Filosofía Historia

Historia Contemporánea. Novena contribución.

El mundo de postguerra y el mundo postsoviético.

I. La postguerra.

La repartición colonial que habría resultado de la Primera Guerra (mandato británico sobre Jordania, Israel, Palestina, sobre Irak y sobre la India, mandato francés sobre Siria y Líbano), estaba llamado a convertirse en el foco de tensiones revolucionarias en la periferia del orbe europeo. La Guerra Fría no habría de ser otra cosa que el desplazamiento de las tensiones bélicas hacia esa periferia (Medio Oriente, Sudeste asiático, Hispanoamérica), atenazadas por una nueva polaridad geopolítica, establecida entre las dos potencias que resultarían vencedoras del nacionalismo alemán en la Segunda Guerra: Estados Unidos y la Unión Soviética, potencias que estaban detrás de las dos grandes estructuras militares internacionales: la OTAN y el Pacto de Varsovia.

Una vez estabilizado de alguna manera en Rusia, el régimen soviético adoptaría como directriz de política exterior el apoyo y configuración de cuanto “movimiento de liberación nacional” pudiera organizarse en aquéllos territorios herederos de la repartición neocolonial de la Primera Guerra. Esta dialéctica, al mismo tiempo política, ideológica y militar, se desplegaría hacia todos los rincones del planeta: Oriente Medio, Centroamérica, Sudáfrica, la India, la Libia de Gaddaffi, China, Nigeria, Polonia, Irlanda o Indonesia.

En términos ideológicos, la confrontación habría de darse entre el liberalismo, el nacionalismo y sus modulaciones y el comunismo soviético, y posteriormente chino.

‘La Guerra Fría fue el enfrentamiento que, desde Estados Unidos, el capitalismo como sistema global de organización social (consumismo), económica (liberalismo) y política (democracia representativa) tuvo con el comunismo soviético y el nacionalismo. No fue sólo el primero, que es lo que se nos suele contar. Fueron los dos, como se pudo observar muy bien cuando, con la caída de la URSS, terminó la Guerra Fría: vencidos los llamados totalitarismos, el siguiente enemigo del capitalismo de las multinacionales y de los Steve Jobs (apunten este nombre) no es otro que los nacionalismos populistas (o así adjetivados).’ ICR, ‘Individualismo y felicidad’, La clandestina virtud.

Es entonces el de la Guerra Fría el período de los servicios secretos, de la creación de la CIA como estructura encubierta de lucha anti-comunista a todo lo largo y ancho del planeta, y de instituciones como la Organización de Estados Americanos (OEA) o la Escuela de las Américas como plataformas de control, presión e intervención y desestabilización en Hispanoamérica por parte de Estados Unidos. Desde el derrocamiento de Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954 hasta la desestabilización en marcha de Venezuela a través del apoyo a la oposición al régimen bolivariano de Nicolás Maduro (y antes de Hugo Chávez), la historia política contemporánea del continente sencillamente no se puede entender, independientemente de la postura que ante uno u otro régimen se tenga (que para efectos históricos carece de sentido y pertinencia en última instancia).

El par soviético de la CIA, como bien se sabe, era la KGB, dentro de cuyas filas hubo de formarse, en el último tramo de la ahora extinta Unión Soviética, el actual presidente de Rusia, Vladimir Putin.

La dialéctica entre las dos morfologías ideológico-político-productivas fundamentales del siglo XX: la  capitalista y democrático-liberal y su gran antagonista histórica: el socialismo soviético centralizado, tendría como consecuencia la exasperación de los conflictos de clase dentro de las naciones resultantes del orden internacional de San Francisco, donde se habría de firmar la carta de las naciones unidas, base de la otra gran plataforma ideológica del mundo contemporáneo: la ONU.

Pero a pesar de su bienintencionado democratismo y liberalismo, la Organización de las Naciones Unidas, al no ser posible la existencia de un super Estado como respaldo ejecutivo de cuanta resolución pudiera surgir de semejante “parlamento mundial”, estaba llamada a cumplir un papel estrictamente testimonial, como caja de resonancia de deliberaciones internacionales detrás de las cuales se hacía y se hace efectiva la confrontación a escala mundial de intereses económicos, militares y políticos de gran densidad y magnitud, frente a los cuales la ONU no puede ser otra cosa que una ventanilla de registro.

A la postre, el antagonismo bipolar entre la URSS y el orden democrático-capitalista comandado por Estados Unidos habría de significar una fase de ‘estabilidad en el conflicto’, o una fase de equilibro inestable que, no obstante sus peligrosidad e implicaciones, hacía posible la identificación de enemistades distinguibles con una cierta claridad; una claridad que, en el largo plazo, hacía posible, a su vez, la planeación estratégica dentro de un orden mundial determinado.

La caída de la Unión Soviética supuso el desmoronamiento de ese orden inestable, dentro de cuya dinámica combinatoria emergería una magnitud nueva que había estado subordinada a otras magnitudes y variables de naturaleza más bien económico-ideológica. Esa variable es la variable religiosa.

II. ¿El fin de la historia?

La pregunta se la había hecho Francis Fukuyama, ideólogo norteamericano y profesor de la Universidad de Harvard, que escribió en 1992 un libro de gran influencia en los círculos ideológicos e intelectuales norteamericanos y, en general, occidentales: El fin de la historia y el último hombre, donde planteaba que el colapso del comunismo soviético suponía el fin de la historia concebida como una gran disputa entre plataformas ideológicas. A su juicio, la derrota soviética tenía que ser considerada como una derrota lapidaria del comunismo, con la cual tendría también que ser considerada como terminada la historia en el sentido dicho.

Pero se equivocó. Fukuyama se equivocó de manera rotunda. Porque lo que ocurrió con el colapso soviético fue un doble desplazamiento: de planos geopolíticos por un lado, y de ciclos históricos por el otro.

Por cuanto a los desplazamientos geopolíticos, lo que tuvo lugar fue sencillamente una redefinición de líneas de fractura y de tensión política y militar. Mientras que durante la guerra fría el antagonismo fundamental estaba trazado en función de los alineamientos entre los bloques comunista y democrático-liberal capitalista con sus correspondientes modulaciones (como la demócrata cristiana o la del progresismo socialdemócrata), caída la Unión Soviética se redefinen nuevas líneas de fractura, sobre todo en función del mapa de plataformas geo-culturales y político religiosas, como la plataforma ruso-ortodoxa, la plataforma islámica (con su dialéctica interna y sus propias modulaciones), la plataforma china, la plataforma norteamericana (y su aliada histórica: Reino Unido) o la plataforma hispánica o hispanoamericana.

Característica fundamental de esta reorganización del orden mundial es el hecho de que, tal como hubo de plantear Lukács, Europa deja de figurar como unidad o plataforma coordinada de acción geopolítica, por más que el proyecto de Unión Europea estuviera diseñado, durante toda la segunda mitad del siglo pasado en esa dirección.

Pero aparejado a este desplazamiento geopolítico se activa otro desplazamiento, de diverso orden e implicación, y también de mayor complejidad para efectos de su comprensión: se trata de una desplazamiento historiográfico, en virtud del cual la emergencia de nuevas magnitudes en conflicto, sobre todo las que se dibujan en el terreno religioso (y preponderantemente el islam), supone la necesidad de reinterpretar nuevamente la dialéctica de la historia universal, siendo necesario desplazar el foco de análisis a la Edad Media (e incluso a Las Cruzadas) para comprender en su justa dimensión la magnitud y escala en la que están dándose los conflictos del presente.

La gran paradoja de la Historia Contemporánea puede ser tal vez la de que, cerrado el ciclo de la Era de las Revoluciones (1789-1989), es solamente volviendo al pasado, muchos siglos quizá, como nos será posible comprender la dialéctica general de lo que en ese período ocurrió, y las consecuencias calculadas o previstas, o no calculadas y no previstas, de lo que se logró y no se logró. Cuánto sentido tiene entonces para nosotros, hoy, lo que escribió José Aricó en aquél bello y apasionado texto de presentación de Pasado y Presente, de 1963, cuando nos dice -y con esto cerramos estas Contribuciones- que:

El proceso histórico no es una pura discontinuidad valorable por ello sólo desde el presente. Es una unidad en el tiempo, una cadena de acontecimientos donde cada presente contiene «depurado» y «criticado» todo el pasado. Si no existiese esta continuidad dialéctica no tendría sentido el devenir histórico, no podríamos concebir una labor de recuperación del pasado y de proyección hacia el futuro, una política de transformación revolucionaria. Sería el reinado del arbitrio, de la libertad absoluta y no de un telos. Sin embargo, el sentido de un acontecimiento o de un nudo histórico no puede ser caracterizado de una vez para siempre, pues la sociedad en su proceso de cambio no está sujeta a una regularidad «natural», inexorable, al margen de la acción de los hombres. Cada etapa del desarrollo social abre en su proceso de cambio un complejo de posibilidades que no es ilimitado pero sí lo suficientemente amplio como para ofrecer un vasto campo de operaciones para la aplicación de la libertad humana concreta. Cuales de esas posibilidades ínsitas en la sociedad serán realizadas o, en cierto sentido, «conservadas» en la nueva realidad es, ante todo, una cuestión de «política» práctica. El sentido de cada acontecimiento es permanentemente reelaborado en forma progresiva por el movimiento histórico, quien, al transformar las posibilidades de desarrollo en realidades concretas, va mostrando al mismo tiempo qué fuerzas y tendencias existían en las pasadas estructuras. Y como ese movimiento no concluye jamás, no podemos tampoco otorgar un sentido definitivo a cada acto de la historia.

En esa verdadera dialéctica de conservación y renovación que constituye todo progreso histórico, el pasado no se integra y realiza totalmente en el presente. Es depurado, reducido a lo esencial. Pero esta selección constante entre lo vivo y lo muerto del pasado histórico, que constituye la sustancia real de toda política en acto, no puede estar sujeta al capricho. Si una fracción de la totalidad del proceso histórico es aislada del conjunto, escindida de las causas que la provocaron y de las consecuencias que acarreó, si se establece un nexo arbitrario entre ella y el presente, se abandona el firme terreno del historicismo concreto para incurrir en la manifestación de una necesidad política del momento. Se deja de hacer ciencia historiográfica y se permanece en el estrecho marco de una ideología política inmediata. Es imposible determinar de antemano lo que se conservará del pasado en el proceso dialéctico. Esto deriva del proceso mismo que en la historia real siempre se desmenuza en innumerables momentos parciales. La acción política deviene momento historiográfico cuando modifica el conjunto de relaciones en las que el hombre se integra. Cuando conociendo las posibilidades que ofrece la coyuntura histórica sabe organizar la voluntad de los hombres alrededor de la transformación del mundo. El político revolucionario es historiador en la medida en que obrando sobre el presente interpreta el pasado. En su acción práctica supera toda veleidad ideológica y acciona sobre el pasado «verdadero», sobre la historia real y efectiva cristalizada en una estructura, o lo que es lo mismo, en el conjunto de las condiciones materiales de una sociedad. «La estructura –dice Gramsci– es pasado real, precisamente porque es el testimonio, el «documento» incontrovertible de lo que se hizo y de lo que continúa subsistiendo como condición del presente y del porvenir.» Sin embargo, siempre existe la posibilidad del error: que se considere vital lo que no lo es, o que no se ubique con corrección un proceso de cambio que germina, y que de tal manera la acción política queda rezagada. Pero no se puede descargar sobre el método errores que provienen de un conocimiento insuficiente del contorno sobre el que actúa la fuerza renovadora, o de una concepción esquemática que pretende derivar los resultados no de la realidad sino del propio método. La relación método-aplicación práctica es lo suficientemente indirecta como para que ninguna fuerza social pretenda edificar una supuesta capacidad de previsión por la sola posesión de un método correcto, científico. Reconociendo que cada grupo social tiene un pasado al que considera como el único verdadero, se mostrará superior aquel grupo o aquella organización que sepa comprender y justificar críticamente todos esos «pasados». Sólo así podrá identificar la línea de desarrollo real, e intervenir en la acción práctica cometiendo menos errores puesto que sabrá también identificar la mayor cantidad de elementos renovadores sobre los cuales apoyarse para estructurar una verdadera labor de transformación histórica. Sólo así será la expresión viva del traspaso de la conciencia política a conciencia histórica.

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