Los días terrenales

Las virtudes de Manuel Camacho Solís

Para mi amigo Javier Cabiedes, que fue por quien hace treinta años comenzó todo.

Hace una semana más o menos, tuvo lugar un significativo homenaje a Manuel Camacho Solís (1946-2015) en el senado de la república a once años de su fallecimiento, organizado y convocado de manera conjunta por el diputado Alfonso Ramírez Cuéllar y el senador Higinio Martínez Miranda.

Mi querida amiga Carolina Alonso, su asistente personal de toda la vida, tuvo la generosidad de acordarse de mí y me envió la invitación, cosa que me honró muchísimo pues hizo evidente un reconocimiento que a decir verdad me sorprendió un poco, en el sentido de que se me tomó en cuenta como parte de la gente cercana a Camacho junto con familiares y amigos personales. Mi amigo Marcial Manuel Cruz me acompañó.

Fue sorpresivo y también me conmovió, porque yo siempre me he considerado parte de la corriente histórica del camachismo y así me sigo considerando al día de hoy sin esperar nada en correspondencia –habría que darse a la tarea de caracterizarla y darle forma doctrinaria para muchas de las cosas que están por venir y que todavía es necesario hacer– desde la cual se aglutinó el optimismo de la voluntad de muchos de mi generación, que, en esos años tan cruciales para el país de principios de los 90 del siglo pasado (EZLN, Colosio, Ruiz Masseiu, el salinismo, el TLC, los conflictos en la UNAM, el comienzo del descontrol del crimen organizado), comenzamos a cobrar consciencia de que la política es la trama de la historia, para decirlo con Mariátegui, y que es a través de la primera como los individuos toman contacto con la segunda en el despliegue de un drama determinado por el conflicto y la definición de una postura y una ideología que luego se procesa y estabiliza mediante el estado como forma suprema de la dialéctica y como sistema por excelencia de la historia.

Todo lo anterior supone un proceso de templado del carácter muy especial, que tiene que ver con la severidad como virtud fundamental del político y una cierta idea de la tragedia –y por tanto, en correspondencia, de la grandeza– que se debe de tener, pues es desde la política desde donde se deben de visualizar los grandes conflictos y las grandes cuestiones que intervienen y colisionan a través de la historia a partir de las cuales el político decide desde una perspectiva arquitectónica y estratégica determinada por la necesidad de conjugar equilibro, orden y duración en el tiempo.

Aristóteles le llamó a esa conjugación “eutaxia”, buen orden, y Maquiavelo le añadió después el criterio de la duración en el tiempo como parámetro cardinal de algo así como la ontología de la acción política. Para la consecución de esa eutaxia aplica lo que Antonio Gramsci decía hablando de Maquiavelo al tenor de aquello de que las normas de Maquiavelo para la política “se aplican, mas no se dicen”, razón por la cual el hombre político debe de ser un hombre discreto, austero, solemne, y sobre todo prudente por la magnitud de las decisiones que debe de tomar muchas veces como parte de la esencia de su oficio, sobre todo si logra llegar a posiciones de poder, que es la responsabilidad de las responsabilidades.

En momentos definitorios o en encrucijadas históricas, estas decisiones implican muchas veces sacrificios, renuncias, o la aceptación de un nuevo esquema de conflictos derivado como consecuencia inevitable de la neutralización de esquemas previos bajo la aplicación de la ley del mal menor. Sólo así pueden entenderse consignas históricas de inequívoca severidad trágica como las de “Patria o muerte” de Fidel Castro o la de “No tengo nada que ofrecer salvo sangre, sudor y lágrimas” de Winston Churchill, y que contrastan de forma aplastante con las repugnantes divisas del tipo “el que se mueve no sale en la foto”, “un político pobre es un pobre político” o el “comes y te vas” de tan triste fama y propias de pequeños políticos a los que sólo les importa estarse tomando fotos, videos en los que parecen que están en fiestas familiares o en bautizos en preparación para la próxima campaña o las selfis del octavo infierno con las que nos martirizan un día sí y otro también.

Pues bien, todas estas virtudes de las que vengo hablando son las que para mí encarnó siempre Manuel Camaho Solís. Así lo vi desde aquellos tiempos del Partido de Centro Democrático (PCD): solemne, discreto, estratégico, distante, consciente tal vez de que, como escribió Gramsci otra vez (tomo tres de los Cuadernos de la cárcel, Apuntes de filosofía II y Miscelánea): ‘en los partidos la necesidad ya se ha convertido en libertad, y de ahí nace el enorme valor político (o sea de dirección política) de la disciplina interna de un partido, y, por lo tanto, el valor de criterio de tal disciplina para evaluar la fuerza de expansividad de los diversos partidos. Desde este punto de vista los partidos pueden ser considerados como escuelas de la vida estatal. Elementos de vida de los partidos: carácter (resistencia a los impulsos de las culturas superadas), honor (voluntad intrépida para defender el nuevo tipo de cultura y vida), dignidad (conciencia de actuar para un fin superior), etcétera.’.

El homenaje fue entrañable, y tuve la oportunidad de saludar a muchos amigos que había dejado de ver por años. Uno de ellos, Héctor Antuñano, me recordó con emoción el hecho de que al terminar aquella experiencia tan memorable de la campaña presidencial de 2000 tras de la cual el PCD se disolvió por no haber logrado mantener el registro, le regalé un libro de teoría política con una dedicatoria grave y especial, en efecto, sacudido por lo que, habiendo estudiado ingeniería y habiendo trabajado un par de años como ingeniero en sistemas, supuso darle un vuelco radical a mi vida para así tomar contacto con la historia a través de la comunión que se logra configurar a través de las ideas, la acción, el esfuerzo, el estudio y un sentido de misión y de responsabilidad con el destino de tu pueblo, de tu estado y tu nación que terminaría siendo mi primera gran escuela de la vida estatal en el sentido dicho, a través de la que comprendí que la Política con mayúscula es una tarea solemne y seria según me lo enseñó mi involuntario y distante primer maestro, un político total en activo que mezcló como pocos pensamiento, teoría y acción que nunca olvidaré: Manuel Camacho Solís.

Publicación original de El Independiente