Filosofía Historia

Historia Contemporánea. Octava contribución

La Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial.

I

El 29 de junio de 1919, en el  Salón de los Espejos del Palacio de Versalles (Francia), se firmaba el Tratado que lleva el nombre de la ciudad de convocatoria, poniendo fin a las hostilidades de lo que fue la primera guerra universal (o mundial) por el hecho de haber sido la primera en la que participaron contingentes de todos los continentes del planeta.

Quienes perdieron fueron los imperios centrales, y muy particularmente Alemania, condenada por las disposiciones del Tratado de Versalles a su desmembramiento territorial, al pago de una deuda de guerra de 33 mil millones de dólares y a un desarme casi total del ejército y la flota. Por su parte, Austria se vio obligada a reconocer la independencia de Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia y Hungría, y a ver reducido su territorio a un pequeño país del centro de Europa. Las nuevas fronteras delimitadas en el tratado dejaron desconforme a la mayoría de los países, y constituirán el germen de una nueva guerra mundial. Con condiciones como esas, aquélla paz no podía más que interpretarse siguiendo la tesis de Lenin según la cual ‘la paz es una tregua para la guerra, y la guerra una forma de lograr una paz algo mejor o algo peor’.

El periodo de tregua duraría veinte años. De 1919 a 1939, con un intermedio sorprendentemente equidistante de diez años entre uno y otro extremo: 1929. Es el año de la Gran Depresión que supuso el colapso del capitalismo mundial. Desde luego que no había sido la primera gran crisis económica derivada de una crisis financiero-bursátil. Lo que le daba su singularidad histórica era el hecho de que era la primera gran crisis internacional del sistema capitalista que tenía lugar de cara a su gran antagonista geopolítico: el comunismo soviético.

En el terreno ideológico-político, el nacionalismo y el comunismo se abrían paso como las grandes alternativas históricas de organización política de las masas industriales, que se replegaban ideológicamente en función de la variable obrera e internacionalista en uno u otro sentido: o bien como nacional-socialismo o fascismo, caso de su radicalización por vía anti-comunismo (Alemania, Italia), o bien como comunismo internacionalista, caso del proyecto soviético previo a la llegada de Stalin al poder en la Unión Soviética tras la muerte de Lenin en 1924 (sobre todo porque Stalin habría de declarar la necesidad de centrarse en la edificación del “socialismo en un solo país”), o bien como una suerte de posición intermedia, caso del nacionalismo revolucionario populista como expresión histórica del cardenismo-lombardismo en el México de fines de la década de los treinta. El sistema capitalista, que cobraba densidad productiva en Estados Unidos, se replegaba ante una y otra alternativa, mostrándose como baluarte de la democracia liberal como el único sistema de organización política que era posible defender “sin comprometer la libertad”. La crisis del 1929 supuso un golpe en su línea de flotación con consecuencias literalmente catastróficas y de alcance mundial, rompiendo todos los equilibrios alcanzados.

‘Imaginemos que la primera guerra mundial sólo hubiera supuesto una perturbación temporal, aunque catastrófica, de una civilización y una economía estables. En tal caso, una vez retirados los escombros de la guerra, la economía habría recuperado la normalidad para continuar progresando, en forma parecida a como Japón enterró a los 300,000 muertos que había causado el terremoto de 1923, retiró los escombros que habían dejado sin hogar a dos o tres millones de personas y reconstruyó una ciudad igual que la anterior, pero más resistente a los terremotos. ¿Cómo habría sido, en tal caso, el mundo de entreguerras? Es imposible saberlo y no tiene objeto especular sobre algo que no ocurrió y que casi con toda seguridad no podía ocurrir. No es, sin embargo, una cuestión inútil, pues nos ayuda a comprender las profundas consecuencias que tuvo el hundimiento económico mundial del período de entreguerras en el devenir histórico del siglo XX.

En efecto, si no se hubiera producido la crisis económica, no habría existido Hitler y, casi con toda seguridad, tampoco Roosevelt. Además, difícilmente el sistema soviético habría sido considerado como un antagonista económico del capitalismo mundial y una alternativa al mismo. Las consecuencias de la crisis económica en el mundo no europeo, o no occidental.., fueron verdaderamente dramáticas. Por decirlo en pocas palabras, el mundo de la segunda mitad del siglo XX es incomprensible sin entender el impacto de esta catástrofe económica.’ Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX (Crítica, Barcelona, 1995).

Si el sistema económico-político construido sobre la base matricial del capitalismo pudo ofrecer su músculo durante el último tramo del XIX y las primeras décadas del XX, en 1929 entró en una fase de decadencia que lo dejó desarmado por casi medio siglo, al igual que el liberalismo. La causa de ese declive fue el desempleo, que alcanzó registros de masividad nunca antes vistos, y que arrastró a las masas, a los partidos, a los gobiernos y a los líderes políticos a decisiones extremas (y no es gratuito que Hobsbawm haya titulado su historia del siglo XX, en inglés, como la “era de los extremos”).

‘Para quienes, por definición, no poseían control o acceso a los medios de producción (salvo que pudieran retornar a las aldeas al seno de una familia campesina), es decir, para los hombres y mujeres que trabajaban a cambio de un salario, la principal consecuencia de la Depresión fue el desempleo en una escala inimaginada y sin precedentes, y por mucho más tiempo del que nadie pudiera haber previsto. En los peores momentos de la crisis (1932-1933), los índices de paro se situaron en el 22-23 por 100 en Gran Bretaña y Bélgica, el 24 por 100 en Suecia, el 27 por 100 en los Estados Unidos, el 29 por 100 en Austria, el 31 por 100 en Noruega, el 32 por 100 en Dinamarca y en no menos del 44 por 100 en Alemania. Además, la recuperación que se inició a partir de 1933 no permitió reducir la tasa media de desempleo de los años treinta por debajo del 16-17 por 100 en Gran Bretaña y Suecia, y del 20 por 100 en el resto de Escandinavia, en Austria y en los Estados Unidos. El único estado occidental que consiguió acabar con el paro fue la Alemania nazi entre 1933 y 1938. Nadie podía recordar una catástrofe económica de tal magnitud en la vida de los trabajadores’. Hobsbawm, Historia del siglo XX.

En efecto, Hitler había llegado al poder en Alemania, habiendo sido nombrado su canciller en 1933, para aplicar las medidas económicas que Lord Keynes habría recomendado como solución del desempleo endémico, centradas alrededor de un programa agresivo de obra pública para la activación de la demanda agregada.

Pero las consecuencias de la recuperación alemana habrían de producir nuevamente una confrontación mundial, en buena medida por el hecho de que, dentro del plan de Hitler, la recuperación económica alemana tendría que significar también la recuperación del nacionalismo alemán, de Alemania como la gran potencia milenaria y como el motor histórico de Europa y occidente, como el III Reich (o Imperio) cuya tarea principal no iba a ser otra que frenar la expansión de la otra gran plataforma continental europea, pero controlada por un grupo de radicales revolucionarios: la Rusia soviética de Lenin. O en otras palabras, la salvación del capitalismo, contra el comunismo, solamente podría ser orquestada por Alemania y el pueblo alemán a los pies de su líder.

II

El general norteamericano George Patton (1885-1945) fue de los primeros que activaron la señal de alerta por el hecho de haber sido con los rusos y con Stalin la alianza que permitió acabar con Hitler. No estaba haciendo otra cosa que corroborar lo que el propio Hitler llegó a afirmar, diciendo que sólo él y el pueblo alemán podrían salvar al capitalismo occidental de las masas comunistas comandadas por Lenin y los bolcheviques.

Y esta habría de ser, en efecto, la dialéctica fundamental que quedó dispuesta en la Segunda Guerra Mundial, y en cuya estructura de antagonismos se habría de dibujar el mapa geopolítico que llega hasta nuestros días.

Aunque las consecuencias de la Primera Guerra Mundial habrían de significar un golpe muy duro contra Alemania, no fue solamente esa la causa fundamental de detonación militar. Adolfo Hitler reinterpretaba la historia europea como la historia del desfallecimiento de la cultura occidental por vía de la influencia del judaísmo y el cristianismo, y diagnosticaba la crisis orgánica en la que se hallaba occidente, a partir sobre todo de la crisis económica de 1929, como un episodio de un ciclo largo de decadencia. La renovación histórica solamente podría surgir de una renovación espiritual derivada de una depuración racial: y la raza aria era  la responsable. El resurgimiento de Alemania era visto por Hitler como el resurgimiento del verdadero fundamento germánico de Europa. Los textos nacionalistas de Heidegger ofrecían argumentos para la puesta en operación de una superación del judaísmo por medio de la recuperación de un neo paganismo de cuño germánico como la nueva religión de Europa. Ese desprecio hacia el judaísmo, por parte del nazismo, encontraría después su correlato contemporáneo en el desprecio del islam hacia Israel luego de su creación en 1948.

Si después de la Primera Guerra, el resultado geopolítico fundamental fue la disolución de los cuatro últimos grandes imperios que existían todavía durante el siglo XIX (el ruso, el austro-húngaro, el otomano y el III imperio alemán), con la Segunda Guerra entrarían en colisión dos nuevas plataformas geopolíticas: la Unión Soviética y los Estados Unidos, significando con su consolidación histórica el fin de la Edad Europea, en términos de John Lukács. Además, tres grandes formaciones ideológicas quedarían dispuestas en el epicentro de los antagonismos ideológico-políticos de todo el siglo XX: el nacionalismo y sus diversas modulaciones (fascista, populista-revolucionario, nacional-socialista), el comunismo y el liberalismo democrático como morfología política vinculada orgánicamente con la morfología de la producción capitalista. Esta última sería la formación desde la cual los Estados Unidos  inaugurarían lo que Lukács ha denominado como el siglo americano:

‘La Edad Europea ha terminado y, con ella, uno de sus logros preciosos y frágiles: la democracia liberal. Esta ha sido (y en muchos lugares sigue siendo) la que, aliada a menudo con la monarquía parlamentaria, ha instaurado las libertades y ha garantizado la propiedad para cada vez más ciudadanos desde hace dos o incluso tres siglos. La mencionada monarquía parlamentaria ha menguado en el siglo XX; con frecuencia porque Estados Unidos, aun después de que se haya desvanecido su oposición tradicional a la monarquía, no ha apoyado este tipo de gobiernos. Por todo el mundo, Estados Unidos era la encarnación de la idea de progreso, y de la mismísima Edad Moderna. Pero ya en el siglo XX había señales de que esta se hallaba en retirada, de que ese siglo era de transición, desde la Edad Moderna (o Europea, por decirlo de manera más precisa) hacia otra cosa.’ John Lukács, El siglo XX.

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