El fin de la historia: neoliberalismo, fragmentación social y disputa por la unidad popular
Por Marcial Manuel Cruz Vázquez / Frente de Cultura Popular
En 1992, Francis Fukuyama sostuvo la pérdida de las ideologías en El fin de la historia y el último hombre. A partir de la caída del bloque soviético y la culminación de la Guerra Fría, planteó que la democracia liberal y el capitalismo consolidarían una hegemonía sin fecha de término.
La limitación del planteamiento de Fukuyama fue considerar que la historia avanza a partir de las ideas; desde una perspectiva materialista, son las contradicciones materiales de la producción las que impulsan sus transformaciones. Esta interpretación se entiende como premisa idealista frente al materialismo dialéctico, pues la estructura económica y material condiciona dimensiones como las costumbres, la religión, el derecho y la ideología, comprendidas como parte de la superestructura.
La supuesta pérdida de las ideologías es, en realidad, una expresión ideológica del propio capitalismo, para invisibilizar sus contradicciones estructurales y promover un determinismo político que reduce las posibilidades de desarrollo estatal a un único modelo. Bajo esta lógica, el capitalismo, en su forma neoliberal, se presenta como única vía de desarrollo, asociada al libre mercado y a la acumulación de riqueza sin restricciones sustantivas.
Dicha tesis de libre mercado tiene debilidades conceptuales importantes, pues no existe un mercado plenamente libre entendido como un sistema económico en el que cualquier persona pueda generar riqueza mediante su voluntad y esfuerzo individual. Tampoco puede sostenerse que dicho mercado cuente con mecanismos suficientes de regulación para evitar la apropiación y concentración de la riqueza de unos cuantos y en detrimento de la mayoría.
Dicha premisa deslegitima otras alternativas que exigen un desarrollo equitativo, precisamente porque plantea un fin de la historia que cancela la posibilidad de proyectos políticos y económicos distintos. Esas opciones resultan contrarias al neoliberalismo, pues cuestionan fuertemente su hegemonía.
En la actualidad, es posible identificar estrategias más sofisticadas para ocultar otras vías de desarrollo social más allá de la fallida idea del fin de la historia y de su modelo capitalista. Desde esta perspectiva crítica, el neoliberalismo habría incorporado tergiversaciones teóricas y prácticas políticas que se presentan como expresiones de izquierda, como la ideología woke o progre.
Estas corrientes, lejos de oponerse al sistema, operan de forma compatible con él al transformar las luchas sociales de los grupos subalternos en demandas aisladas y confrontadas entre sí. El conflicto entre clases se desplaza hacia disputas culturales que dejan intactas las estructuras económicas tradicionales.
Se ha mercantilizado la identidad a través de marcas de estilo de vida para vender más productos. El enfoque para lograr el cambio ya no recae en la desigualdad de acceso a derechos y libertades, sino en debates lingüísticos y simbólicos contrapuestos. En general se trata de promover la fragmentación social para evitar la unidad popular.
Por lo tanto, comprender estas corrientes como posibles instrumentos de fragmentación dentro de la teoría y la praxis de izquierda resulta fundamental para lograr lo que Gramsci llamó el buen sentido.
El fin de la historia: neoliberalismo, fragmentación social y disputa por la unidad popular
Por Marcial Manuel Cruz Vázquez / Frente de Cultura Popular
En 1992, Francis Fukuyama sostuvo la pérdida de las ideologías en El fin de la historia y el último hombre. A partir de la caída del bloque soviético y la culminación de la Guerra Fría, planteó que la democracia liberal y el capitalismo consolidarían una hegemonía sin fecha de término.
La limitación del planteamiento de Fukuyama fue considerar que la historia avanza a partir de las ideas; desde una perspectiva materialista, son las contradicciones materiales de la producción las que impulsan sus transformaciones. Esta interpretación se entiende como premisa idealista frente al materialismo dialéctico, pues la estructura económica y material condiciona dimensiones como las costumbres, la religión, el derecho y la ideología, comprendidas como parte de la superestructura.
La supuesta pérdida de las ideologías es, en realidad, una expresión ideológica del propio capitalismo, para invisibilizar sus contradicciones estructurales y promover un determinismo político que reduce las posibilidades de desarrollo estatal a un único modelo. Bajo esta lógica, el capitalismo, en su forma neoliberal, se presenta como única vía de desarrollo, asociada al libre mercado y a la acumulación de riqueza sin restricciones sustantivas.
Dicha tesis de libre mercado tiene debilidades conceptuales importantes, pues no existe un mercado plenamente libre entendido como un sistema económico en el que cualquier persona pueda generar riqueza mediante su voluntad y esfuerzo individual. Tampoco puede sostenerse que dicho mercado cuente con mecanismos suficientes de regulación para evitar la apropiación y concentración de la riqueza de unos cuantos y en detrimento de la mayoría.
Dicha premisa deslegitima otras alternativas que exigen un desarrollo equitativo, precisamente porque plantea un fin de la historia que cancela la posibilidad de proyectos políticos y económicos distintos. Esas opciones resultan contrarias al neoliberalismo, pues cuestionan fuertemente su hegemonía.
En la actualidad, es posible identificar estrategias más sofisticadas para ocultar otras vías de desarrollo social más allá de la fallida idea del fin de la historia y de su modelo capitalista. Desde esta perspectiva crítica, el neoliberalismo habría incorporado tergiversaciones teóricas y prácticas políticas que se presentan como expresiones de izquierda, como la ideología woke o progre.
Estas corrientes, lejos de oponerse al sistema, operan de forma compatible con él al transformar las luchas sociales de los grupos subalternos en demandas aisladas y confrontadas entre sí. El conflicto entre clases se desplaza hacia disputas culturales que dejan intactas las estructuras económicas tradicionales.
Se ha mercantilizado la identidad a través de marcas de estilo de vida para vender más productos. El enfoque para lograr el cambio ya no recae en la desigualdad de acceso a derechos y libertades, sino en debates lingüísticos y simbólicos contrapuestos. En general se trata de promover la fragmentación social para evitar la unidad popular.
Por lo tanto, comprender estas corrientes como posibles instrumentos de fragmentación dentro de la teoría y la praxis de izquierda resulta fundamental para lograr lo que Gramsci llamó el buen sentido.
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