Juan Ramón (por aquello de lo de la bella y generosa sencillez en el lenguaje).

Mi amigo Sebastián Pineda me ha dicho que para él hay una conexión sutil, en este texto, entre Reyes y Chesterton (eran aquéllos los años del Ateneo y las traducciones de El hombre que fue jueves y Ortodoxia), y lo dice con razón a mi modo de ver. Esa facultad sorprendente y genial de Chesterton para pensar dialécticamente pero no con las logomaquias hegelianas o, peor aún, con el lenguaje rebuscado y la afectación pedante e insoportable del activista de los derechos humanos o el del científico social decolonial y victimista de hoy, sino con el lenguaje del hombre de la calle o el del borracho de taberna, es lo que Reyes ejercita también con sencillez juanramoniana para decirnos por ejemplo que ‘los hombres se han arrodillado siempre junto a las piedras que hablan, y aun podemos creer que tal es el origen de las ciudades, ahora tan vagamente recordado por las estatuas ecuestres de los héroes. Los niños, en quienes el sentido del mundo es más puro que entre los adultos, no se equivocan en esto, como en muchas otras apreciaciones vitales, y siempre se han parado, extáticos y adorantes, ante las fuerzas que se superan, ante el pájaro que habla, el árbol que canta y el agua de siete colores que sube al cielo. Alguien me responderá que el asno está bien; pero el asno disfrazado con la piel de león está mal. Y, en efecto, está mal; pero está mal, no porque se haya disfrazado, sino porque se ha disfrazado mal; porque sobresalen del disfraz esos dos apéndices que Midas no pudo esconder’.

Hay otra cosa genial que dice en otro momento, cuando habla de la sonrisa hilvanando a partir de Bergson –que como sabemos hubo de desarrollar una suerte de tratado de la risa que creo tener en algún lugar de mi biblioteca–. Lo interesante aquí es que, para Reyes, la protesta, entendida como dispositivo de activación de los cambios en la historia, no se produce sino como resultado de la sonrisa, es decir, de la ironía. Para él es la risa, podríamos pensar, aquello que hace que el miedo comience a desaparecer, como ocurre cuando, al detectar o descubrir el secreto tras del cual alguien se nos quiere presentar como superior a nosotros, o con poder sobre nosotros, sonreímos porque lo hemos descubierto en la trampa.

Acaso haya sido una sonrisa como ésta, pienso yo, la que comenzó a aparecer en los rostros del hombre del paleolítico cuando, en la revolución neolítica en proceso, pudo por fin domesticar a los animales porque le fue posible pulir sus hachas de piedra y así matarlos más eficazmente, de manera más expedita y con más economía de esfuerzo, lo que hizo posible también, en correspondencia, que le perdieran entonces el miedo, dando paso entre otras cosas, según El animal divino de Gustavo Bueno, a que los animales perdieran sus atributos numinosos para activar el tránsito de las religiones primarias, en donde los animales son dioses (pinturas rupestres), a las secundarias, en donde los animales, para seguir siendo dioses, comienzan a transformarse en hombres (el zodiaco), desembocando por fin, en la fase terciaria y trámite mediante de la crítica a la mitología hecha por la filosofía platónica entendida como geometrización de la razón, en el dios estrictamente antropomorfo de las religiones superiores de la historia.

‘El estado normal –nos dice entonces Reyes y para volver a él– puede ser el de pasividad; pero el estado frecuente, constante, el que da su sello a la humanidad, y que, por lo mismo, merece llamarse –siquiera prácticamente– el estado humano, es el de protesta. Si el hombre no hubiera protestado, no habría historia –historia en el sentido común de la palabra–. El albor de la historia es un desequilibrio entre el medio y la voluntad humana, así como el albor de la conciencia fue un desequilibrio entre el espectáculo del mundo y el espectador humano. El hombre sonríe: brota la conciencia. Y el hombre se nutre de los elementos que le da el medio. ¿Sonríe por segunda vez? Protesta, no le basta ya la naturaleza. ¿Emigra, o siembra, o conquista, o forma las carretas en círculo como una trinchera de la tribu contra los ataques de las fieras? Pues entonces funda la civilización y empieza con ella la historia. Mientras no se duda del amo no sucede nada. Cuando el esclavo ha sonreído comienza el duelo de la historia’.

¿Verdad que es cierto que parece que siempre, cuando escribe, Alfonso Reyes nos sonríe? Qué razón tenía José Revueltas: ‘¿Cómo, pues? ¿Cómo, si dice cosas tan bien dichas? ¿Cómo, si sonríe? Debemos negarnos, Efraín, debemos negarnos’.

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