Frente de Cultura Popular OV

Evocación del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas

I

La primera vez que conocí personalmente a Cuauhtémoc Cárdenas fue en 2010, cuando conducía un programa de televisión que me producía Capital 21, llamado Plaza de Armas. De algún modo logré tomar contacto con alguien de su equipo, que muy amable me fue ayudando a gestionar una entrevista con el ingeniero (yo suelo decir un poco en broma, pero en sentido admirativo por completo, que en México hay tres y solo tres “ingenieros”: mi padre, el ingeniero Cárdenas y el ingeniero Slim), a la que accedió de inmediato.

La expectativa que yo tenía por conocerlo era mayúscula. Se trataba de una figura que ya en sí misma (es decir que todavía vivo) era una leyenda, que era una leyenda viviente en toda regla, como suele decirse.

Curiosamente, puse en marcha el proyecto en cuestión allá por el 2008 o 2009 si no recuerdo mal, entrevistando a otra figura que para mí era igualmente titánica, Porfirio Muñoz Ledo, a quien entrevisté en la oficina de un querido amigo que hacía producciones audiovisuales y que me grabó todo nervioso hablando con el político que más admiraba en esos momentos. Es notable la facilidad con la que hoy cualquiera se convierte en periodista o entrevistador, grabando con su celular, cuando hace apenas diez o doce años era toda una aventura lograr hacerlo.

Ahora que recuerdo todo esto, caigo en cuenta de que en Plaza de Armas logré entrevistar a tres figuras emblemáticas de esa generación de ruptura, que fue la de la Corriente Democrática que, desde el interior del PRI, demarcó una fractura fundamental dentro del sistema político llamada a influir de manera decisiva en la subsiguiente dialéctica política que llega hasta Morena y la 4T: Porfirio Muñoz Ledo, fallecido en 2023, Cuauhtémoc Cárdenas, fallecido recién ahora (2026), e Ifigenia Martínez, fallecida en 2024.

El deceso del ingeniero supone entonces, efectivamente, por decirlo de algún modo, el fin o cierre de un ciclo fundamental, cosa que le imprime un sentido de gravedad y solemnidad muy importante a su partida y a la pérdida irreparable con la que nos quedamos todos. No sé por qué pero uno siente que nos estamos quedando solos, muy solos.

Miguel Basáñez escribió, en su imprescindible libro La lucha por la hegemonía en México. 1968-1980 (Siglo XXI, 1981), que la segunda mitad del siglo XX mexicano estuvo determinada a escala política en función de un antagonismo interno al sistema político priísta, explicable mediante la agrupación de corrientes o facciones políticas alrededor de dos figuras fundamentales: la del presidente Miguel Alemán en torno de quien gravitó la corriente alemanista, que iría desde él mismo y su grupo hasta el neoliberalismo salinista y Enrique Peña Nieto, y la del presidente Lázaro Cárdenas en torno de quien gravitó la corriente cardenista, que es la que llegó, efectivamente, hasta Muñoz Ledo, Martínez, el ingeniero Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador.

Recuerdo en todo caso que aquella vez de la entrevista de 2010 yo estaba muy nervioso. Los estudios de grabación estaban en la colonia Lindavista, en un complejo que si no recuerdo mal se llamaba Futurama. El hecho es que, coordinado con el asistente del ingeniero, me fui a recibirlos personalmente al pie de la avenida, hasta que por fin llegaron.

El ingeniero venía manejando él mismo su auto (una camioneta Volkswagen bastante sencilla), y cuando me vio me saludó con muchas amabilidad. Yo la verdad estaba impresionado, y lo que pensaba era que estaba caminando al lado del hijo del general Lázaro Cárdenas y alguien que conoció en persona a Mao Tse Tung.

Y algo así fue seguramente lo que pensó también el guardia del lugar, el que estaba literalmente vigilando con modestia la entrada principal de aquel recinto Futurama que, al darse cuenta de que éramos el ingeniero Cárdenas en persona y yo los que le pedíamos permiso para ingresar, lo que hizo fue ni más ni menos que cuadrarse con el saludo militar en reacción a la magnitud de la impronta histórica que rodeaba a la persona que le estaba pidiendo permiso con toda gentileza y gallardía para pasar (esto sí que era tener aura).

Y es que, efectivamente, el ingeniero destilaba una seguridad muy especial, que era –se me ocurre pensar– la que te otorga la historia afianzándote en la tierra pero sin soberbia ni vanidad ni petulancia, sino como algo que de manera natural brota de tu carácter y de tu conciencia, sabedor del legado del que eres custodio y que, por tanto, te desborda, te supera y te vigilia como presencia, algo así como la ausencia total de vanidad característica de los sabios estoicos, que lo son porque son conscientes de todo lo que les falta por saber, es decir, que sólo ellos saben que no saben nada, pero que lo quieren saber todo (intereses universales).

Algo así es lo que yo percibía en el ingeniero, que caminaba junto a mí conversando con toda gentileza y elegancia mientras nos dirigíamos al estudio hasta que nos sentamos en los sillones que yo mismo compré para mi programa, que fue cuando él como que se transformó y adoptó una actitud un poco más reservada y acaso adusta, aunque desde luego que sin dejar de ser amable y cortés pero tal vez un poco más nervioso o algo así, marcando un contraste muy acusado respecto de la ligereza de su conversación y trato mientras las cámaras no se encendían.

II

Pasó mucho tiempo para que lo pudiera volver a ver personalmente. En realidad no había mayor vínculo que yo hubiera cultivado o mantenido con él, y he de decir además que le agarré digamos que un poco de coraje por el hecho de que siempre fue equívoco y ambiguo –por lo menos en lo que era posible advertir de manera pública (otra cosa es lo que ocurre en los arcanos de la política)– en lo relativo a la construcción, crecimiento y consolidación del liderazgo de Andrés Manuel López Obrador en tanto que resumen epocal de la ruptura producida por la tríada de la Corriente Democrática en cuestión, imprescindible para comprender, en su más profundo nivel de significación, su llegada misma a la presidencia de la república en 2018.

Pero ocurre de hecho que, por circunstancias ajenas de algún modo –o por lo menos tangenciales digamos– a la política, pude volver a ver al ingeniero en dos ocasiones más, y en este caso en sus oficinas, que me parece que están en las Lomas de Chapultepec o por ahí. La primera fue tal vez en 2023, y la segunda por ahí de 2024 más o menos.

Para la primera era obvio que el tiempo había pasado, y cuando lo vi entrar en esa oficina tan bonita con las paredes tapizadas de libros de piso a techo ese tiempo se le notaba también. Pero su actitud era exactamente la misma, sobre todo no habiendo cámaras de por medio. Al saludarlo le recordé de aquella entrevista tan importante para mí, preguntándole que si se acordaba de mi persona. Me respondió que sí no sé yo si por pura amabilidad o diciéndome la verdad. Espero que haya sido esto último, porque me dio muchísimo gusto verlo y saludarlo otra vez.

Me parece recordar que le entregué un ejemplar de un libro que editamos en la Cámara de Diputados, una joya de verdad pero muy rara ciertamente: Teoría y técnica de la política, de Antonio Lomelí Garduño, un político de Guanajuato de tiempos de Ávila Camacho que fue vasconcelista y que redactó ese libro de elocuente título en una línea muy parecida, toda proporción guardad, desde luego, a El concepto de lo político de Carl Schmitt.

El grupo con el que participé en esa reunión hizo sus planteamientos, el ingeniero tomó nota y pidió un poco más de detalles al respecto en poco más de una hora de reunión. Eso fue todo.

En la segunda ocasión volví a esa misma oficina en una situación literalmente kafkiana cuyos detalles, por prudencia, es mejor no pormenorizar. No era nada ilegal ni mucho menos, que quede en actas eso sí, pero fue tan raro e increíble todo que hasta problemas matrimoniales tuve por lo inverosímil de la historia, pues implicó que no estuviera localizable por un buen número de horas.

Pero la historia tiene que ver también con la autoridad moral del ingeniero, por esa impronta histórica que lo circundó toda la vida en tanto que custodio de una herencia, una tradición, una forma de concebir la soberanía y la grandeza nacional que el apellido Cardenas resume.

En algún momento, luego de que pude retomar ese contacto más o menos directo con él, se me ocurrió crear un centro de estudios geopolíticos, por ahí tengo el documento. Pensé que el centro debería llevar o sí o sí el nombre del general Lázaro Cárdenas, y que tendría que tener una consejo directivo conformado por figuras clave de la vida intelectual, política y económica nacional convocados con un enfoque de pluralidad y unidad nacional, y que solamente el ingeniero Cárdenas podría ser la persona aglutinadora por la capacidad tan extraordinaria que tuvo siempre para ser un interlocutor en torno del cual pivotaran las grandes discusiones y las grandes cuestiones desde cuya escala fuera posible dibujar las grandes ideas a partir de las cuales, y sólo partir de las cuales, es posible hacer gran política, que es lo que a mí siempre me ha importado y cautivado.

El proyecto se quedó solamente en eso. Fue un homenaje silencioso y modesto que yo le estaba haciendo al ingeniero del que seguramente no supo nada.

Hoy que ha partido lo recuerdo como un caballero íntegro, como alguien a quien crecí admirando y viendo a la distancia con respeto histórico, como el inaugurador de una época fundamental de la dialéctica política en la que me reconozco –la de la corriente cardenista detectada por Basáñez– y alguien ante quien un policía modesto pero con un riguroso sentido del deber y con consciencia histórica plena se le cuadró militarmente cuando le solicitó el paso para ingresar al recinto que custodiaba.

No me pude despedir de él porque no había la cercanía y porque yo no soy una persona importante. Pero él influyó en mi vida como en la de una o dos generaciones enteras. Está por hacerse la sistematización de su legado.

Su padre, junto a Francisco J. Múgica, Luis I. Rodríguez y muchos otros más, logró la paz político-militar del México de la revolución nacionalista y popular para que la nación pudiera alcanzar una de sus cúspides más altas; él, junto con Ifigenia Martínez, Porfifio Muñoz Ledo, la izquierda mexicana socialista y muchos otros más, buscó una nueva paz político-civil y democrática para el México de fin de siglo y principios del XXI.

Es tiempo ahora de que, bajo el cielo de México, tal es mi deseo sincero, descanse para siempre y en paz personal el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano.