revueltas

Revueltas el dialéctico.

Carta a Efraín Huerta.

La lectura de un libro –a muy espaciados ratos de descanso-, de Alfonso Reyes, me impulsó, implacable, querido Efraín Huerta –he dicho de ti que tu poesía es “encarnizadamente poética” y esto explica, de paso, el implacable-, me impulsó, digo, a escribirte esta carta. (En secreto, a escondidas de Dolores del Río y de Roberto Gavaldón).

Y todo porque Simpatías y Diferencias me ha hecho modificar algunos de los juicios que, ante ti, he expuesto sobre don Alfonso. Dije modificar y rectifico: precisar. Y en el precisar va implícito, sin duda, gran parte del modificar.

Cuán Alfonso Reyes es este libro, desde el nombre: simpatías, diferencias, hasta su donaire final: ¿dónde te pintas a ti tus flores naturales?

¡Diferencias, simpatías…! Nunca enemistades ni amistades: un discreto Erasmo y, aquí, mucho más habilidoso, mucho más cauto, muchísimo más sonriente, y vaya en su descargo el susto del homenaje a Lombardo Toledano. A don Alfonso no se le puede atacar –se le debe, en ocasiones y con todo respeto, pues a él mismo le resultará saludable-, porque no hay por dónde: es como si fuese el más ágil espadachín del Renacimiento a quien no le estorbaran, además, la túnica –“el túnico”, decían los mexicanos del XIX- y los huaraches atenienses. ¿Cómo, pues? ¿Cómo, si dices cosas tan bien dichas? ¿Cómo, si sonríe? Debemos negarnos, Efraín, debemos negarnos.

Pero me queda la ardiente, la terrible duda acerca de lo que es la obra de don Alfonso el Sabio, de don Alfonso Reyes, sabio de evidente y rica sabiduría. Para calificarla –es decir, para que la calificáramos sus lectores- el propio don Alfonso -¡él mismo!- adquirió en la gran tienda del lenguaje –a su medida, sobre el cuerpo, mirándolos y mirándolos- los adjetivos que debieran aplicársele. No quiso el de “genial” –que a mi ver en veces le viene-, ni el de “epónimo” ni el de “ecuménico”, ni otros semejantes que son caros, pocos… y aburridos. Prefirió, al precio de todos los anteriores, la cantidad, y compró muchísimos que le visten maravillosamente. Pulcro, discreto, minucioso, suave, mesurado, atingente, tranquilo, correcto, armonioso, oportuno, equidistante, galano, señorial, sereno, equilibrado, observador, capaz, fino, delicado, sólido, sutil… académico. ¡Y salió ganando don Alfonso!

¡Lee, Efraín Huerta, “acaricia” este libro, todos sus libros! Están escritos –digna fórmula epicúrea- para el paladar lo mismo que para la inteligencia; éste, sólo para el paladar, pero de un gourmet delicado.

Lleno de gracia: vivo e inteligente como un ratoncillo travieso, y no vaya a decir tu malignidad que se estremeció el Cerro de la Silla para darnos tal parto, aunque así fuera. En él las ideas son como menudos alfileres que causan un pequeño y deleitoso escozor; jamás son la tremebunda y enloquecida lanza de don Quijote, que deja con sangre el alma.

Muy don Alfonso Reyes, repito, esta Simpatías y diferencias –que ahora Castro Leal refunde en dos volúmenes de la colección Escritores Mexicanos- y que su propio autor califica como “libros de agregación casual, más o menos hábilmente aderezados”. Esto último me indujo a la pregunta que aún no logro contestarme: ¿obra, la de Alfonso Reyes –la de su vida y la de su nombre-, tan sólo, sólo tan sólo, “hábilmente aderezada”?

Te deja sin la respuesta, pero con un gran abrazo,

José Revueltas

Cuautla, Morelos, abril de 1946.

Aparecido en El Popular, año IX, tomo IX, n. 2933, 8 de julio de 1946, p. 9. [Reeditado en Visión del Paricutín y otras crónicas y reseñas, en Obras Completas de José Revueltas, tomo 24, Era, México, 1983.]

reyes

Reyes el ateniense.