Frente de Cultura Popular OV Los días terrenales

Sobre el palestinismo I. El modernismo

Una de las cosas que más me tiene sorprendido –y la sorpresa va en aumento exponencial– es el hecho de que, cuando hablas con alguien sobre política internacional y nacional desde una perspectiva de izquierda –que es el espacio en donde he militado y estoy formado, aunque no de manera reduccionista, maniquea ni sectaria–, el interlocutor en cuestión tiene siempre que sacar el tema de Gaza y Palestina presentándolo en primera persona del plural, es decir, que cuando estás hablando de las perspectivas estratégicas de Lula en Brasil o de la situación en Cuba o lo que pasa en Venezuela, tu interlocutor tiene siempre que rematar lo que sea que te vaya a responder sobre Brasil, Cuba o Venezuela diciéndote cosas del tipo “tenemos que seguir resistiendo, así como lo estamos haciendo en Gaza”, o “ya nos dieron un golpe muy duro en Gaza, no podemos permitir que sigan con el resto de nosotros” o cosas por el estilo. Es una fórmula que se repite como mantra.

Y como no podía faltar, ya se habían tardado, hace poco vi en las redes imágenes de “tropas” del engendro hippie-dusseliano zapatista en Chiapas ondeando las banderas palestinas alineándose así con el delirio palestinista que se está viendo por todo el mundo, concretamente en Europa.

¿Por qué en las recientes protestas en Francia hay efectivamente más banderas palestinas que francesas tal como seguramente ocurre en las de Italia o España? ¿Por qué en Inglaterra, hace varios meses ya, hubo una marcha que explícitamente se convocó pidiendo que ondearan las banderas inglesas, nacionales y patriotas exclusivamente, cansados todos por la preponderancia en todo tipo de protestas/manifestaciones de banderas palestinas junto con otras más como la delirante bandera LGBT o la de Ucrania?

¿Y por qué presidentes o jefes de Estado, cuando van a Nueva York (en los casos en que van a la inútil e inocua asamblea general de la ONU), abordan el tema de Palestina con tanta furia y pasión como si fuera más importante que el de sus respectivas naciones?

Es tan increíble esto de Gaza que, cuando viajé a Argentina e hicimos escala en Santiago de Chile, en un barrio marginal a las afueras del aeropuerto por el que cruzamos en dirección al centro de la ciudad vimos pintas «por Palestina», dejándome perplejo el tipo de salto mortal ideológico que se tiene que dar como para que una lucha tan concreta como pudiera ser la de buscar una mejora de las condiciones laborales o sociales de esos barrios santiaguinos estuviera de alguna manera conectada con la lucha en Palestina o Gaza, poniendo en operación una ecuación diferencial ideológica desquiciada cuya variable independiente es la causa palestina en tanto que resumen de todas las luchas, de todas las batallas y de todas las banderas, como el sello de distinción principal y por descontado de cualquier postura “de izquierda” de la que se trate.

Aquí hay algo muy profundo que está pasando, y me parece que grave y preocupante; y parte de la preocupación generada tiene que ver con el hecho de que las cosas se plantean de una forma tan maniquea, sectaria y reduccionista que es muy probable que muchos de quienes han llegado a la altura de estas mismas líneas se encuentran ya en llamas por el carácter blasfemo del atrevimiento con el que me he puesto a hablar crítica y distanciadamente sobre algo tan delicado y moralmente repudiable, y clarísimo para todos, como lo es el “genocidio en Gaza”.

La cuestión tiene muchas aristas. Y hay que irlas analizando poco a poco. Primero que todo, creo que como fondo de todo esto está el eclipse civilizatorio de la modernidad-ilustración, que ha tenido como objetivo borrar al cristianismo de la mente occidental.

La modernidad, en efecto, es un proyecto de destrucción del cristianismo, dando como resultado el olvido absoluto de la tradición judeocristiana como fundamento estructurante de lo que es occidente. Ser moderno es negar, relativizar, repudiar esa tradición. Lo del sionismo es algo muy tardío, del siglo XIX, que llega hasta el presente enturbiado por el mito de la conspiración judía establecida a partir del libro Los protocolos de los sabios de Sion.

El problema de fondo no es ya siquiera entonces la negación del judeocristianismo como fundamento de lo que somos, sino su ignorancia completa y absoluta (no es que se niegue o se critique sino que se ignora por completo), cuestión perfectamente remontable y reconstruible si se toma en cuenta la importancia que tiene la civilización israelita en tanto que médula espinal del cristianismo en función del carácter nuclear y la continuidad entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento.

Basta con tener eso claro, es decir, tener un poco de cultura bíblica para entender que Israel está en el corazón de lo que somos. Pero como la modernidad ha borrado eso, ya nadie entiende que, en tanto que civilización cristiana, estamos vinculados nuclearmente con Israel, con o sin Netanyahu, con o sin OLP.

Para mí, a escala filosófica, esa conexión encuentra en Spinoza el pivote fundamental. Él es la conexión verdaderamente importante, pero si cualquier análisis comienza diciendo que el «anglo-sionismo» esto o lo otro, la posibilidad de comprender todo esto se esfuma ipso facto.

Otra cosa es el papel de la racionalidad científica como configuradora de la concepción moderna del mundo, que es irreversible. Ahí no hay vuelta que darle. Lo importante es compatibilizar al cristianismo con la razón científica, que es lo que hace Gustavo Bueno en la Teoría del cierre categorial, me parece que en el tomo 2, donde habla de la doctrina de las categorías (Aristóteles, Kant, el cristianismo).

En ese sentido, digamos que el problema es la ideología modernista o el modernismo ideológico, que al neutralizar la dialéctica teológica e histórica dispuesta a escala del despliegue de la religión –creyendo que el problema de Dios se resuelve ignorándolo olímpica e “ilustradamente”, en efecto, en vez de otorgarle beligerancia ontológica como idea  desde un punto de vista ateo (región M3 de la ontología especial materialista de Bueno: doctrina de los tres géneros de materialidad)– no puede ver la amenaza civilizatoria que supone el islam, que desde el laicismo progresista es visto como una alternativa más de vida espiritual y no como el antagonista fundamental que en buena medida explica la historia.

El palestinismo, o palestinización del islam, es entonces el dispositivo ideológico fundamental que, mediante el expediente de la victimización absoluta del pueblo árabe de Palestina (Gaza como la causa de todas las causas, la bandera de todas las banderas), activa el correspondiente complejo de culpa occidental que impide ver la magnitud de lo que está chocando y viene chocando durante siglos.

Michel Houellebecq lo dice muy bien en Sumisión, cuando dice, en boca de uno de los personajes de la novela (un ex agente de los servicios secretos franceses especializado en los movimientos islámicos y extremistas), que la Hermandad Musulmana tiene como referencia ni más ni menos que al emperador Augusto, creador del imperio romano. ‘Y es esto, un imperio, lo que tiene en mente Ben Abbes, que concibe el futuro de Europa como un futuro musulmán. La traslación de los imperios (translatio imperii) encontraría su remate final en la configuración de una Europa islámica: Roma, la cristiandad y el islam, serían las grandes fases. El imperio romano duró algunos siglos; la cristiandad poco más de milenio y medio; la modernidad europea habría sido un paréntesis nada más, de dos o tres siglos de duración como máximo, para dar paso, luego de debilitar y barrenar las estructuras morales y educativas de hechura cristiana, al renacimiento islámico, que sería presentado como un nuevo humanismo.’ (ver La sumisión de Europa, Ismael Carvallo, El Catoblepas, 163, septiembre 2015, en www.nodulo.org).