El Heraldo de México

La 4T en busca de la virtud II

Hace quince días dijimos que la Guía Ética para la transformación de México recoge la tradición que inspirara obras como la Ética a Nicómaco aristotélica, pero también a otras como las Meditaciones de Marco Aurelio, el emperador estoico, o el De los deberes de Cicerón. Con esto no he querido decir que estime que el estatuto teórico de la guía alcance el nivel de la ontología de Aristóteles, no se diga el de la Ética de Spinoza.

Porque no, en la Guía no hay sistematismo, como se aprecia al instante en el desorden de los temas tratados (la familia ocupa el lugar 19, antes de los animales, la diferencia el 1, y en medio por ahí está el perdón). Nada que ver con el orden perfecto de la Cartilla moral de Alfonso Reyes, diseñada según una arquitectura –vamos a decir– dantesca, y levantada sobre tres columnas fundamentales: la sabiduría helénica, la sabiduría cristiana y la sabiduría estoica.

Hubiera bastado con tener una teoría antropológica básica, para así acomodar las virtudes o conceptos según el tipo de relación de que se trate: relaciones del hombre con la naturaleza (la producción), entre los hombres (las instituciones como la familia) y entre los hombres y dios (la religión). Pero esta falta o error no es atribuible al presidente, a quien muchos empecinados sicofantes quieren atribuir la autoría del texto (así como la responsabilidad por todos los males de México y el mundo, no sé si me explico), o dicen, ejercitando un supuesto liberalismo que destila cretinismo, que es un proyecto o capricho personal y personalista, cosa imposible de ser cierta toda vez que fue una comisión de “expertos” –cómo detesto yo ese término– la responsable. “Expertos en pensar”, querrán decir algunos, lo que todavía es peor, sobre todo porque si de eso se trataba, de ser expertos, dejaron entonces mucho que desear, porque ahora resulta que ser experto o profesional del pensamiento consiste básicamente en usar lenguaje inclusivo o meter con calzador a la diversidad o a la democracia en todo, o afirmar bobadas tipo UNESCO según las cuales debe haber cosas o valores universales o que, al lado del cristianismo, está también el budismo, cuando lo mínimo exigible es que se sepa explicar, en lenguaje sencillo, las implicaciones antropológicas de la teología cristiana, que es corporeísta, y la islámica, que es incorporeísta, por poner un solo ejemplo y al margen de que dios no exista.

Pero repito: esto no es culpa del presidente, a quien inspira, me parece, una preocupación similar a la de Marco Aurelio, o para nuestro caso la de Torres Bodet. Tampoco significa esto que el texto no valga la pena, porque es todo lo contrario: la idea, que es del presidente les guste o no a sicofantes de todo tipo, es extraordinaria, y el texto en cuestión cumple la función, extraordinaria también, de hacer que una sociedad en su conjunto vuelva a preguntarse con el presidente de México, y como quiso siempre Cicerón, por qué es importante llevar una vida ordenada, racional y honesta.

Original de El Heraldo de México

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